Algunos documentos del padre Vérnor

☺ Agosto, 2016

-Himnario a la Virgen de los Ángeles:

HIMNARIO A LA VIRGEN DE LOS ANGELES.

Recogemos aquí los himnos oficiales más importantes y populares que se han dedicado a honrar a la Patrona de Costa Rica, la imagen de la Virgen de los Angeles, de Cartago.

Incluimos los nombres de los autores de la letra y la música de cada uno de los himnos, así como la fecha conocida.

Para hacer este himnario, hemos consultado todos los escritos existentes acerca del culto a la Virgen de los Angeles. Sobra decir que hemos dejado de lado muchos textos y autores que también le han dedicado su pluma inspirada y su música piadosa, por ser prolijo incluirlos a todos.

Índice de los himnos:

“Ave maris stella. Canto a la Virgen”. Rafael Osejo.

“Canciones a Nuestra Señora de los Angeles”. Pbro. Miguel Bonilla.

“Himno latino a la Virgen de los Angeles en su coronación”. Blas Verghetti.

“Himno a la Coronación de Nuestra Señora de los Angeles”, José María Alfaro Cooper.

“Himno a Nuestra Señora de los Angeles”. Eladio Prado.

“Himno premiado del Centenario de Nuestra Señora de los Angeles”. Pbro. Matías Cornelio Rojas.

“Himno premiado de la Juventud Católica”. Una devota.

“Himno a la Virgen de los Angeles.

Ave maris stella.

Canto a la Virgen

Letra del Bachiller Rafael Osejo.

Música del primer Maestro de Capilla de Cartago, Ramón Ortiz.

“Salve norte fijo

De los que navegan

El mar de este valle.

Ave maris stella.

Diré cuanto pueda

En una palabra,

Al decir que eres,

Dei mater alma.

Pásmense los cielos

Al ver tal prodigio

Siendo Reina y madre,

Atque semper virgo.

Segura tenemos

La entrada en la Gloria,

Siendo tú María,

Felix coeli porta”.

CANCIONES a Nuestra Señora de los Angeles

Autor: Pbro. Miguel Bonilla, hacia 1824.

Canción I.

Salve de Dios escogida

Reyna de la tierra y cielo,

Que para nuestro consuelo

Aquí fuiste aparecida.

Los Paraninfos sagrados

Trajeron a este lugar

A nuestra imagen celestial,

Sirviéndote muy postrados,

Para que en nuestros estados

Demos culto a tu venida,

Que para nuestro consuelo

Aquí fuiste aparecida.

Canción II.

En una dichosa piedra,

donde fuente de agua manaba,

Tu Santa Imagen estaba

Toda de Angeles rodeada

En esta tierra amada

Que de Ti es favorecida

Que para nuestro consuelo

Aquí fuiste aparecida.

Canción III.

De esta dichosa piedra

Mana una perenne fuente,

Y el que bebe en su corriente,

En la salud se mejora,

Porque Vos en la misma hora

Le das la salud cumplida.

Que para nuestro consuelo,

Aquí fuiste aparecida.

Canción IV.

Para la defensa nuestra,

De piedra hiciste muralla

Para que, en cualquier batalla,

Se vea el poder de tu diestra,

Al punto mi alma se apresta

Para estar con Vos unida.

Que para nuestro consuelo,

Aquí fuiste aparecida.

Canción V.

Toda esta pobre Ciudad,

Todos los de esta comarca,

En Vuestra nave se embarcan

Fiados de Vuestra amistad,

Pues con toda realidad

De Ti está favorecida

Que para nuestro consuelo,

Aquí fuiste aparecida.

Canción VI.

Gobierno ilustre y honor

Por Vuestra mano gozamos,

Y reverentes os damos

Las gracias con todo amor,

Pues por Vos el Salvador

Nos concede salud y vida,

Que para nuestro consuelo,

Aquí fuiste aparecida.

Canción VII.

Ante ti todos postrados,

De este favor, gran Señora,

De Cartago protectora

El corazón entregamos

Y con él todos te amamos

Con voluntad muy rendida,

Que para nuestro consuelo,

Aquí fuiste aparecida.

Ultima.

Asístenos, gran Señora,

En nuestra última partida,

Que para nuestro consuelo,

Aquí fuiste aparecida.

HIMNO LATINO A LA VIRGEN DE LOS ANGELES EN SU CORONACION.

Letra de Blas Verghetti, himnógrafo de la Sagrada Congregación de Ritos de Roma.

Música del R. P. Francisco Maehler, C.M.

Traducción libre de Eladio Prado.

Fecha: 1926.

