Historia de los Quesada del Barrio La Dolorosa

Actualizado al: 01/07/2016.

(versión de agosto-2011.)

La Dolorosa – 19/12/1936:

-Vea fotos y más fotos del Barrio La Dolorosa y su gente en: http://mibarrioladolorosa.blogspot.com/

Índice y presentación.

1. EL BARRIO LA DOLOROSA (y familias)

2. CROQUIS DE LA CASA 36-E EN Bº LA DOLOROSA (pendiente)

3. LA CASA Y EL PATIO

4. JUEGOS Y ANÉCDOTAS

5. CONSUELO Y RAFAEL

6. LOS HIJOS QUESADA MAYORGA

7. PRIMOS DE LOS QUESADA MAYORGA

8 .LOS ANTEPASADOS DE LOS QUESADA MAYORGA

9. Árbol genealógico de los Quesada.

NOTA :

Esta recolección de acontecimientos fue iniciada en 1997, recurre a escritos antiguos y será actualizada y modernizada por el aporte de quienes nos acompañan y por quienes nos sobrevivan.

PRESENTACIÓN

Nos hemos abocado a la tarea, con gran entusiasmo y asistidos por un inmenso deseo de hacerlo, de escribir un documento que no sólo responda a nuestros intereses, como lo es nuestra propia satisfacción de sabernos protagonistas de esta obra, sino principalmente, que vaya dirigido a las generaciones futuras. Para esto hemos incursionado de forma recurrente en el pasado sin el cual, junto al presente, no existe el futuro.

Queremos, de esta manera, dejar testimonio fehaciente de nuestras inquietudes como de nuestros logros y triunfos, capacidades e incapacidades, etc., así como también de la rica herencia que recibimos de nuestros padres, a saber el más preciado legado que constituye el caudal inconmensurable de nuestros valores intelectuales y espirituales, sin dejar por fuera los principios valiosísimos de la ética y de la moral.

En nuestro ánimo al escribir este documento, ha privado siempre conservar algunos aspectos sobre la vida que nos ha tocado vivir, recordando las familias que nos acompañaron en el nunca olvidado barrio La Dolorosa, la ubicación de sus casas, los miembros que las formaron como las ocurrencias y anécdotas y situaciones que se dieron en medio de un ámbito repleto de amistad y de buenas costumbres, de solidaria y sana convivencia, haciendo también un casi exhaustivo viaje o recorrido, por todas las estancias de nuestra querida y siempre harto concurrida casa.

Es nuestro deseo, que las generaciones venideras lean y conozcan, de una manera sencilla pero real y verdadera, quiénes fueron, dónde y cómo vivieron sus antepasados pero muy especialmente don Rafael y doña Consuelo y sus diez hijos, los hermanos Quesada Mayorga.

Tampoco puede dejar de interesarnos que este documento, que un día será calificado de histórico, sea enriquecido y engrosado por nuevos aportes literarios de quienes, de generación en generación, se encarguen de transmitirlo a sus descendientes.

Con el tiempo pondremos en manos de nuestros hijos, el ejemplar que de este documento tenemos cada uno de los Quesada Mayorga y de los que, solamente existen diez. Esperemos que ellos a su vez, hagan lo mismo un día.

En lo personal, siento que para escribir la primera página de esta estimada crónica, que constituye la presentación de la misma, me ha movido el entusiasmo tan grande, el sacrificio de horas y horas de sueño y descanso destinadas a la recopilación de datos, vivencias, anécdotas, etc., de mi hermano Gerardo Enrique, a cuyo pensamiento, iniciativa y constancia se debe el organizar y plasmar con ahínco hasta el final, la realización de un proyecto, que se ha convertido hoy, en este acreditado escrito: La crónica de los hermanos Quesada Mayorga.

Capítulo 1.

EL BARRIO LA DOLOROSA

Casa de los Quesada (exactamente donde está el poste):

Se hace la salvedad de que el barrio de una urbe generalmente es un concepto muy personal, sus límites dependen de las vivencias de cada persona y por eso, como dato curioso, veamos tres casos en que el detalle del barrio es el manejo de una geografía personal:

Si se consulta el libro “Mi barrio: La Dolorosa” de mi estimado amigo Rufino Gil Pacheco, veremos que para él, La Dolorosa partía de La Alcancía y de ahí hasta la calle uno por el oeste y la calle 7 por el este, dejando de lado nuestra cuadra, ubicada entre calles 0 y 1, precisamente al costado sur de la iglesia la Dolorosa. Vivió a unos 200m de mi casa y los límites del barrio que menciona son minúsculos.

Este relato aparece en el libro de Eduardo Oconitrillo y Francisco Enríquez Solano: Historias de mi barrio: El San José de ayer. Enríquez es hermano de un gran compañero que tuve en 1972 en el Omar Dengo.

En el libro “Reminiscencias 1930-1950” de don Carlos Eduardo Saborío Alvarado se menciona nuestra cuadra, mas no a la familia Quesada aunque vivió a menos de 150m de mi casa en esa época. Los límites del barrio son pequeños.

En el admirable libro “Para Nunca Olvidar”, de Tano Pandolfo, quien vivió a escasos 125m de mi casa, junto al Hotel Panamá, se menciona montones de lugares comunes, pero ni siquiera una sola vez aparecen los apellidos Quesada u otros apellidos que uno pensaría ineludibles, tan solo menciona los Retana. Los límites del barrio son enormes.

No se trata de omisiones, sino que el barrio es un concepto personal, que se perfila desde las vivencias y la época de cada persona y sus coordenadas tienen su eje en el horizonte del relator. Lo que sí está claro es el papel rector de los dominicos del templo de La Dolorosa, donde adquieren dimensiones descomunales las tareas asumidas por los ilustres sacerdotes que han sido destacados en la comunidad y principalmente, el padre Vérnor Rojas Contreras, oriundo del barrio, ex-Rudín, ex-liceísta y guía espiritual de muchos de nosotros:

En fin, dejemos a Luko Hilje que divague sobre la definición de un barrio.

Además, desde el mismo punto de vista geopolítico, tenemos que la División Territorial Administrativa de la República de Costa Rica ubica al Barrio La Dolorosa en dos distritos distintos: de la calle 0 ó Alfredo Volio hacia el este, distrito Catedral y de la calle 0 hacia el oeste, distrito Hospital, con la consiguiente contribución a ambigüedades más bien interesantes.

Igual ocurre con los Quesada, que para ellos existieron diferentes cuadras que compusieron “su” barrio, pues la dinámica subjetiva también hizo diferencias entre ellos; de tal manera que el barrio de José, Gerardo y Federico era compuesto por distintas cuadras al de Rafael, Francisco, Luis y Miguel, ni qué decir de Hermelinda, Yamileth y María Consuelo, en el mismo momento del tiempo.

INFLUENCIA DOMINICA EN EL BARRIO

En su sermón de seis y treinta de la noche del 4 de octubre de 1998, el cura Vérnor Rojas decía que los dominicos iniciaron el rezo diario del Santo Rosario desde 1897 en que fundaron La Dolorosa, y que desde esa fecha no se ha fallado en su cumplimiento.

Antes de la llegada de los televisores, solo se celebraba misas por las mañanas, y al caer la noche la gente no tenía nada qué hacer. En la oscuridad, los jóvenes abandonaban sus juegos y en algunas casas se recogían las personas a departir en medio de ejecuciones musicales, como ocurría donde los Quesada. Entonces, muchas personas, resolvían acercarse devotamente a La Dolorosa a rezar el Santo Rosario a las siete de la noche.

Para el primer domingo de octubre, se recorre las calles portando una imagen de la Virgen del Rosario, antigua estatua de tamaño natural, y un grupo de niños de la catequesis se encarga de transportar los estandartes alusivos a cada una de las nueve estaciones que lo componen, diferenciados por colores celeste, rojo y blanco, según se trate de los misterios Gozosos, Dolorosos y Gloriosos.

También existió una tradición del Rosario Perpetuo, que consistía en asignarse, durante ese mes de octubre, los diferentes turnos en que determinada persona debía rezar el Santo Rosario, de manera tal que se establecía una cadena que unía a la comunidad con un objetivo único durante todos esos días. Esa tradición murió con la migración de casi todas las familias del barrio, que ahora es un sector comercial de San José.

Algún día la comunidad costarricense reconocerá el valor de la influencia dominica en el barrio; por lo menos para los Quesada, La Dolorosa sigue siendo nuestro norte.

Padre Vérnor Rojas Contreras, oriundo del barrio:

 

FAMILIAS DEL BARRIO LA DOLOROSA

El 14/03/2009 nos reunimos un grupillo para reencontrarnos:

Algunos del crisol del barrio: Espinoza, Verzola, Rodríguez, Thompson, Fallas, Carvajal.

El templo La Dolorosa, erigido en 1897-1946, da nombre a la barriada que tuvo los siguientes límites: Sur este, El Laberinto; sur oeste, El Pacífico; oeste, La Constructora; nor oeste, La Puebla; este, Paseo de los Estudiantes.

Sin embargo, esos son límites subjetivos e innecesarios, porque la verdad es que cada persona forma una concepción de lo que desea considerar como su barrio. A esto hay que agregarle la forma sui géneris que tienen las personas de percibir el mundo que los rodea; y para muestra un botón, una vez don Rafael recibió una carta que le remitía un maestro de música de la zona sur, con la siguiente remitencia :

Sr. Músico Rafael Quesada.

Calle de por medio con el costado sur de la Iglesia La Dolorosa

30 o 40 varas abajo.

… y la carta llegó. Por cierto, que le pedía enviara una foto para volverlo a conocer.

Para los menores de los Quesada Mayorga, hay que tomar algunas referencias de otro tipo y delimitar nuevamente la barriada, de la siguiente manera: de la Clínica Bíblica hacia el oeste hasta el Taller de Atilio (Palomo) Torres, remendona de calzado ubicada en avenida 14 y calle 2; luego hacia el norte, pasando por la pulpería y Ferretería La Flor, en avenida 12 y calle 2 hasta llegar a la avenida diez, donde estaba la soda de los Curling; de ahí al este hasta la Botica La Dolorosa de los Jiménez (diagonal a la esquina donde fue fundado el Centro Para el Estudio de los Problemas Nacionales) y luego al norte hasta la bomba ubicada en calle central y avenida 8; después al este nuevamente hasta la Cantina la Lira, pasando por La Meca, para cruzar hacia el sur hasta el Pato Cojo; y se toma hacia el sur cien metros hasta el Paseo Sarmiento o avenida 14 y se cruza nuevamente hasta la Clínica Bíblica. En este espacio, se usa como eje crítico el cruce de la calle primera con la avenida doce.