Ave, Domina Angelorum: Ave! Altísima Señora

Tibi canticum sonorum de los Angeles que imploro

Toto corde canimus con el cántico sonoro

del amante corazón.

Ave, nobilis Patrona, Ave! honor de la República

Honor, decus, spes, corona, ¡Nobilísima Patrona!

Salus Reipublicae. su esperanza y su corona,

su salud y galardón.

Ave, candida Regina. Ave¡ Tú, cándida Regina,

Pulcra rosa sine spina. Rosa bella sin espina,

Inter spinas lilium. azucena diamantina

que se yergue en el zarzal.

Ave, cunctis opum vena, Ave! Fuente de riqueza

Turris, scutum, lux serena para el hombre; lux serena

Atras umbras dissipans. que la sombra rompe y llena;

torre, escudo divinal

Ave, nitens maris stella: ¡Ave. Estrella de los mares:

Omnes libera a procella libra al hombre en la tormenta

Huius mundi naufragi. de este mundo, que se cuenta

como náufrago sin fe.

Ave, Mater: te laudamus; ¡Ave. Madre cuyo nombre,

Tuum nomen invocamos que fervientes alabamos

Cunctis in periculis. en peligros invocamos

de rodillas a tus pies.

Ave, semper: te precamur; ¡Ave siempre. Siempre Ave!

Ut in coelo perfruamur, Atended a nuestro anhelo!

Nos tua praesentia. y a tus plantas, en el Cielo,

conducidnos a gozar.

Sancta Trinitas laudetur, ¡Al Dios Santo, Trino y Uno

Deus Unus adoretur, gloria eterna y alabanza!,

In aeterna saecula. Amen. abrigando la esperanza

de adorarle sin cesar.

Himno a la Coronación de Nuestra Señora de los Angeles

Letra de José María Alfaro Cooper.

Música del P. Rosendo de J. Valenciano.

Fecha: escogida el 24 de febrero de 1926.

“Ciñó Dios, ¡oh Reina amada!

la corona de tu sien

y tu imagen venerada

coronamos hoy también.

De oro, amor y fe piadosa

vamos la ofrenda a poner

sobre tu frente gloriosa,

llenos de dicha y placer.

A tu materno cariño

acogiese el Redentor

y se durmió, siendo niño,

en tu regazo de amor.

Clavadas sus santas manos,

el Hijo tuyo expiró;

mas a todos sus hermanos

como Madre te dejó.

Este sitio has preferido

para tu culto y altar

y tu gracia has concedido

a quien la viene a implorar.

Oyes nuestras oraciones

y, en mirífico raudal,

nos brinda siempre sus dones

tu corazón maternal.

Ciñó Dios, ¡oh Reina amada!

la corona de tu sien

y tu imagen venerada

coronamos hoy también.

Himno a Nuestra Señora de los Angeles

Letra de Eladio Prado.

Música de Roberto Campabadal.

Coro:

A la Virgen Negrita alabemos

saludando a la Reina y Señora

que una pobre y feliz leñadora

de Cartago en la Puebla encontró.

Nuestras voces proclamen tu gloria,

pues la Patria creció en tus regazos

y estrechándote amante en tus brazos

los honores de Libre alcanzó.

Estrofas:

Tu buscabas, oh dulce María

do fijar tu morada en el mundo

y en el valle del Guarco profundo

encontraste el dichoso lugar

do levantas tu estancia y tu trono,

desde donde, abrazada en amores,

a la par que nos das tus favores

nos conduces y riges en paz!

Cuando el tico se siente oprimido

y en la angustia su pecho se agita,

a Tí vuelve los ojos, Negrita

invocándote henchido de amor!:

en Tí espera anhelante y confiado

porque sabe que Tú, cariñosa

calmarás, como madre amorosa

con tu aliento, su pena y dolor!

Bajo el manto azul de tu gracia

crece libre y viril Costa Rica:

su ventura doquiera predica

tu continua, vital protección!

Su bandera a los vientos flamea

anunciando, a los hombres, gloriosa

que esta es la porción venturosa

de la Tierra, que Dios te donó!

Himno premiado del Centenario de la Nuestra Señora de los Angeles.

Letra: Pbro. Matías Cornelio Rojas.

Música: Julio Fonseca

Fecha: 1935.

Coro:

Cantemos a la Virgen

que fue la Madre pura

de Cristo Nuestro Dios,

pues ella es la criatura

más alta en hermosura

que ensalza nuestra voz.

Estrofas:

Dedican a su Reina

los ángeles del cielo

su canto aclamador

y el hijo de este suelo

la llama su consuelo,

su auxilio en el dolor.

¡Oh Virgen! las plegarias

conmueven en la altura

su trono maternal,

pues eres de ternura

la Madre y la ventura

del mísero mortal.

¡Patrona de esta tierra!

tres siglos publicaron

tu espléndido favor;

son siglos que pasaron,

mas ellos nos dejaron

la imagen y tu amor.

Himno premiado de la juventud católica.

Letra de anónimo: una devota.

Música de Emilio León.

Fecha: 1935.

Coro:

A ti eleva su voz amorosa

la católica fiel juventud.

Guarda Madre su joya preciosa

de la Fe la divina virtud.

Estrofas:

Con la Fe se corona quien ama:

ella endulza la cruz del dolor.

Guarda, oh Madre en mi patria esa llama

que nos muestra cual faro al Señor.

De los Angeles reina María,

Madre excelsa del Divino Redentor.

Eres Tú nuestra eterna alegría,

nuestro dulce consuelo y amor.

Hoy la Iglesia de Cristo, afligida,

A Ti clama, pidiendo favor.

Por tus ruegos, oh Madre querida,

Gloria y paz le conceda el Señor.

Himno a la Virgen de los Angeles.

Dios te salve, blanca rosa,

hija del Eterno Padre,

del Divino Verbo, Madre,

del Paráclito, Esposa.

Salve Reina de los Angeles,

amparo de pecadores,

a Ti clamamos Señora,

escucha nuestros clamores. (2)

Te damos el alma y vida,

las potencias y sentidos,

no deseches a tus hijos,

a tus plantas hoy rendidos.

Apareciste más bella

que el sol, la luna y la aurora

para ser de Costa Rica,

Reina y Madre defensora.

En una piedra te halló

aquella niña dichosa,

aquí fuiste aparecida,

Madre nuestra milagrosa.

Alabemos a esta Madre,

llena de misericordia,

y por ella consigamos

el premio de eterna gloria.

Fr. Vérnor M. Rojas OP.

San José, julio de 2010.


-Acerca de la Virgen de los Ángeles, bibliografía y verso del Presbítero Víctor Ortíz:

Como se acerca la fiesta de la Virgen de los Ángeles, 2 de agosto, de gran movilización popular en todo Costa Rica, creo oportuno entregar aquí una pequeña bibliografía, donde se recojan los principales estudios que se han publicado en Costa Rica, acerca de la devoción a la Virgen de los Angeles, la “Negrita”; puede ser de ayuda a los predicadores, periodistas, comentaristas, participantes en la Novena, en la gran Romería, en la fiesta del propio día, y en la Pasada. Por estos días, toda la atención de los costarricenses está centrada en Cartago, en la Basílica y en esa querida Virgencita que a todos nos atrae hacia su corazón maternal.

¿Quiénes han escrito acerca de la Virgen de los Angeles?

ARRIETA, Víctor Manuel, Pbro.: “La Patrona de Costa Rica”, 1960.

BLANCO Segura, Ricardo: “Historia eclesiástica de Costa Rica”, 1960.

CORRALES Bolaños, Claudia: “Estudio sobre la Basílica de Nuestra Señora de los Angeles”, Cartago, 1972.

BENAVIDES Barquero, Manuel de Jesús: “Los negros y la Virgen de los Angeles”, San José, 2010.

BONILLA, Miguel, Pbro.: “Discurso poético-apologético”, 1826.

BORGE, Carlos, Pbro.: “Virgen de los Angeles coronada”, 1927. “Tricentenario de Nuestra Señora de los Angeles, 1635-1935”, 1941.

BRENES, José, Pbro.:”Relación de la aparición de la imagen de Nuestra Señora de los Angeles de Cartago”.

CHASE Brenes, Alfonso. “Nuestra Señora de los Angeles: Madre de nuestra cultura”, 1995.

ECO Católico: “Guía del peregrino”.

FERNANDEZ Guardia, Ricardo: “Crónicas coloniales de Costa Rica”, 1921.

GOMEZ Alvarez, Glenn, Pbro.: “La Negrita”, San José, 2009.

GOMEZ Vargas, Sonia L.:”La Basílica de Nuestra Señora de los Angeles. Testimonio arquitectónico de la fe costarricense”, 2007.

LEON Villalobos, Edwin: “Fiestas escandalosas en la Cofradía de los Angeles”, 1782.

MATA Gamboa, Jesús: “Monografía de Cartago”, 1930.

OREAMUNO, Toledo, Carlos Alberto: “Nuestra Señora de los Angeles. Patrona y Reina de Costa Rica. Datos históricos”, San José, 2007.

ORTIZ, Víctor, Pbro.: “Piadosa tradición histórica de la Aparición de la imagen de Nuestra Señora de los Angeles, en la ciudad de Cartago”, 1904.