Las familias que componían la periferia del barrio con relación a los Quesada eran pocas, entre las que destacan las siguientes :

Reunión del barrio el 14-03-2009:

LOS RETANA : Para hablar de los Retana hay que hacer un capítulo e incluir todo el árbol genealógico, sin embargo, el núcleo básico es el siguiente :

Los abuelos, el Lic. Antonio Retana y doña Inés Zita Cruz. Junto a ellos vivían unos hermanos de don Antonio, llamados : Profesor Tobías (TíoTobis) Retana, primer director de la Normal, Gonzalo (Chalo) y Jesús (Tana), que vívían, estos tres últimos, en una casa contigua, de alto.

A don Tobías le hicieron un homenaje, tal vez el último, según La Nación del 23/09/1971 y fue gerente de Radio Sideral en San Ramón.

Los hijos de esa pareja Retana Cruz fueron : Antonio, Rodrigo, José, Oscar, Luisa, Rosario y Mario. Además, el Lic. Retana y su esposa habían adoptado a Carlos Porras.

Los nietos son como sigue :

De Antonio Retana Cruz y doña Lidia: Antonio (Totoño), Bernardo, María Lidia, Roxana y Francisco (Chicotana).

De Rodrigo Retana Cruz y doña Rosa Casalvolone: Luis, odontólogo como su padre, Rodrigo Alberto (Betico) y Rosita.

De Oscar Retana y doña Cristina: Oscar Rafael, Inés, Cristina y Merceditas y Jaime Alberto.

De José Retana Cruz y doña Joaquina Biolley : Eduardo, Carlos Alberto (Cabeto) y Pablo Antonio (Dios mío, Pablo Antonio no,… ¡Toni !). Esta pareja Retana Biolley era una belleza: doña Quina tan alegre y dulce y don José grandote y seriezón ; algunas tardes se lucían ante los niños montándose sobre barriles y toneles para hacerlos caminar con el simple movimiento de sus pies.

Los Retana entraban y salían del patio y la casa de los Quesada como Pedro por su casa, porque realmente eran como hermanos. Hasta que estalló la guerra en Vietnam y los Retana Biolley se fueron a coger armas de alto calibre, volvieron serios y se casaron para abandonar el barrio. En la pared del cuarto de las tías Rosarito y Luisa, que daba al patio de los Quesada, sobre unas latas, pusieron un rótulo : Rusos Go Home, misteriosa frase que los niños no entendían. Además, dibujaron extraterrestres y platillos voladores, ideas totalmente extrañas que los separaron de los chiquillos por el talante misterioso que sugerían.

Lean lo que publicó doña María J. Biolley el 04/05/1968 en La Nación.

Sin embargo, perdurarán en el corazón de los Quesada las muchas anécdotas que vivieron.

Todos recuerdan cuando Tana llegaba a la Cantina La Roma, donde los tútiles y colocaba el llavero sobre el mostrador, dando leves golpecitos con la punta de las llaves, Biamonte corría a servirle y cuando le cobraba él decía que no había pedido nada y se marchaba.

Los niños Quesada y sus amiguitos, le gritaban : Tana, comelana, calzón de palangana. Y el viejito salía a hacerles mala cara para gozar viéndolos correr a refugiarse.

Cuando el Lic. Retana estaba viejito, dedicaba algunos espacios del tiempo a cuidar unas matitas en el patio y cuando se encontraba enconchado regando o quitando maleza, llegaba Cabeto con un par de pistolas, desenfundaba y lo apuntaba, espetándole frases vaqueras como : Date por vencido, cobarde, forajido, te agarré con las manos en la masa, vas a tragar plomo hasta morir, malvado.

De ese Cabeto se recuerda con mucha simpatía la forma en que cabalgaba su caballo de raza en el patio, al frente de la casa, ladeando el cuerpo de la cintura para arriba, montado sobre un palo de escoba con cabeza de mula de cuero.

Oscar Retana, fue enviado por la familia a estudiar a una universidad en España, lo que demandaba mucho dinero que tenía que pedir el muchacho constantemente. Sin embargo, unos años después, la familia se enteró que el joven hacía vida bohemia en compañía de una mujer mayor… y tuvo que venirse porque se acabaron las remesas de dinero.

Don Oscar padre, tenía su consultorio junto a la casa, así como otro en Ciudad Quesada, donde todavía lo recuerdan con cariño.

Los Quesada se resistían a decirle Betico a uno de los menores Retana, por lo que le decían Beto, Betón, Betazo, para oírlo corregir: -Beto no, Betico. Años después, cuando llegó a la adolescencia, se integró a la barra y una vez le preguntó a Yamiteth Quesada porqué ella le decía Betico, a lo que ella le contó la historia. En ese momento se acercó Miguel Quesada y lo saludó: -Hola, Morsas. -pues ahora era llamado de esa manera. A lo que él contestó, haciendo pucheros : -Morsas no, Morsitas.

De Merceditas, graduada en Brasil, se recuerda los besos que se daba con José Alberto Quesada a través de los alambres de la cerca y cómo ella le decía Cucho… alfina ambos quedaban embarrados de mocos.

LOS VILLALOBOS LÓPEZ Y LOS VILLALOBOS ODIO: Los Villalobos son la otra familia íntimamente ligada a los Quesada. Se trata de dos familias emparentadas entre sí, pues don Efraín y don Mario eran hermanos y vivieron, en diferentes épocas, en la misma casa, a dos casas al este de la 36-E, angosta y de dos plantas. Posteriormente vivieron en esta casa los Nunnari.

Don Efraín Villalobos y doña Julia López vivieron hasta finales de los años sesenta en esa casa ; sus hijos Vilma, Jorge (Macho) y Liliana, todos machos y agatados y admirables en cuanto a sentimientos nobles.

De Vilma nunca olvidarán cuando dijo : -Me caí pero no me caí, me golpí pero no me golpí.

De Jorge (Macho) Villalobos López, por muchos años Director Administrativo de la Corte Suprema de Justicia, recuerdan montones de hazañas y proezas de tipo físico, debido a su temeridad en los juegos. Cuando lo perseguían, se desabotonaba la camisa y corría como desaforado, y en caso de que alguien atrapara la cola que se le hacía con la camisa suelta, hacía los brazos hacia atrás para que el persecutor quedara con la camisa en la mano y él lograba escapar.

Y bien, llegó la hora de colocar una foto de Macho, solo que esta la bajé de su FaceB, ubicado en Nepal… cómo me habría gustado estar ahí para hacer personalmente la foto…:

De Liliana llamada Manolico por Francisco Quesada, se cuenta una historia grave por las consecuencias que pudo tener. Esos chiquillos acostumbraban darle un garrote al niño más pequeño o de cierta edad apropiada para que los persiguiera y golpeara al que pudiera. Una vez, Federico, siguiendo ese juego, tomó algo y se lo arrojó a Liliana, con la tuerce de que era un cuchillo con el que la hirió en la espalda, por lo que hubo de ser atendida. También, una vez que Liliana dio la vuelta de carnera por primera vez, dijo : -Dacho !. Al preguntársele qué había dicho, dijo que era una palabra en inglés, porque su abuelito hablaba inglés y seguro se le pegó una palabra en inglés. Todos le creyeron.

Liliana se casó con el Lic. Pablo Casafont Odor, ex discípulo de don Rafael Quesada en la Escuela Juan Rudín y su hija Julia fue compañera de Raquel Quesada Guzmán, hija de Gerardo, en el Colegio María Inmaculada de Moravia a finales del siglo veinte.

En los setenta, llegó el Lic. Mario Villalobos con doña Luisa Odio, y sus hijos el Lic. Mario Enrique, Fernando, Orlandillo alto empleado del Banco Interfin ; Virginia, que falleció en 1996 siendo empleada de la Universidad de Costa Rica ; Roxana, exempleada de la Contraloría General de la República y Efraín Pin. Los Villalobos, junto con los Carvajal, fueron los primeros en tener T.V. en el barrio.

El 21/11/2009 me reuní con Mario-Enrique-Villalobos en el Colegio de Abogados:

Efraín era tan niño cuando llegó, que para decir Mister Terrific decía algo como: Misrhi srhisrhisrhi y cautivaba a todos bailando joropo.

A la par de la casa de los Quesada, en la misma propiedad, estaba un Taller de Motos de Harys Jiménez desde que la abuela Hermelinda le alquiló a éste en veinte colones al mes. Junto al taller había una casa de doble planta, angosta y empinada, donde vivieron los Acuña, los Marazzi y posteriormente, las Salazar.

LOS ACUÑA : Max, padre de Lupita y Nelly; Gladys, madre de Roger Marazzi y además, vivía Mireya. Las niñas Lupita y Nelly nunca vinieron a jugar al patio de los Quesada.

con lupita acugna – 20061107 Gerardo recuerda que un día, estrenando una pistola plástica que disparaba chorros de agua, se asomó al pequeñísimo patio de los Acuña y al ver pasar a Nelly le arrojó un chorrito. De inmediato se escuchó la voz de la mamá preguntando por el origen del chorrito y Gerardo se quedó en silencio, recostado contra la tapia de latas de zinc, y probablemente era observable a través de algún huequillo. Al ratillo sintió que le cayó del cielo un buen chorro de agua, pues la madrecita de Nelly, doña Yeyé, le dejó caer el contenido de una tina plástica desde la parte superior de la tapia.

LOS MARAZZI: Una vez Róger Marazzi llevó un rifle de copas y andaba rajando por todo el patio. Miguel Quesada tomó el rifle y le dijo que él no aguantaría que se le disparara hacia los gruesos pantalones de mezclilla que llevaba. El desafío generó un ambiente de tensión hasta que Miguel presionó el gatillo y la copa traspasó el jeans incrustándose en el muslo de Róger, quien no chistó. Le sacamos la copita y seguimos jugando.

LAS SALAZAR : eran unas muchachas solteras cuyos padres vivían en Sarchí, en el beneficio de los Peter, La Eva. Miriam, Sisa, Georgina y Hilda. Años más tarde, Georgina se casó con Miguel Quesada.

LOS VERZOLA ZUMBADO: Carlos, María de los Ángeles, bautizada Lala por Luis; Julita, que murió quemada cuando niña; Narciso, Cayetano, Alejandro y Fiorella. Vivían en casa gemela con doña Anita, la catequista y propietaria de un chorro de casitas de alquiler que cubrían media cuadra, donde vivieron los Espinoza, los Flores, los Cocoros, las Salas, los Mestayer: Luisa_Mestayer, los Chichos, los Sotela.

El primo de los Verzola, Danilo Zumbado, es persona de muy gratos recuerdos por sus proezas físicas en razón de su tarzánica contextura.

LOS SOTELA, eran : el macho Alfredo, el negro, el sordo Vicente que muchos años después fue cliente del parqueo de los Quesada, y el gordo Roberto, quien era muy querido por su don de gentes y nobles sentimientos y porque fue compañero de Federico en la Escuela Juan Rudín.

Otros que ocuparon la misma casa de Sotela y Espinoza, pero mucho antes, fueron don Enrique Calvo y sus hijos Edgar y Enrique y unas niñas que mamá Zulay Abarca no dejaba venir al patio de los Quesada porque ensuciaban sus trajecitos volados, perdían sus carteritas y se les deshacían los lacitos del cabello. Edgar si venía y guarda en su rostro la cicatriz de un alambre de púas que se enterró en la sien en una mejenga.

En las casas gemelas de doña Anita vivieron antes de los Verzola algunas personas que son recordadas, como Amparo, La Negra Alvarado dadivosa que compartía sus viandas con los empleados municipales y de obras públicas, Rocío, Marciano y posteriormente, los Gurdián.

Al frente de los Quesada, desde la calle central y la primera, vivían Fausto el pulpero, Memo y Mateo Monestel y Julio Zelaya.

Los ARGUEDAS: el odontólogo don Agustín Arguedas, cuyo hijo Carlitos se moría porque lo dejaran ir a jugar al patio. La señora, Olman, Zaida y otra hermana componían la familia

Más al este, los Carvajal Vincenti, el profesor don Ricardo (Farhúk) Cornejo Barrios, los Rodríguez y la Pensión Antillana de la esquina diagonal a la Escuela Marcelino García Flamenco.

LOS CARVAJAL VINCENTI: Don Jaime Carvajal y doña Baby Bebé Vincenti, tuvieron a Jaime, María Eugenia, Jorge, Rodolfo, Elsita, Elenita y José Enrique “Quique”. El taller de muebles de don Jaime era famoso en los Estados Unidos por su carácter artesanal y por su confección de estilos clásicos. Para muchos, era la familia más refinada del barrio.

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Como fueron de los primeros en llevar T.V. al barrio, los Quesada y otros niños acudían a esa casa tan hermosa a ver la tele y de tal palo tal astilla, a veces Quique quería dedicarse al comercio también y cobraba a escondidas la entrada a ver fábulas o vaqueras.

Los Carvajal eran felices en la casa de los Quesada y para ilustrar esa amistad, se cuenta que una vez estaba Jaime con los mayores de los Quesada y mandaron a Maruja a llamarlo, pero también se sumó al grupo que conversaba. Al rato llegó Jorge y también se quedó. Al rato, todos los Carvajal estaban donde los Quesada, pues ninguno se quiso marchar.

“Quique”, es hoy especialista en balística del Organismo de Investigación Judicial, pero de niño, cuando jugaban de vaqueros y todos comenzaban a cantar el nombre del personaje que querían personificar : RoyRoger, KidColt, LoboSilencioso, ElLLaneroSolitario, él corría a decir de seguido : -Y yo soy Plata.- o -Y yo el caballo.

Quique siempre aspiró a rozarse con amigos de mayor edad, es así como uno de sus saludos era : -Tubo. -Deformación del quiubo del habla de los costarricenses. Eso lo decía el infante a jovencillos ya adolescentes, como queriendo formar parte de la barra.

En la propiedad de los Carvajal, vinieron a establecerse posteriormente don Ricardo Cañas y su familia, quienes por muchos años colaboraron con los padres de la Dolorosa en menesteres administrativos del templo. Nadie olvida a la hermosa doña Carmen, mujer especial con dones abundantes.

La casa junto a la de los Carvajal era de doña Pilar Jiménez, familiar de don Ricardo Jiménez y la ocuparon los Cabalceta, Gil Chaverri y el profesor Cornejo.

LOS RODRÍGUEZ : Doña Coralia y su madre y sus hijos Carlitos y Fernando “DeanMartin”, gente de muy buenos modales y estudiantes del Colegio Los Ángeles.

De Carlitos recuerda Yamileth que tocaba la puerta y preguntaba : -Quelo, Quelo, ztá Miguel.

LOS ESPINOZA : El viudo don Antonio cargó con la familia compuesta por sus hijos Flor, Elizabeth, Sonia, Mayela, Antonio (Toño), Patricia, Gina Antonia de Fátima y Flora Clemencia (Polla).

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Vivieron en casas de alquiler de doña Anita, primero junto al Aserradero El Mejor y luego contiguo a la de ella, en la que tuvieron que lidiar con la adolescencia masculina de todo el barrio y de ellas mismas, pues la casa fue sitio de reunión de los muchachos para hacer bailes improvisados. Ahí se dieron a conocer otros personajes de otros barrios como Rodrigo “Curico”, Chito, Gilbert Crespi, Franklin “Panki” Parrales, Enrique Gamboa, Gerardo “McKoy” Martínez:

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Héctor “El Boticario” Rivera Turcios, “Maravilla Pinder”, “Chuvi” y Jesús “Jupa de Lancha”.

Toño, siendo un niño, era el portero de las mejengas de los adolescentes, y respondía con mucha eficiencia y se le apodaba Manga, portero brasileño mundialista.

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LOS FLORES : Jorge, Juan Carlos, Luis Alejandro, Giselle y Laura eran unos niños que llegaron al barrio y se integraron fácilmente porque a pesar de su humildad son gente noble, que respeta la palabra y se esforzaban en los juegos.

Jorge fue contemporáneo de Gerardo en el Liceo de Costa Rica, y una vez, junto con otros dos muchachos, fueron a ver un partido de futbol entre el Liceo y el Liceo Roberto Brenes Mesén. Al llegar a La Sabana, vieron un grupo grande de muchachos del Roberto Brenes comprando copos y Jorge dijo en voz alta : -Juee, se vino todo Hatillo. Un gordo alto y fornido se volvió para decir: -¿Qué es la vara con Hatillo?-. Y de inmediato se trenzaron en una pelea en la que Jorge había tomado ventaja, pues tenía la manía de zancadillear al oponente y montarse sobre él a golpearlo. Del grupo que los rodeó salió un muchacho Paniagua a pegarle a Jorge por la espalda, entonces Gerardo Quesada se metió a separarlo para que Jorge y Hoss, como llamaban al otro, siguieran uno a uno. Paniagua no quiso entender y más bien se cuadró con Gerardo, por lo que se cruzaron algunos golpes y a Gerardo se le hinchó el pómulo derecho. Del grupo, salió otro llamado Tony Cuevas, moreno alto y fibroso, que quería el campo de Paniagua para pegarle a Gerardo, cuando en eso se vio una mancha gris en el horizonte, eran los estudiantes del Liceo que venían para el partido y al ver la pelea corrían hacia el grupo.

Del grupo del Liceo salió José Antonio “Oso” Castrillo Portuguéz, quien no permitía que tocaran a Quesada y ya iba a haber muertos en la gresca. Para Quesada era como un ángel de la guarda El Oso, pues tenía sangre y entrenamiento de boxeador al ser hijo de don Emilio Castrillo “El Campeón Caballero” e hijo de una hermana de Jesús (Tuzo) Portuguéz otra gloria del box ; pero sobre todo, por su corazón justo y valiente; además, el aprecio era recíproco, porque Gerardo heredó de su padre la admiración por Emilio Castrillo. Por suerte intervinieron unos profesores, entre ellos Orozco, de educación física, para separar al grupo. Ya durante el partido, Rigoberto (Frijol) Jiménez Vega, del Liceo y de Hatillo, llamó a Quesada para presentarle a Antonio (Tony) Cuevas y contarle con quién habría tenido el honor de pelear, pero Gerardo, al ver de cerca a Tony, reconoció más bien en manos de quién habría perecido.

Detrás de La Dolorosa, frente al local que ocupó el Colegio El Rosario y luego Escuela Santa Margarita, había un edificio de don Luis González y en él vivieron varias familias que fueron amigas de los Quesada :

LOS THOMPSON LARA: Don Fernando Thompson y doña Aidée Lara, tuvieron a Maggie, Johnny, Marielos, Enrique, los gemelos Ronald y Roxana, y Elizabeth.

LOS MONTES DE OCA GONZÁLEZ: Nora, Roberto (Cheché), Rodrigo (Güirro) y Eugenio Boulanllé.

LOS SWIRGSDE CORDERO: Don Eugenio Swirgsde McKonsalick y doña Luisa Cordero, tuvieron a Iván, Eugenio, Nicolás, Pablo, Tatiana y Dmitri.

El ruso Nicolás, famoso portero de futbol era uno es estos Swirgsde.

Pablo Swirgsde se casó con doña Roxana González y tuvieron varios hijos, entre ellos los gemelos Serguei y Ruslán, que fueron compañeros de secundaria de Raquel Quesada Guzmán, hija de Gerardo, en el Colegio María Inmaculada de Moravia.

LOS LAMICQ QUIRÓS: Don Mario Lamicq y doña Rosa Quirós, tuvieron a Jeannette, Luis Fernando, Maritza, Mario, Evelyn, Alex y Rocío.

Mario fue compañero de Miguel Ángel Quesada y murió en 1968 en el desastre de Choluteca, Honduras.