PACHECO, LUIS, sdb.:”Nuestra Señora de los Angeles: Historia y leyenda”, San José, julio 2005.

PRADO, Eladio: “Breve compendio de la historia de la milagrosa imagen de Nuestra Señora de los Angeles”, 1924. “Historia de Nuestra Señora de los Angeles”, 1926. “Nuestra Señora de los Angeles Patrona oficial de Costa Rica”, 1935.

QUIROS Castro, José Alberto, Pbro.: “Historia de la Parroquia de los Angeles de Cartago”, 1998.

SANABRIA Martínez, Víctor Manuel, Mons.: “Historia de Nuestra Señora de los Angeles”, ECR, 1985.

SOTO Valverde, Gustavo Adolfo: “Los 500 años de la Iglesia Católica de Costa Rica”, 1992.

THIEL, Bernardo Augusto, Mons.: “Datos cronológicos para la historia eclesiástica de Costa Rica”, 2002.

Traslado a continuación, como una muestra del romancero religioso costarricense, este precioso romance del Padre Ortiz.

“Las leyendas religiosas o pías tradiciones, al par que las guerreras o heroicas, son la poesía del pueblo”, “El anciano sacerdote ha copiado de su corazón el presente romance: es una sagrada antigüedad. Imprímase y guárdese en el corazón del pueblo cristiano, devoto de María. El Padre Ortiz ha llenado un gran vacío en nuestra literatura patria”, nos dejó escrito el P. Juan Garita, al presentar la edición del clásico romance.

Fr. Vérnor M. Rojas OP., julio del 2010.

“RELACION DEL PADRE VICTOR ORTIZ

Contando ya ochenta y tres

De mi humilde nacimiento

Vengo en conocimiento

De aquel célebre precepto

De los ancianos expertos

Que a los jóvenes confiaban

Para que después hablaran

De los pasados sucesos.

Lo que ahora vengo a entender

Es que en mi tiempo primero,

Cultivóse con esmero

La tradición y la historia

De la aparición hermosa

De María en Costa Rica

Que la América publica

Cual grande acontecimiento.

Que es gravísimo pecado

Que tan legítima gloria

No aparezca en la memoria

De todo costarricense,

Pues de este hecho tan grandioso

Casi nada se halla escrito,

Y que degenere en mito

Es descuido imperdonable.

Es lamentable desgracia

Que del todo se perdiera

Lo que entonces se escribiera

De una aparición tan bella.

¿Cómo es posible olvidar

Tantas gracias y portentos,

Incontables documentos

De la bondad de esta Reina?

De corazón me arrepiento

De que en mis años primeros

Los datos mil, postrimeros,

Que mis padres me legaron,

No escribiera con cuidado

Para redactar la historia

De la Reina laudatoria

De la ciudad de Cartago.

Ya que a su tiempo no lo hice,

A escribirlo ensayaré;

Mientras viva escribiré,

Aunque con muy toscos versos,

Pues con mejores no puedo,

Esperando que los maestros

Que son en ellos muy diestros

Los retoquen y embellezcan.

Así, desde aquellos tiempos

De falsedades desnudas,

Debatidas muchas dudas,

Hasta mis padres llegaron

Las noticias del suceso

Que de unos a otros pasaban

Y que a todos recordaban

La sublime aparición.

Mil seiscientos cuarenta y tres

De Jesús del nacimiento,

Aquel acontecimiento

Tuvo lugar en Cartago,

Con el cual sin duda alguna

El Cielo quiso obsequiar

Aquesta reina del mar

Bien llamada Costa Rica.

Era un día dos de agosto

Memorable, en que invocaban

Cual su Patrona que amaban,

Porciúncula, España y Francia,

Con un nombre tan excelso

Que causa confianza y gozo,

Con el nombre tan hermoso

De los Angeles la Reina.

Ved aquí la causa justa

Que inspirara a aquellas gentes

A imponer muy reverentes

Este título glorioso,

De los Angeles la Reina,

A la aparición hermosa

Que tan amable y bondadosa

A buscarnos descendía.

Entre la plebe sencilla

Hé la mujer destinada,

Por las gentes envidiada,

Que feliz ha de encontrar

La santa Imagen mariana

En el fondo de una breña

Donde iba a buscar la leña

Por disposición de lo Alto.

¡Sonó la hora señalada!

Sobre una piedra vulgar

Escogida para altar,

Y a la luz de claro día,

Aparece humildemente

Y de adornos desprovista,

Mas cautivando la vista

De una asombrada zagala.

Muy gozosa la tomó,

y hallándola de su agrado,

a su pajar muy amado

llevarla cree conveniente,

pues viendo que no hay alguno

que disputarla pudiera,

sin vacilar se apodera

de aquel tesoro encontrado.