LOS PORTUGUEZ

Más hacia el norte, al llegar a la avenida diez, había otras familias :

LOS JIMÉNEZ : Gonzalo (Chalo) y el otro, hijos del fotógrafo de la Foto Shop.

LOS SABORÍO VEGA: Don Oscar Saborío Alvarado, tuvo a Oscar Rafael, Hilda, Luis, Rodolfo y Rodrigo.

Hacia el este de la casa de los Quesada, en otras cuadras, había otras familias amigas por razones académicas, como :

LOS PEÑA CEDEÑO: Estos eran 3 hermanos y dos hermanas, que fueron amigos de algunos de nosotros. Personalmente, recuerdo a Carlos y principalmente a Gabriel, con el que me unió más amistad.

LOS STEINVORTH VIVES: Guillermo fue compañero de Gerardo en la Escuela Juan Rudín. Gerardo nunca olvida a la mamá de Guillermo cuando pasaba de la casa para misa, pues era una señora muy elegante y bella.

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LOS ECHEVERRÍA: Julio, quien fue directivo en el BCR; Gerardo, uno de los primeros ministros de la Eucaristía y José Tomás, quien tiene una soda en calle 3, aves 12-14, hijos del famoso don Tomás Echeverría, el dueño del Almacén El Cinco menos.

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LOS ROJAS CERNA : don Ibo Rojas, dueño de un famoso ciclo y luego diplomático, tuvo varios hijos, entre ellos Ibo, que fue compañero de Gerardo en la escuela Juan Rudín:

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LOS MÉNDEZ SOTO : Rodrigo, Marta María, María Felicia,etc………………..

……………………. , eran aficionados a la música y había un intercambio cultural entre ellos y principalmente Federico. Marta María, cuando estaba en segundo año del Colegio Saint Clare, fue una de las primeras novias de Gerardo.

El propio Oscar Méndez Soto nos dice:

Me gustaría ampliar un poco la recopilación realizada por nuestro amigo Gerardo.

Mi familia como lo he compartido vivió en una propiedad ubicada entre calle 3 y 5 avenida 12, es decir 25 metros al oeste de la cantina del Pato Cojo. COMENZANDO, yo Oscar Julio fui el mayor, nacieron en orden de edad Rodrigo, Mario, Marta Maria, Maria Felicia,Elisabeth, Anabel y Geannina. Somos hijos de Oscar Julio Mendez Canales de amado recuerdo y Marta Soto Estrada, mi abuelita Elsa Estrada Poveda, y mas .

Luego agrego les cuento mâs por ahora gracias y feliz martes a la barra querida.

LOS MOTTA Di MARE : Don Domingo Motta vino de Calabria en 1960 y ubicó su vivienda frente a El Pato Cojo, junto a la Cantina la Bohemia de su hermano. El montó una cantina cien metros al oeste, La Alcancía, famosa porque ofrecía tres chiles conguito a quien quisiera masticarlos para hacerse acreedor a invitación de la casa por todo el consumo. Domingo Motta di Mare fue compañero de Gerardo en la Escuela Juan Rudín. Francisco (Franco) Motta Di Mare fue compañero de Gerardo en el Banco de Costa Rica.

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LOS VEGA: Ya en pleno Paseo de los Estudiantes, encontramos Europartes Vega, la empresa de la familia de Rigoberto Chacón Vega, compañero de Gerardo en la escuela y frecuente visitante de la casa.

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Y más allá del Paseo, ya en barrio Luján, estaba la casa de Noé Alfaro Chaves.

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También estaba la casa del famoso requinto de los Vikingos, Narciso E. Sotomayor Carrillo, y al frente Edmundo y Patricia Orúe Rovira y hermanos.

Al oeste de los Quesada, doblando hacia la iglesia y frente al play, vivían los Sáenz: Eduardo, Emilio y Rodolfo.

En calle 2, avenidas 10 y 8 estaban las casas de los Borbón, donde vivía CARLOS ROBERTO BORBÓN RODRÍGUEZ, quien fuera uno de los motociclistas más jóvenes de Costa Rica, pues tenía moto desde los primeros grados escolares. Fue compañero de Gerardo en la Escuela Juan Rudín, estudió en el Colegio Los Ángeles y fue compañero de Luis Felipe en la vida.

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Junto al Almacén Las Olas, vivían los León Camacho y bajando hacia la Estación del Pacífico, en calle central Alfredo Volio, vivían los Obregón, Tía Chemis, María Balazos y los Conde Venegas (Norma, Sonia, Patricia y Enrique), los Retana, el consultorio dental de don Oscar Retana, Sastrería Melzy Feoli, Pastelería Luis Iglesias, la Barbería Morales, Cantina la Roma, Farmacia Hispana y la Joyería Ormex de los Jeréz.

La otra barbería quedaba frente al play, (junto a La Giralda), la de los Reyes, que luego fue sastrería y revistera de segunda mano (si revistera de segunda mano, porque hubo una época de oro en que nosotros nos intercambiábamos revistas con otros jóvenes a la salida del cine y en los centros educativos). En los noventa fue convertida en una confitería y ahora es parte de parque de CoopeAnde. Todavía más al sur, entre avenidas 16 y 18, vivían los Castro.

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También frente al play estaba el bazar de doña Amanda Jeréz Tablada de Noguera Gómez, quien falleció en San Pedro de Montes de Oca el 6 de enero de 1998 a los 99 años. Ahí vivían Ada Luz, Consuelo Noguera, María Auxiliadora y Laura. Además, había un hombrón, casado con Consuelo, que era electricista y cuando visitaba a los Quesada cogía con una sola mano los fusibles de la cuchilla de la cocina, haciendo alarde de su aguante al paso de la corriente eléctrica. Gerardo no olvida que una vez doña Consuelo Mayorga le confesó a ese electricista que él no sabía si le gustaba Auxiliadora o Laura, y el niño no quiso sacar la cabeza de debajo de una silla donde se refugió, apenado.

Quedan muchas familias por describir y con las que se tuvo contacto en algún momento o son referencia por una u otra razón, como:

Allá por El Pato Cojo: los Wedell, los Pravia, los Zallas, Jorge Ramírez y familia, el Taller de los Vindas, los Rojas, los Jarquín, los Carazo, Arend Van der Blieck y familia:

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y familia, Víctor Ramírez Garay, Víctor Eduardo Garnier Monge, éstos dos últimos vivían en casas vecinas; Echeverría, Pablo Rey y familia, Odor, Guardia Artavia, Carmen Obregón (ya en avenida 14). Y siguiendo más al este, hacia Los Mercaditos, vivían los gemelos Pérez, “Yan” González con su taller de motos y su hijo Rafael Ángel, la cantina de los gemelos Blando (Uno de ellos Arnaldo): El Castillo, el Teatro Castro y la Central Heladera. Y mucho más lejos, la casa de Jimmy Laín Villar. En la foto, Manuel Enrique Pérez Araya, el gemelo..

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Allá por La Porfirio Brenes, los Pinajel, los Rescia, Ruilova, Viruta Vargas, y otro amigo que vivía por Los lavaderos, un lugar que merece comentario.

Allá por el Bar Julieta: los Penón, los Espinach, Puig, Marta Belgrey,

Allá por la Soda Curling: los Pandolfo, los Oreamuno, los Rojas, Rescia, Pinajel, Atilio Torres y Jaimito,

Al lado del play de La Dolorosa: los Van der Hanz, que vivían sobre el taller de Radio Taxi, los Láscares (Marcial), los Silva (José), los Segura.

Allá por El Mosquero: la familia de Rubén Canet, que ahora tiene un ciclo en Tibás, los Echandi, Carlos Sáenz y familia (entre ellos mi excompañero y amigo Melvin Sáenz Biolley) junto con el venerable educador suizo don Pablo Biolley Constantine.

Y un poco más lejos la familia de Olman Mora, el Oso Castrillo, Rafael Hernández Arias, y un montón de amigos en Los Ángeles y Cristo Rey, que son otros barrios.

Allá por La Estrellita: Federico Coto Gaucherán (LeBreton), Elizabeth Stevens en la esquina San Bosco, los Soto y las hermanitas Aguilar, empezando por Estrellita, al frente de la cual estaba la casa de Claudio Amador González.

Allá por la Clínica Bíblica: Pujol, Tina Sobalbarro, Rafael Blando y familia, Gilbert Crespi y familia, Jorge Marco “Kiko” Palma, El Indio, Armijo, Roberto Ortiz, Luis Eugenio Martínez Jiménez y familia, Piquín y su hijo Valo, al frente de Luis Eugenio, vivieron un tiempo las hermanas Pacheco y también Guillermo Cilindrada.

Por la Carit, tenemos a Mayela Castillo, al costado norte de La Garantía y a otra amiga que cuando la conocí me dijo: -vivo en una casa en que hay un perro, un mono y una lora… ¡y yo recordé dónde había visto eso¡., claro, un taller de zapatería.

A la vuelta estaba una familia Mayorga.

También vivían al costado este de la estación al Pacífico los primos de los Mayorga Moya: Marta Graciela, Pepe y otros.

En la callecilla por donde sale el tren hacia el este, vivieron las hermanas Pacheco. Por ahí vivía Waddy Madrigal.

También más al sur había muchas familias conocidas como los Sáenz Zumbado y los Madrigal en San Cayetano, los Ulloa Orúe.

Cerca de nuestra casa: Kalinowsky, Bruce, Lotuffo, Fausto Solís, Gino Morelli, Daniel Ferreto, y muy al norte, frente al Colegio Superior de Señoritas, vivían los Pastora.

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Vea 20 fotos más de los lugares en que vivían estas familias en:

http://community.webshots.com/user/oboquesada

Había otros personajes que eran comentados en las reuniones, pues cualquier frase o pose graciosa era inmortalizada por los Quesada :

OTONIEL CARVAJAL: Un campesino amigo de don Rafael que conversaba con los niños y siempre se quejaba de la escuela : -Hombré, ¿quién habrá inventado la escuela?. ¿Para qué habrán inventado esa cochinada ?, ¡ahorcado debería morir ese condenado.¡ Siempre perdía el curso, y al año siguiente se colaba en la fila de segundo grado, por lo que llegaba el director de la escuela, lo sacaba de la fila y le decía: -Otoniel, pase a primer grado.

JOSÉ MANUEL: Todos los doce de octubre, el personal y alumnos de la Escuela Juan Rudín visitaban el Hospicio de Huérfanos en Aranjuez, para obsequiar regalos a los niños y amenizar un desfile de entretenimiento. Entre esos huérfanos, se encontraba José Manuel, quien fue conocido por don Rafael en alguna ocasión y a partir de ese momento nació una amistad duradera.

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Al alcanzar la mayoría de edad física, José Manuel salió del Hospicio, por lo que visitaba la Escuela y el hogar de don Rafael, siempre con su lamento de no haber podido estudiar en la Juan Rudín. Todavía en 1997 se le podía ver, bien vestido, en el pretil del jardín del Banco Central, cómodamente sentado.

CARLOS ESQUIVEL : Muchacho que llegó a la casa en los años cincuenta para que Rafael Arturo Quesada, quien había viajado a Estados Unidos como primer becado de la American Field Service le diera referencias del viaje. Fue animado para que se marchara. Cuando regresó, visitó la casa de nuevo y ya no se llamaba Esquivel sino Esquivol y se le olvidaban las palabras por el dejo americano que había adquirido en sus meses de estadía. El colmo fue cuando se acercó a una jaula preguntado : ¿Cómo llamarse el animalito este ?, ay, jueputa lora me picó.

LAS MUCHACHAS: Se trata de Berna, Luz María, Juanita, Claudia, Fidelina, Teodorita y Ana Julieta, hijas de don Calazancio Miranda y su esposa doña Ana de Filadelfia, Guanacaste. Además, un hermano llamado Jesús. Ellas vivían en Barrio La Cruz, y todos los 1º de enero eran visitadas por los Quesada, visita que duraba todo el día. Ellas son parientes del Doctor en idioma español Humberto Miranda, quien fue casado con la Tía Rosa Quesada Quesada, hermana de don Rafael. Además, Claudia, junto con el Doctor en Farmacia Alfredo Miranda Quesada, es la madrina de bautizo de José Alberto Quesada Mayorga.

LOS VARGAS VINDAS: Don Raúl (Rábano) Vargas y doña Digna Vindas, fueron los vecinos oeste de la casa en Sabanilla de Montes de Oca. Los hijos : Lilliam, Ligia, Jorge, Yolanda, Raulito y Guido. Rábano era el dueño de la línea de buses de Sabanilla y luego se fueron a vivir frente al parque de Sabanilla, junto al garaje de los buses.

ARABELA: Era la señora que ponía inyecciones a la familia. Era grosera y chavacana para hacer su trabajo. Luis siempre se juraba que algún día le pondría él una inyección a ella, como para hacerse de paciencia y aguantar su maltrato atenido a una futura venganza.

DONA ÁNGELA: La partera de los Quesada, vivía cerca de la farmacia Calzada en Barrio México. Ella entraba con una valija y Luis y Yami se decían : -Ahí viene el bebé, dentro de esa maleta. Al rato salía ella cargando un bebé nuevo. De los diez Quesada, solo Hermelinda nació en la Clínica Bíblica, el resto, en la propia casa, de manos de dona Ángela.

Falta por describir:

LOS PRADO:

MARIÁNGELA :

FERNANDO ROLDÁN :

MACHO GRANADOS :

WILFRIED JAFET MORA MORA :

ÁNGEL BONICHE BONICHE :

CARLOS PACHECO FONSECA:

LA VECINDAD : 1960-1967

El patio era suficiente… ¡más que suficiente!; pero aún así, obviamente, tenía minimizados los, para mí, más importantes lugares del Barrio La Dolorosa. Ya por ser casas de habitación de mis compañeros de juego o ya por ser los locales de mayor visita por el servicio que prestaban.

Es así como viene a la mente, al abrir la puerta de mi casa, el portón amarillo del Taller de los Carvajal, taller que dejó honda huella en mi ser desde el momento en que alguien me contó, aún no sé si fue verdad, que allí se hicieron muchos muebles de la Casa Blanca : algunos para el presidente Kennedy y otros para L.B. Johnson. Desde ese momento, para mí los muebles de don Jaime Carvajal eran los mejores del mundo. Recuerdo esa linda casa, de puertas muy altas, pisos relucientes, olor a limpio y estricto orden; dos bellas salas de estar, el “estudio” de don Jaime, la puerta trasera, que comunicaba ese escrupuloso estudio con el taller, el cuarto de televisión, el comedor cercano a la cocina, en donde reiteradas veces asistimos a las fiestas de cumpleaños de algunos muñecos de Elenita, quien con sus ahorros, lograba repartir tres jaleitas, una caja de helados, dos confites y algo más, entre diez o doce invitados.

No olvido tampoco el respeto que me inspiraban Jorge y Jaime, los hermanos mayores, por sus continuos viajes a los Estados Unidos, algo sumamente lejano de las posibilidades de cualquier otra familia de la vecindad.

Así, también recuerdo el misterio que eran para mí las siempre cerradas casas desde don Agustín Arguedas, el dentista, hasta la pulpería de Fausto. Nunca conocí ni vi a alguien entrar o salir de ellas. Aún ahora permanezco ayuno de esa información. Por mi mamá, sé que en una de ellas vivía Memo Monestel. El imperativo de que no había niños en ninguna de las tres, le restó siempre interés de conocerlas. Siempre imaginé ancianos sucios y mal humorados, prestos a despreciar a quien osara golpear los portones de sus fortalezas.

Y qué decir del bello corredor de la casa antigua de “Carlitos el de la esquina”. Siempre verde y floreado. Mas solo eso puedo decir, pues, que recuerde, nunca puse un pie dentro de la casona. Sé que algo bueno me perdí.

En nuestra acera, la casa más importante de mi infancia, fue la de los Verzola. Me subyugaba saber que dos casas se comunicaban internamente, y que su distribución, era como ver el reflejo en un espejo: la casa de don Cayetano y la de doña Anita, la dulce maestra de catecismo. Muy clara, siempre pintada de gris muy suave, con su tragaluz compartido y los cuartos “en fila”, un patio largo y estrecho… ¡pero tenía una bodega-gallinero al fondo !. Y eso era el mayor atractivo: ir a buscar cualquier cosa en esa oscura, a pesar de grande, bodega. Era una de mis aventuras favoritas.

Luego estaba la casa de las Espinoza. De ellas solo supe que vivían con un señor alegre, licenciado, y como eran muchas chicas, morenas y bulliciosas, les hice la cruz para no enfrentar mi timidez.

En la misma esquina, de tablones verde claro, en la intersección de avenida doce con calle uno, frente a la Escuela Marcelino García Flamenco, se ubicaba el atrayente Aserradero el Mejor, interminable local para mí, que al promediar los años setenta, se convertiría, junto con las casas de los Espinoza y los Verzola en el Registro Público y luego Ministerio de Justicia.

Arriba mencioné la pulpería de Fausto. Además de pulpería fue el primer “antro de perdición” de los jóvenes de la vecindad, pues tenía una rockola, un pinball y varios futbolines, atracciones sumamente fuertes para evitarlas. Fue así como se encontró allí la Barra de La Dolorosa: Chepe Alvarado, los Thompson, el gordo Sotela, Enrique Saborío, Carlos Verzola, Calixto, Carlos Cárdenas, etc, amén del jefe Tio’ba, Miguel Angel Quesada Mayorga.

Muchos dolores de cabeza dio a los padres de familia ese local, pues enseñó vicios a los jóvenes de entonces, entre esos, fumar y trasnochar.

Al frente de esa pulpería, el Almacén Las Olas, luego El Mar y ahora otro feo edificio moderno que alberga oficinas y locales comerciales. Es exactamente la esquina sur este del cruce de la avenida doce con la calle central, diagonal al play de la Dolorosa. Sé que este play representó algo de mucha importancia para muchos habitantes de mi barrio, pero mayúsculo interés significa para todos, recordar el patio de los Quesada. Así, el play se convierte en un simple punto de referencia.

El Alfonso XIII, restaurante de mucha clientela por aquellos días, representó un lugar de concurrencia de los jóvenes en mi niñez : Luis Felipe, Miguel Ángel, Rodrigo (Güirro) Montes de Oca, Roberto (Che-Ché) Montes de Oca, Jorge Arturo Mayorga y muchos otros, no iban a sus casas sin antes degustar un sabroso casado donde Guillermo (Memo) Sánchez Chaves, propietario del lugar.

Y los cuatro principales edificios de la vecindad, lo eran: el Cine Capitolio, testigo de tantas travesuras juveniles y primer cine que muchos visitamos de la mano de nuestros mayores; la Clínica Bíblica, mucho más importante en estos días; la Escuela García Flamenco, donde cursaron seis años la gran mayoría de las niñas del barrio, incluida doña Consuelo; la Iglesia La Dolorosa, cuyo campanario fue lugar preferido de los ya desaparecidos zonchos o zopilotes, templo donde obligaron a los tres Verzola, Narcizo, Cayetano y Alejandro, cumplir como monaguillos (me emocionaba saber que mis amigos hacían sonar tan enormes campanas), lugar de “la misa de doce”, la de los jóvenes, de donde nacieron muchos romances que a la postre, y en la misma Iglesia, se convirtieron en matrimonios, hoy con hijos (tal vez nietos) que con frecuencia la visitan para enseñar a la descendencia la bella iglesia del barrio, donde los padres Villalán, Francisco Menéndez Francos (1913-1979) y el inolvidable padre Ángel, “el enamorado de Marisa” (María Isabel Acuña), impartían, domingo a domingo, el culto, amén del rosario diario a las siete de la noche.

Porque ese era el barrio. Ya los Bomberos (Estación Central), a solo 100 metros del templo católico, para nosotros pertenecía a otro mundo, estaba fuera de nuestros límites.

Esos eran los metros cuadrados de acción conocidos, pero no frecuentados, ya que de siete de la mañana a siete de la noche, permanecíamos en fábula eterna, en el lugar de fantasía que significaba el patio de la casa vieja, el patio de los Quesada.

JOSÉ ALBERTO QUESADA MAYORGA

Capítulo 2.