Su pobreza es tan extrema

Que no tiene ni un armario,

Mucho menos relicario,

Donde guardar el hallazgo;

E ignorando de este objeto

El valor inapreciable,

Lo oculta, pero inculpable,

En su petaca de cuero.

Sucede que en otra tarde

A la floresta camina

La sencilla campesina

Buscando otra vez su leña;

Llegando al mismo lugar

Donde estuvo el día anterior

Interrumpe su labor

Una nueva aparición.

Se acerca a la imagencita,

La examina enternecida,

Y la halla muy parecida

A la que ya tiene en casa.

Esto le infunde algún susto,

Piensa que alguna persona

Escondida le ocasiona

Algún engaño funesto.

Sin embargo se la lleva

Para la otra acompañar,

A fin de tener un par

De figuras nunca vistas.

Busca en vano la primera;

¡No hay nada, exclama, oh Dios mío!

¡Si será esto un desvarío!

¡Si será cosa muy mala!

Asegura el nuevo hallazgo,

Y aquietado su disgusto,

Con zozobra, miedo y susto

Se dispone a custodiarlo;

El temor le impide verlo,

Se va… su deber cumpliendo

Y la leña recogiendo

Otra imagen le aparece.

Con congoja natural,

Palpitante el corazón

Y anublada su razón

E inmutado su semblante

Se acerca más exclamando:

“A la luz la quiero ver…

Es la misma…es la de ayer,

Ya esto no me está gustando.

“¿Qué es lo que yo debo hacer?

Dios mío, dice ella, turbada

¿Dejarla aquí despreciada?

Esto no lo puedo hacer.

¿Y llevármela otra vez?

No; mejor es consultar,

Ir a mi casa a pensar

Y mañana volveré”.

“¿Y a quién podré decir esto?

¿ al inteligente Cura?

Al alcalde es gran locura…

¿Y a los frailes del Convento?

Sé que mujer no entra allí.

¿Y al Cura? Sería imprudente.

Bravo él, cabeza caliente,

De seguro no me escucha”.

“Y no sé qué es lo que siento:

Quieta y sin hablar, no puedo

Quiero salir de este enredo,

Esto algo quiere decir.

El Cura dijo en la misa

Que él era tata de todos,

Voy a sortear esos toros

Sin más testigos que Dios”.

Fue a donde el Cura temiendo,

Con pena, susto y vergüenza;

Al verla el Cura ya piensa

Que algún asunto la trae.

“Mujer, ¿qué te ha sucedido?”

“Cristiana soy, señor Cura,

E implorando su ternura

Comparezco en su presencia”.

Cuanto le había sucedido

Refirióle balbuciente,

Pero el Cura indiferente

Le dice: “Vuelva mañana”.

Le ordenó que le trajera

Lo que dijo haber hallado,

Que tuviera gran cuidado

De no contárselo a nadie.

Obedeciendo a su Cura

Se retira muy contenta.

Regresando se presenta

Con la imagen misteriosa:

La niña la entrega al Cura,

Quien la mira y examina

Y, cual ofrenda divina,

De lo Alto juzga aquella obra.

El Cura no piensa mal;

Que entre montañas espesas,

Que entre tantas asperezas,

Aparezca objeto tal;

No hay mano, acero ni filo,

Que pudiera fabricarlo:

Gran maravilla fue hallarlo

Pulido, perfecto y bello.

Es una imagen perfecta,

De humilde fisonomía,

Y suave soberanía

Revela su amable rostro.

Y los pliegues de su manto,

De sus ojos la dulzura,

Su celestial escultura,

Indican su origen alto.

Un niño tiene en su brazo

Que representa la alteza

De su Dios a quien expresa

Las plegarias de sus hijos;

Nadie en vano la invocó,

Pues su ruego es poderoso

Por querer su Hijo amoroso

Engrandecerla a porfía.

El Niño mira amoroso

A la que es Corredentora.

Con su mano condecora

Su pecho de amores lleno,

Cual si con ellos quisiera

Expresar que es mediadora

Viniendo en tan dichosa hora

Para serlo en Costa Rica.

Ocultan su alta grandeza

En sublime pequeñez

De una imagen que es talvez

Un reflejo sobrehumano;

Hijo y Madre aparecidos

Con tan humildes semblantes

Prueban claro ser amantes

De las humanas criaturas.

Una vez examinada

Como el caso requería,

Con indecible alegría

La guarda en seguro el Cura;

Y la llave se reserva

Para evitar ocasión

De llevársela un ladrón

E impedir un sacrilegio.

¡Qué misterio! ¡qué prodigio!

El buen Cura atribulado.