LA CASA DE LOS QUESADA entre 1950 y 1970

Calles Central y Primera, Avenida 12, Barrio La Dolorosa

Aquì va un croquis con todos los datos y detalles de la propiedad, solo que lo perdí. G.

Capítulo 3.

LA CASA DE LOS QUESADA MAYORGA

Se puede oír desde la calle y de algunas de las casas del vecindario, los acordes de un piano o de una guitarra que acompaña la melodiosa voz de un estudiante de los que siempre han visitado la casa de don Rafael, la casa de los Quesada Mayorga.

La música fluye por doquier en esta vieja casona construida allá por los años setenta y ochenta del siglo anterior. Es ésta la casa del Maestro, donde se respira mucha paz y alegría, enmarcados en un ámbito artístico, musical.

Su sala de estudio, con sus paredes forradas de estantes y bibliotecas atestadas de libros, es visitada por jóvenes de ambos sexos, quienes buscan un dato, una enseñanza, el conocimiento. Un piano vertical acompaña los estantes, compañero de otro, vertical también, que se encuentra más allá, en otra habitación.

Pero el del Maestro, Su Majestad El Pleyel negro de cola, adorna con su magnífica figura y excelente sonido, el hall de la casa en donde ocupa un lugar privilegiado y descansa sobre sus gruesas y torneadas patas, posadas sobre un mosaico de tonos grises y verdes con ribetes marrones, cuya unión de cada cuatro, forma artísticamente una floritura delineada en suaves y delicados tonos de color marfil.

Imagen muy parecida a la del piano que teníamos.

Los vidrios de setenta y dos ventanas que rodean aquel hall, vibran con las altas notas salidas bellamente de la garganta de algún tenor, quien con educada voz canta Granada, Siboney y otras melodías del Belle Canto, acompañado en el piano por el Maestro Quesada, en la casa de los Quesada Mayorga.

Mosaico de la sala de música.

El hogar Quesada Mayorga está formado por el Sr. Rafael Quesada Quesada, la Sra. Consuelo Mayorga Matus, y sus muchos hijos, y su característica muy especial es que en él ha reinado siempre, en todos los aspectos, la armonía.

Luis Felipe Quesada Mayorga

HOMENAJE A :

Rafael Quesada Quesada, 07-2-1912/ 24-6-1974 y Consuelo Mayorga Matus, 14-1-1914/ 24-12-1996

LA CASA

EL HOGAR QUESADA MAYORGA

1945

La noche transcurría plácidamente en el hogar Quesada Mayorga. Era silenciosa y tranquila como todas las noches en este hogar, formando por don Rafael Quesada y doña Consuelo Mayorga . Ellos dos y sus hijos acostumbraban entregarse al descanso desde horas tempraneras.

El pequeño Luis, el menor de los tres hijos varones de este matrimonio, dormía junto a sus hermanos en un cuarto grande, contiguo al de sus progenitores. Las tres camas no alcanzaban a cubrir la mitad de la totalidad de aquel cuarto que un día, muchos años después, no bastaría para albergar las camas de otros hermanos, que al paso de esos años, fueron arribando a este dichoso hogar.

Todas las noches, casi inmediatamente después de esfumarse el sol, acompañaba don Rafael a sus hijos a la cama, donde gustaba destenderles las camas y arreglarles las cobijas, ayudarles con las pijamas y desamarrar nudos intrincados de zapatos embarrialados.

Luego, devotamente, rezaba con ellos un Padre Nuestro y una Ave María para después, sentado en alguna de las camas, encender un pequeño radio en el que sintonizaba un partido de futbol o un programilla muy jocoso llamado “La Charla”.

Ahí se mantenía acompañándolos hasta que los tres chiquillos se durmieran, para no retirarse sin arroparlos una vez más y estampar un beso lleno de amor en sus pequeñas, despeinadas e inocentes cabecitas.

La fantasía y sobretodo la alegría formaban parte de sus pequeños seres y los temores estaban desterrados de sus vidas, que transcurrían al igual que sus sueños, plácidamente.

El estímulo, la estima y la motivación se constituían en el pan de todos los días, que los jóvenes esposos Quesada Mayorga prodigaban a sus hijos en forma generosa, sin escatimar nunca una sonrisa o un gesto de aprobación.

Cuando algunas veces don Rafael, después de participar en un acto cívico o una asamblea en algún centro educativo llegaba a casa después de oscurecer y encontraba a sus hijos ya dormidos, seguidamente después del beso de las buenas noches, colgaba de una percha, que había instalado en el cuarto grande, su abrigo, que generalmente era una gabardina. Era de color café claro y su nombre se lo debía a la fina tela con que estaba confeccionada.

Horas más tarde, en algún momento de la noche, si cualquiera de los niños se despertaba y como se habían dormido esperándolo, lo primero que hacía era dirigir su mirada hacia donde estaba la percha y si la gabardina se encontraba ahí colgada, despertaba a los demás y juntos, registraban las bolsas de la prenda, en las que su padre había depositado para tal efecto regular variedad de artículos, de esos que se convierten en gemas en las manos de un niños. De aquel cuerno de la abundancia salían tubitos de pastillas con sabor a violeta, a naranja, a menta ; chocolates milán envueltos en su tradicional papel color plateado y oro, otros alargados cuyo papel luminoso presenta franjas longitudinales de color azul y rojo, los llamados comúnmente caramelos, muy bien envueltos y cuadraditos con su sabor a leche condensada, corazoncitos en sus plateados envoltorios, algunos cuyos celofanes dorados, azules, verdes y rojos, eran extendidos por el pequeño Luis y guardados bajo la almohada por años ; tizas de todos los colores y tamaños, barritas también de colores, de plasticina ; bolinchas de vidrio, …

El disfrute de aquellos niños era grande como lo era también la emoción experimentada, al ir sacando toda aquella gama de sorpresas de los bolsillos de la gabardina mágica de aquel hombre, que era el dueño de todas las maravillas que ocurrían en aquella casa.

LA CASA VIEJA

1965-1975

¡Qué rancho aquél !.

Llegó a albergar a veintiún personas (1973). Era enorme. Maltrecha, rota, sucia, pero la más bella del mundo.

Los diez hijos nacimos en ella (nueve, literalmente), y yo, que fui quien menos la disfrutó por ser el menor, viví en ella diecinueve años, hasta el cuatro de diciembre de mil novecientos setenta y tres, fecha en que nos mudamos para calle veinte norte.

Tenía una puerta de doble hoja, alta, con una grada que permitía sentarse para ver pasar carros como los “col’epatos” de finales de los cincuenta y principios de los sesenta, que eran nuestros preferidos.

Al traspasar la puerta, se caminaba por mosaicos amarillos bordados por rojos, que constituían el zaguán. A sus costados, cuatro grandes cuartos cumplieron varios cometidos, a cual más importante : estudio-sala, “de estar”, de música, dormitorios. Y se recuerda con pesar la ocasión en que “se metieron los ladrones”, ya que de allí no pasaron ; bolsearon a Paco y Rafa (gracias a Dios dormidos), se robaron la gran muñeca de la sala y el radio recién adquirido por Rafael, que estaba en una mesita del hall.

El hall era un salón grande, altísimo, con vidrios en lo alto y grandes ventanas que daban a “la vueltilla”, guardaba el tesoro más grande que tuvimos y que dejamos ir estúpidamente, por negligencia : el piano de cola. Un Pleyel original, deseado por cuantos músicos lo conocieron, incluido Car‘ePapa. No se me olvida que sobre él, en los últimos años hacíamos el portal, para diciembre. ¡Qué bien cabía !, a pesar de sus grandes figuras.

Tenía dos puertas el hall, una que daba a la barraca de los vagos (el cuarto grande) y la que permitía pasar al corredor, eso sí, bajando aquella alta grada, y continuar “para dentro”. Este corredor, que alguna vez fue el del frente de la casa, ya que hall, zaguán y cuartos eran “nuevos”, daba al patiecito, que muy lleno de vegetación, llenaba de luz la casa de Rosa (que después fue de Rafa) y el cuarto de Linda, segundo de la derecha en el zaguán. Además, de poste a poste (tenía tres) había alambres que utilizaba mami para guindar ropa en invierno. Ello nunca fue obstáculo para armar unas mejengas buenísimas, jugar jupas o monos en la alta grada.

Daba a este corredor de mosaico verde una puerta que abría muy pocas veces : la del cuarto de papi y mami. Tenía un detalle que siempre me gustó tanto que es lo primero que asaltó mi mente al recordar ese dormitorio : su perilla blanca, impecablemente blanca.

Del corredor a la cocina, había una puerta fea y gruesísima que permanecía siempre abierta detrás de la cual mami guardaba la escoba, el palo de piso, el betún para los zapatos, etc.

Entrando encontramos “el aplanchador” y la lavadora. Entre ambos, la puerta rota del baño ; un baño largo, de piso amarillo, difícilmente limpio, con una gran tina colocada sobre una mesita verde cuyas patas eran dos elefantes, una taza manchada, papel periódico colgado de un clavo y una aspersión hecha por papi (un tarro de avena con huecos de clavo. ¡Ah !, una repisita para el jabón y otras cosas (porque no era pequeña), una ventanita al patio y una silla para encaramarse para secarse, desvestirse y vestirse.

Y ahí, inmediatamente después de la lavadora Easy, estaban la cocina y el comedor, un gran salón de piso verde que aguantaba los siguientes muebles : trinchante , aparador y juego de comedor mesa desplegable de diez sillas, todo de caoba, cocina de 220 voltios y un sofá. Era el lugar favorito de estar; en él estaba mami, que era el centro, el motor de la vieja casa, y ello era suficiente para que todos pasáramos la mayor parte del tiempo ahí. Al promediar los sesenta, cuando Yami compró el T.V., se hizo aún mayor el motivo para estar allí, ya que sobre el aparador se colocó el chunche.

Más o menos a la mitad de la parte del oeste estaba la puerta amarilla que daba al patio ; por cierto, que siempre me preocupó que sólo tuviera un picaporte, que no cuadraba bien, para trancarlo en la noche. A veces me costaba dormir pensando en el fácil acceso para los ladrones.

En la misma ubicación de esta puerta, pero en la pared este, estaba la puerta rosada que conducía al “cuarto del piano”. Estaba allí aquella librera de fondo de tela, plagada de libros (casi todos de música), cuadernos y chunches, en su mayoría de papi. Además, por supuesto, el piano vertical, un escritorio verde, el radio amarillo en que escuchábamos con papi La Charla, Los Tres Villalobos, El Príncipe Leopardo, etc. En los últimos años (70-73), y por la aglomeración, pasó a ser dormitorio de Fede, Gerar y yo. Tenía comunicación con el de las chiquitas y con el de papi y mami.

El cuarto de las chiquitas era un lindo cuartito de piso de reglilla, un gran closet, dos ventanitas pequeñas arriba y una grande “al cerco”. Es imposible no recordar los días de lluvia, pues me fascinaba ver llover desde esa ventana ; es una imagen que jamás podré borrar : “el charco” allá por el aguacate, el cielo oscuro, los árboles mojados goteando copiosamente, esos colores verdes… ¡imborrable !. Además, que Quelo nos llevaba a Gerar y a mi a esa ventana para leernos Matonkikí, Medio Pollo, y otros cuentos en los días de lluvia. Era nuestra entretención favorita cuando no podíamos ir al patio. Este cuarto tenía puerta, pero para entrar al de papi y mami había una cortina.

A pesar de que la pared no llegaba hasta arriba, el dormitorio de nuestros padres era sumamente oscuro. Era el favorito para esconderse cuando jugábamos dentro de la casa. El mobiliario lo formaban las camas gemelas, el baúl, la cómoda y un ropero grandote. Tenía paredes amarillas, de una especie de cartón durísimo, en las cuales, alguna noche, Yami nos había dibujado a lápiz, usando la sombra proyectada por un bombillo colgante, a Gerar, Fede y a mi.

Y de este cuarto, pasando aquella gruesa y dura puerta roja (café maduro) llegamos a la barraca de los vagos, el cuarto grande, donde por años estuvieron las camas de Luis, Miguel, Fede, Gerar y yo. ¡Qué de historias guardaba ese recinto ! Ahí dormían también, cuando nos visitaban, Carlitos Mora y Jorge Arturo, este último a cada rato. Piso de tablones anchos y opacos, paredes celestes y una ventana al corredor, una puerta al hall, otra a “la vueltilla” ) la puerta de la casa de Simón, con ventanita verde), dos ventanas al patio y una repisa amarilla en su pared norte que sirvió de botiquín. Esa puerta verde “de Simón” sirvió a papi, cuando no estaba el taller de Harys, para introducir los pianos a la casa. Ya en mi niñez, estaba clausurada : arrecostada a ella la cama de Luis, y además amarrada, pues no tenía ni bisagras ni cerrojos. Un detalle sumamente curioso fue el que me recordó Luis sobre la cañería : el tubo galvanizado salía del medidor en la acera, pasaba debajo de los cuartos de afuera, salía por “la vueltilla” y rodeaba, haciendo exactamente la forma de la casa, todo el rancho, hasta llegar a la pila. Un único alto tenía : “el tubillo”, muy cerca de la puerta de salida al patio. Existe una foto donde puede apreciarse perfectamente mucho de este largo recorrido. Y viene a mi mente cuando nos metíamos debajo del piso a jugar; había que levantar ese tubo o pegarlo a la tierra para poder pasar. Y esto me lleva a reflexionar porqué sí podíamos meternos debajo de los pisos de los cuartos que daban afuera (a la par de Harys), siendo un espacio muy alto y despejado y no bajo los cuartos de las chiquitas y el piano, como muy bien acotó Gerar cuando hablamos al respecto. Y más aun, teniendo en mente las historias a la fecha no confirmada, pero gran verdad en aquella época, de que en alguna tarde, los mayores comenzaban a llamar al diablo gritando debajo del cuarto de las chiquitas, y recibieron por respuesta un grito fuerte y seco que los hizo correr despavoridos al interior de la casa. En esos momentos, el edificio brindaba una protección y una seguridad insospechadas.

Algo curioso nos hace reír ahora, pero nos llenaba de zozobra cuando vivíamos allí. Y es curioso por cuanto la ubicación de la casa en la manzana hacía imposible que algún amigo de lo ajeno pretendiera meterse por el patio. De ahí que la única vez que lo hicieron fue por el frente, según relato arriba. Pero, y he aquí el dato, la mayoría teníamos siempre la idea del peligro de ladrones. Llegar la noche y asaltarnos el pensamiento de visitas indeseables. Es así como Gera, en noches de arrebato, daba misa, discursos o serenatas a los ladrones desde la ventana sur de la barraca. Una vez, al llegar tarde a casa, Luis percibió los suaves sonidos de palitos al quebrarse durante aquella fogata que había reavivado cuando todos creíamos apagada, lo primero que pensó fue en pasos de alguien que venía hacia la casa. Yo mismo tenía dificultades para dormirme algunas noches, pensando en las puertas y ventanas sin cerrojos ni picaportes, que eran todas, pues era evidente que facilitarían tanto el camino a los cacos. Tal vez, el ver aquel cerco desde las ventanas nos daba la idea de algo interminable, de colindancia con otro igual a lo mejor, de final de tiempo y espacio,… de único.

JOSÉ ALBERTO QUESADA MAYORGA

EL PATIO

LA CERCA

Jiu-ji-Jiuuu cruzó por los aires un silbido proveniente del costado sur del patio de mi casa ; en él se encuentra una cerca que limita nuestro patio por ese lado y está hecha de alambre de púas, con seis o siete hilos y de una larga faja de cedazo, en su parte inferior. En ella alternan árboles, en donde se había pegado la misma, sembrados más o menos cada cuatro metros de manera que hay un poró aquí, un chicasquil más allá, luego un uruca y poco más allá otro poró, y un damas hacia final ; además, se encuentra cubierta totalmente por ese arbusto de flores rojas y acampanadas que tanto gustan de visitar los colibríes, llamada amapola.

A menudo recuerdo con la misma alegría de entonces, aunque alguien haya dicho que nada que suceda después iguala la intensidad de la primera vez, cómo nos dejábamos caer desde lo alto de esta mencionada cerca, colgados de los largos varejones que forman las ramas de la amapola. Gozábamos muchísimo bajando así colgados, pues esas ramas no nos dejaban caer bruscamente, porque al unir varias de ellas, se convertían en un resistente bejuco por medio del cual bajábamos lenta y deliciosamente por los aires haciéndonos vivir esa experiencia tan agradable que nosotros disfrutábamos tanto. Me parece vernos a todos subidos y agarrados de las ramas más largas, uno al lado del otro, sonrientes y sobre todo felices y emocionados, dispuestos a saltar y ser catapultados en medio de gritos y risas que no cesaban sino en el momento que empleábamos en volver a trepar.

No había día al hacer esto, que no fuéramos ortigados por algún gusano de esos verdes y peludos que se encuentran siempre en los arbustos y las hojas de los árboles. También por alguno de los que tienen cuatro cachitos, que ortigan dolorosamente a pesar de ser pequeños. Son verdes y tienen dos de estos cachitos en cada extremo de su cuerpo, una franja de color café los atraviesa transversalmente por su medio ; le dejan a uno tremenda roncha por largo rato.

Siempre en la misma cerca, el juego cambiaba y en estas ocasiones nos proponíamos atravesarla ; es decir, recorrerla de principio a fin, o sea, longitudinalmente. Lo sentíamos como toda una aventura pues para poder hacerlo debíamos caminar por lo más alto de la misma, sobre el último hilo de alambre, paso a paso, sosteniéndonos de aquellas largas ramas de la amapola que, como dije antes, son muy flexibles. Así, de esa manera, uno detrás de otro, avanzábamos de trecho en trecho, dándonos un respiro cada vez que llegábamos a uno de esos árboles de los que está salpicada.

Era muy divertido para todos hacer esta clase de competencias, especialmente porque caían varios y gozábamos mucho oírlos caer entre gritos y carcajadas de todos los demás y ellos mismos que, dando gritos también, caían haciendo el bullicio que esto conlleva al doblar y algunas veces quebrar, algunas ramas de aquella planta, que cedían al peso del que caía echando garra de lo que se pusiera por delante. Nadie se hacía daño al caer por lo que de inmediato volvía a subir y seguía intentando atravezar la tan nombrada cerca. Sobra decir que aunque lo practicábamos con frecuencia, siempre caía alguno propiciando así que se armara aquella gritería.

En realidad, estas competencias que llevábamos a cabo, que por cierto eran muy variadas, no representaban para ninguno de los que tomábamos parte, el sabor ni el sentido de la victoria. En este caso específico el llegar de primero no significaba para nosotros mayor cosa ; en realidad lo importante consistía en recorrerla y poder llegar al otro extremo y aún cuando sucedía así no representaba triunfo alguno ni mucho menos. Pero la verdadera importancia de todo tipo de juegos y competencias que realizábamos es que nos proporcionaba aquella algarabía de risas y gritos, haciéndonos pasar horas enteras en un puro alboroto en el que todos disfrutábamos montones y de una manera sana y divertida en medio de una gran gozadera.

LUIS FELIPE QUESADA MAYORGA.

EL GALLINERO

Recuerdo muy bien y no sin nostalgia que algunas veces me subía de alguna manera y pasaba sobre una empalizada que habían mandado construir en una época ya no muy cercana en nuestro patio. Esta empalizada fue construida con cañas de bambú, gruesas y altas y partidas por su mitad a todo lo largo, y todas unidas en su base, en su medio y en su parte más alta a un enreglado. Todas estas cañas fueron traídas una tarde, en la mañana de mi vida, en un gran camión en el que venían también unas jaulas hechas de madera cargadas con gallinas y un hermoso gallo con pintas grises. Todo, cañas y jaulas, fue descargado y entrado a la casa por un portón que tenía la misma hacia un lado, al igual que muchas casas del San José de antaño. Por medio de estos portones de entrada se tenía acceso al interior de las casas de aquella época, de manera que por ahí se introducía la leña y otros menesteres sin pasar por dentro de ellas. Ingresaban el pan, la leche, el queso, la miel y se sacaba la basura y se usaba como vía de paso de la servidumbre.