Profundamente abismado

Busca, busca inconsolable

La amada imagen guardada:

No la encuentra. “¡Madre mía!”

“Si eres, dice, tú María,

Revélame tu morada”.

Se encamina a la floresta

Donde presume encontrarla.

Prometiendo venerarla

Si cumplido es su deseo:

Y se arrodilla exclamando:

“Es la misma ¡¡Madre mía!!

Es la misma, ¡¡es de María

Su santa imagen amable!!”.

Convencido en gran manera,

De que un prodigio se obraba,

Y que el Cielo derramaba

Para bien de este lugar,

Resuelve dejarla allí

Mientras tanto su traslado

Se dispusiera al poblado

Con grande solemnidad.

Va al Gobernador y cuenta

El buen Cura enternecido

Lo hasta entonces sucedido

En las cuatro apariciones;

Conferenciando los dos

Con los frailes juntamente,

Efectuar solemnemente

Su pronta pasada acuerdan.

De las campanas el eco,

Por el pueblo se derrama,

Y en gozo a todos inflama,

Propalando la noticia;

Y gracias dando a Dios todos

Y revelando su gozo

Con inefable alborozo,

A su reina van a traer.

En procesión muy solemne

Con la cruz y los ciriales

Y demás ceremoniales

Se disponen a marchar;

El clero pasa adelante

Con palio y capa pluvial

Y con pompa sin igual

Comienzan a desfilar.

Vedlos…¡¡de hinojos postrados!!

‘Qué prodigio! ¡Qué misterio!

La Reina de este hemisferio

Fulgurando en un charral,

Tiene miradas de madre

Pues parece ser viviente,

Ellos amor muy ferviente

Le tributan desde entonces.

¡Reina solemne silencio!

Se hallan todos consternados

Ante la imagen postrados

Meditando dulcemente;

El Cura entonces bendice

Con rara solemnidad

La suave sublimidad

Que a todos embelesaba.

De nuevo el Cura se postra:

Reverente se apodera

De la Reina de esta tierra,

Obsequiada por el Cielo.

El pueblo al verla en su mano

Se desborda de alegría

Y hace esfuerzos a porfía

Por contemplarla de cerca.

Ya la noche se aproxima;

Necesario es ya marchar,

Y comienzan a cantar

En procesión ordenada;

Todos hacen con sus voces

Agradable melodía

Inspirados por fe pía,

Los fieles y sacerdotes.

El desfile ya termina

En la Parroquia imponente

En donde el pueblo impaciente

A la Virgen quiere ver;

Satisfecho este deseo,

Se coloca en el sagrario,

Que es el punto del santuario

Que entonces le convenía.

Se guarda con gran cautela

De aquel sagrario la llave,

Pues todo el mundo sabe bien

Lo que ha pasado hasta entonces;

Al celoso Coadjutor

Se le encarga custodiar

Y de este modo evitar

A la piedra otra zafada.

El Coadjutor muy temprano

Fuése a dar la comunión:

Anhelando la ocasión

De ver la imagen querida,

Sus manos abren inquietas

El tabernáculo santo.

¡Brota de sus ojos llanto

Al mirar que ya no estaba!

Estupefacto su pena

Al Cura va a referir,

Invitándolo a venir

A observar aquel suceso;

Ambos se van a la piedra

De temor sobrecogidos,

Con santo amor impelidos,

Con la esperanza de hallarla.

¡Estaba donde pensaban!

¡Estaba en la misma piedra!

Entre el musgo y verde hiedra,

En su lugar predilecto.

Es allí donde Ella quiere

Que un santuario se levante

Do su corazón amante

Pueda derramar sus gracias.

Se produce en la Provincia

Actitud inusitada:

Se improvisa una enramada

Para abrigar a la Reina

Que descansa bajo palio,

Mientras desde el labrador

Hasta el gran Gobernador

Todos le hacen una choza.

Siendo tan accidental,

Esta choza improvisada,

Hacerle mejor morada

Fue deber que se imponía;

Sin opinión discordante,

Con prontitud inaudita,

Se le ofrenda bella Ermita

A los pies del Irazú.

En el pueblo se despiertan

Enérgicas, vivas ansias

De consumir las ganancias

En la fábrica de un templo;

A este fin todos se mueven,

Españoles y nativos,

Todos con sus donativos

En la obra magna trabajan.

Y es cosa tan admirable

Que sin tener instrumentos

Las paredes y cimientos

Se ejecutan brevemente;

Siendo cosa de notar

Que del suelo a la techumbre

Trabaja la muchedumbre

Con envidiable concordia.

Sin dirección de arquitecto,

Sin cálculos y sin planos,

Por centenares de manos

La gran fábrica se eleva.

La firmeza y solidez

De cimientos y paredes

Son efecto de mercedes

Otorgadas por la Reina.

Las dos últimas hiladas,

Sin saber ellos por qué,

Lo que es cierto es que así fue,

Que de adobes las hicieron.

El motivo de este yerro

Se dirá mas adelante,

Pues la Madre más amante

Lo tenía dispuesto así.

¡Con qué fervor se dirían

Las divinas misas diarias

Y con qué fe las plegarias

Los fieles las murmuraban,

En un templo en que María

Por medio de sus visitas

Fragancias muy exquisitas

En su atmósfera dejaba.

Sobrenatural poder

Revela siempre escudar

Ese Templo secular,

Trono de misericordia;

Pues firme sobre sus basas

Entre escombros queda erguido

Las tres veces que han destruido

Terremotos a Cartago.

Es verdad que la portada,

Las torres y las capillas,

majestuosas y sencillas

no son de la misma edad;

estas han sido producto

de la fe siempre creciente

y de la piedad ardiente

de la cristiandad moderna.

Todos verán con agrado

Que este Templo se conserve,

Que de ruina se preserve

por ser reliquia tan santa;

en su recinto aún está

la piedra misma y cabal

que sirvió de pedestal

a las seis apariciones.

Sobre esta sagrada piedra

Se levanta el bello altar

Con la gracia singular

De ser aquí el más antiguo;

También el más imponente

En estado muy perfecto

Y de estilo tan correcto

Que cautiva las miradas.

Lo cercan imagencitas

De delicada escultura

Que la excelsa galanura

Simbolizan del arcángel;

Y como son sólo nueve,

En actitud reverente

Representan claramente

Los nueves angélicos coros.

Allá por mil ochocientos

Tuvo lugar un prodigio

Que suscitó gran litigio

Entre incrédulos y fieles;

Pero que fue testimonio

De la intervención del Cielo

Que anhelaba en este suelo

Derramar sus altos dones.

Del Valle José María

Que era músico notable,

Caballero respetable

En medio de sus coetáneos;

Que siendo empleado del coro

Fue el primero que observara

En una pared del templo.

Al salir del coro un día

Yendo del Oeste al Oriente

Pone mirada inconsciente

En la extremidad del templo;

Y llamóle la atención

Un musgo muy abundante

Que colgaba rozagante

Casi en toda la pared.

Una cosa tan extraña

Obligólo a parar mientes

En lanas, hierbas pendientes

En pared que era de piedra;

Pronto vino a convencerse

Que la humedad provenía

Del agua que descendía

De las hiladas de adobes.

“¿Estaré yo delirando?”

Se pregunta el buen artista.

“Si no me engaña mi vista

Aguas es lo que estoy palpando,

Esto yo debo anunciar

A una persona prudente

A la que tengo en la mente

A Ramón Ortiz Castillo”.

Ortiz, Del Valle, convidan

A todos sus conocidos

Que van, ven y convencidos

Salen a hablar del prodigio;

Admirando esto las gentes

Lo hacen público y notorio.

Por todo el noble villorio

Con candor indefinible.

Se ordena inmediatamente

Por las dos autoridades

Entregar a las edades

Un recuerdo permanente.

Haciendo un desaguadero,

En que el agua que destila,

Para que caiga en la pila

Se recoja con cuidado.

Tú, lector, podrás ver hoy,

Aunque por esto te arrobes,

En las hiladas de adobes,

Embutidos cuatro tubos

Por donde dice la historia

El agua pura salía

Que de arriba descendía

Cual si bajara del cielo.

Pero acontece de pronto

Que el musgo se reverdece,

Que el agua desaparece

Contristando a los creyentes;

Mas, el rigor y el ayuno

De la austera penitencia

Obtiene de la Clemencia

De nuevo el agua pedida.

De aquel tiempo para acá

De entre piedras apiñadas

Aguas muy cristalizadas

Manan, brotan sin cesar;

Quien contempla este grande hecho

Se dirá más de una vez:

“Aquí miro al gran Moisés

Sacando agua de una roca”.

No me equivoco al decir

Que es debajo del Santuario

Donde este milagro diario

Tiene su origen perenne.

Los que veáis la pila de hoy

Aunque tan refaccionada,

Tened por lo Alto donada

El agua que allí bebáis.

No es posible referir

Todos los grandes favores

Que narraban mis mayores

De esta Reina bondadosa.

Que milagros se repiten

Lo afirman propios y extraños

Porque al correr de los años

Se renuevan sin cesar.

Veneraron esta imagen

De Santa Cruz Agustín,

Don Domingo Sataraín,

Augusto Thiel y Llorente,

Francisco de Paula Campos

Que era un Obispo de Honduras,

Y Briceño y Castro, Curas,

A raíz de su aparición.

Personas dignas y sabias

Y Obispos de gran criterio

Aprueban este misterio

Con ardor y gran firmeza;

Y para dar testimonio

De su alta veneración

Espontánea donación

Le hicieron de sus alhajas.

VICTOR ORTIZ, PRESBÍTERO.”

 

☺ Versos de Carlomagno Araya:

A LA VIRGEN DE LOS ÁNGELES

Carlomagno Araya

Permite, Señora mía,

que ponga a tus pies, la ofrenda

que recogí en las montañas

de mi siempre amada tierra.

Es un ramo de “pastoras”

y de olorosas gardenias,

que columpiaron las brisas

de las tardes veraniegas.

A ti, Virgen de los Angeles,

protectora y reina nuestra,

a ti van todas las notas

de mi flauta vocinglera.

Quisiera reconcentrar

los perfumes de la selva,

en un vaso hecho del oro

con que tiñe el sol la cresta

de los montes seculares.

Ir a todas las praderas,

donde las aves ensayan

sus armónicas endechas

y robar trinos al ave,

fragancias a la floresta,

sabrosa miel a las frutas

y a las campestres colmenas

y hacerte una ofrenda solo

con las cosas de mi tierra,

de esta tierra que hace siglos

tú amparas, oh Virgen buena!

Mi abuelita me contaba

de una poética manera,

que una vez una pastora

muy virtuosa e ingenua,

se introdujo en la montaña,

buscando con insistencia

por entre riscos y montes

accesibles una oveja

que se le había extraviado

hace días de su dehesa.

Y a la margen de una fuente,

de linfas claras y tersas,

se encontró una muñequita

de piedra. Bella muñeca

para jugar de “casita”!…

-pensó la pastora ingenua-

y en su blanco delantal

la envolvió de una manera

cuidadosa y a su choza

regresó con su muñeca…

en el rincón de su cama

solícita la doncella

le hizo un altar, festonado

de “uruca” y de azucenas.

La tarde puso en los montes

el carmín de su paleta

y sus postreras canciones

entonaron en la selva

los pájaros campesinos.

La fuente de linfas tersas

y puras, en la montaña

pulsó su lira de cuerdas

cristalinas y las ninfas

danzaron en sus riberas.

La noche tranquilamente

con sus alas gigantescas,

cubrió la crin de los montes

y la faz de las praderas.

Por fin se anunció la aurora

tras de las más altas sierras,

y de nuevo sus canciones

entonaron las zahareñas

avecillas y de nuevo

en las fragantes florestas,

derramaron sus perfumes

heliotropos y gardenias.

Se levantó con la aurora

la niña muy placentera

y en el rincón de su cama

no halló su bella muñeca.

La buscó por todas partes

y como no pareciera

muy triste y meditativa,

tomó el sendero que lleva

a la plácida fontana

de linfas claras y tersas.

Y con un asombro grande

que puso fin a su pena,

encontró sobre una roca

su muñequita de piedra.

A su choza alegremente

por la florecida senda

cantando volvió la niña

y en un cofre de madera

la guardó regocijada.

Cuando en la tarde fue a verla

no la halló y entristecida

se puso a llorar. La densa

noche cubrió las montañas

con sus alas gigantescas

y la dulce pastorcita

la niña del alma ingenua,

después que se hubo dormido

en su camita pequeña,

tuvo un sueño encantador:

Soñó que allá en la ribera

de la fuente, un grupo de ángeles

adornaba a su muñeca

y entonaban dulces himnos

en su honor. Corona regia

le ponían sobre las sienes

y cantaban:”Virgen nuestra,

vayan a ti los acordes

de nuestras músicas ledas,

oh, Señora a tu albedrío

está la Naturaleza:

todas las cosas del cielo

y las cosas de la tierra”.

Por fin se anunció la aurora

tras de las más altas sierras,

y la dulce pastorcita,

como el alba tempranera,

se levantó y presurosa

encaminóse a la aldea

y le contó al señor cura,

llena de temor y pena,

lo que le había sucedido

con la muñeca de piedra.

Y surgieron comentarios

y hasta las gentes incrédulas,

se convencieron por fin

de que esa la Virgen era,

y un santuario primoroso

le formaron todas ellas,

a la bella muñequita

que halló la pastora ingenua.

Este es el cuento bellísimo

con que mi abuelita buena,

me entretenía cuando niño

a mi vuelta de la escuela.

Tiene el frescor de los campos

perfumados de mi tierra,

de esta tierra que hace siglos

tú amparas, oh Virgen Nuestra.

-Recopilado:  g.quesadamayorga@gmail.com

 

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