Al día siguiente, llegaron los hombres y levantaron con las cañas el encierro que cercó aproximadamente tres cuartas partes de aquel pequeño cafetal ubicado en el corazón de la capital. Recuerdo que se les dio algo de comer al terminar el trabajo y luego salieron por el citado portón, que era de madera y al estilo de los portones que se usa en los establos, para trasladarse a la hacienda de café de donde habían venido trayendo las cañas de bambú y las aves de corral.

Decía arriba que recuerdo que algunas veces saltaba la empalizada y una vez dentro del cerco, lo cual lograba en ocasiones deslizándome por el tronco de algún árbol o dejándome caer desde lo alto en otras, me disponía a recorrer todo aquel terreno sembrado de café y plátanos, guineos y bananos, y en el que, entre otras cosas, había también algunas matas de maíz y caña dulce, con el fin de “inspeccionar” y contar las nuevas inquilinas. Imagino que en aquel recorrido empleaba horas enteras, he imagino bien, porque además de tener todo el tiempo del mundo, había un sinnúmero de cosas que, conociéndome ahora como soy, absorberían toda mi atención. Una lagartija huidiza que con movimientos nerviosos subía por el tronco de un viejo árbol que había sido abrazado por una frondosa chayotera, algún pajarito recién nacido y caído de su nido y el desasosiego de su “aflijida” madre revoloteando en derredor suyo, unos come maíz disputando ardorosamente amores en una hojarasca ; podrían ser también las avispas “guitarreras” entrando y saliendo de un panal construido en lo alto de un palo de muñeco o un desfile de hormigas que, jalando hojas y pedacitos de pétalos y formadas en larguísima hilera, atravesaban los lomillos y tanques del pequeño cafetal hasta llegar al final del recorrido, al agujero por el que se introducían sabrá Dios hasta qué profundidad en la tierra.

Y así, entre un capullo aquí y un gato agazapado allá tratando de cazar un gorrión incauto que picoteaba en el suelo, llegaba al fin al gallinero propiamente dicho, es decir, a la casetilla de madera con reglas en lo alto para que duerman ahí las plumíferas, lo cual realizaban ellas subiendo por una escalera cuyos peldaños estaban unidos a un solo travesaño. En la parte de abajo, llenos de paja y con algunos huevos de madera pintados de blanco, se encontraban los nidos acondicionados en unas cajas y situados como a un metro de altura sobre unas burras con tablas que estaban distribuidas a lo largo de los costados de la casetilla.

El gallinero en cuestión se encontraba al final del patio, construido en el punto de unión de dos altas tapias de piedra, antiguas y bruscas, que lo protegían de la lluvia y el viento y le daban abrigo a las aves.

De tantos árboles existentes en aquella propiedad, frutales, ornamentales y algunos que no sabía para que servían, hubo necesidad de botar uno bastante frondoso para despejar un poco el lugar donde se construiría.

Desde buena mañana habían regresado aquellos hombres campesinos. Aquello prometía ser todo un acontecimiento en el que estuvieron todos los chiquillos del barrio presentes. Se procedió primero a arrancar algunas matas de café y uno o dos güitites de no mucha altura, después de lo cual uno de aquellos hombres descalzos, se subió al árbol con una cuerda gruesa arrollada sobre el hombro y alrededor de su pecho y la amarró en una parte bastante alta del árbol, pasándola por el medio de algunas ramas gruesas y firmes. Todos nos manteníamos en silencio y estábamos absortos en lo que el hombre hacía encaramado allá arriba sin perdernos nada, y así lo vimos bajarse, esta vez, descolgándose por la cuerda cuyo extremo suelto se arrollaba en el suelo.

El silencio fue roto de pronto por los golpes de dos hachas que entraron en funcia y con ellos la salpicadera de astillas rojizas que iban cubriendo paulatinamente el suelo en todo el derredor del árbol, del que manaba un agradable olor a madera húmeda, el olor de su herida, de su sangre, de sus entrañas vírgenes y a la vez moribundas…

El extremo colgante de la cuerda había sido amarrado a otro árbol cercano al agonizante, para fijar el rumbo de su caída, colocándonos a todos los chicos a prudencial distancia, no con mucho agrado de nuestra parte por supuesto, pues deseábamos disfrutar de aquella novedad sin ninguna interrupción y sin perdernos ningún movimiento de los protagonistas de la misma. No debimos siquiera pestañear para poder, con toda claridad, observar todas las peripecias de aquellos rudos campesinos, que hacha en mano, no cesaban de golpear sino para escupirse las callosas manos y decir : -Hágasen p`allá, carajos, hágasen p´allá ; corréte p´ahí, güila, que te puede q´er el palo en tu´manidá.

Todas las miradas iban y venían posándose en la cuerda que, tilinte, vibraba con cada golpe del hacha ; en la copa del árbol que se sacudía a su vez dejando caer algunas hojas, como en el boquete que se le practicaba, el cual iba creciendo en razón inversa a su resistencia, por no dejarse botar.

Uno de los hombres se detuvo en su faena, escupió en sus manazas y quitándose el sudor de su frente con el antebrazo, volvió a tomar el hacha que describió un semicírculo plateado en el aire y fue a clavarse en lo más profundo de la herida. El árbol gritó largamente… mientras perdía su equilibrio cayendo y el estrépito de ramas quebradas que produjo su caída, fue opacado y superado solo por los vivas y la gritería de la chiquillería.

Una vez que las ovaciones y aplausos terminaron y el árbol quedó inmóvil en el suelo, le caímos como la langosta. Rápidamente fue invadido, recorrido y “escalado” en toda su frondosidad por toda aquella mostacilla para la que todo era motivo de juego y gozadera. No sé exactamente porqué, pero nos gustaba mucho meternos entre aquella ramazón ; íbamos y volvíamos una y otra vez por encima y por debajo de las ramas, nos topábamos unos con otros, nos escondíamos, saltábamos sobre la hojarasca, gritábamos, reíamos, algunos practicaban luchas en alguna rama un poco incómoda cayéndose siempre alguno y a veces los dos luchadores, lo cual contribuía a que el barullo aumentara.

Entretanto los fornidos peones que se habían sentado a descansar sobre unos troncos, sudorosos, con sus pies descalzos y un poco embarraleados sobre los que caían los finales o, para mejor decirlo, las puntas de unas tiras vegetales sacadas del vástago o mata del banano con que llevaban amarrados los ruedos de los pantalones, reían también a carcajadas de ver las “monerías” y ocurrencias de toda la güilada, que no cesaba en su celebración, aumentando así y en tal manera la diversión, que se convirtió en un verdadero alboroto.

Papá no permitió que el árbol fuera desramado ese mismo día para no echarnos a perder el entretenimiento, lo que de seguro todos le agradecimos desde lo más hondo de nuestros pequeños corazones. De manera que, divirtiéndonos hasta el anochecer la mar de contentos, me entregaba aquella noche que concluía aquel bendito día, como eran todos los días de mi vida, sudoroso y cansado a mis sueños de niño en los que le contaba a Dios todas las experiencias felices de aquel día maravilloso que moría dejando en mi boca un agradable y celestial sabor a miel.

LUIS FELIPE QUESADA MAYORGA.

MISTERIOS DE NUESTRO PATIO

Hoy, 6 de octubre de 1997, Yamileth Quesada Mayorga, miembro de la “tribu” de los Quesada, hijos de don Rafael y doña Consuelo, quiero relatar algo que, aseguro seriamente, aunque el lector no lo crea, es absolutamente cierto.

Corrían los días felices de mi niñez -los tempranos cincuentas- y vivíamos tranquilos y felices en la “casa grande”, como era conocida nuestra casa por ser la más grande y con el patio más grande de toda la vecindad, en el querido barrio “La Dolorosa”.

Yo compartía la mayor parte del tiempo con mi hermano mayor Luis; éramos inseparables desde que comienzan mis recuerdos, allá por los tres años de edad, y según decían mis padres, desde antes: tomábamos el “chupón” juntos, chupábamos “dedo” juntos, nos sentábamos a las bacinillas juntos, veíamos llover juntos encaramados en el alféizar de la ventana del comedor, tirando cascaritas de naranja en la angosta cinta de agua que formaban los chorritos de lluvia que caían de los canales del zinc para ver los bellísimos espectros tornasoles que se iban formando a su contacto y que despertaban nuestras fantasías infantiles.

Fueron pasando los años; abandonamos el chupón y la bacinilla, dejamos el placer de chupar dedo porque ambos nos lo atravesamos con la aguja de la máquina de coser en sendas travesuras y ya habíamos crecido lo suficiente para dejar de encaramarnos en la ventana, aunque seguíamos disfrutando juntos mirar el lindísimo espectáculo de un buen aguacero cayendo sobre los árboles, chayoteras, “bosque” de escobilla, flores y pájaros del patio, y más allá, sobre los techos de los Retana, mercaditos y Chico Piedra.

En sustitución de esas actividades abandonadas por el paso del tiempo, iniciamos otras : Luis y yo disfrutábamos mucho del patio en formas iguales y diferentes al resto de las personas; para nosotros el patio no tenía fin, no tenía límites geográficos, no había tapias ni cercas, era un bosque del tamaño del mundo.

Pues resulta que un día se nos ocurrió hacer algo que habíamos visto en algunas de las casas de campo a las que nos llevaba de paseo a veces nuestra tía Rosa. Las señoras de esas casas tenían en un rincón de sus cocinas, unos ladrillos colocados de manera que quedaba un espacio enmedio, el cual rellenaban con palitos y hojas de papel, los encendían y ponían a hervir agua en la olla de hierro para darnos café. Una mañana, Luis y yo escogimos un lugar situado contra la tapia de María Balazos (la tapia de la derecha del patio) entre la higuera y la pauginia, y ahí colocamos los trozos de ladrillos que encontramos y pusimos palitos para rellenar el “fogón”, ¡y eso fue todo !.

Ahora viene lo misterioso e increíble :

Mamá nos llamó para darnos algo de comer ; en cuanto terminamos, volvimos al fogón y quedamos atónitos ante la vista : el fogón estaba encendido y sobre el fuego, sin quemarse, había una enorme flor roja, de las que había en la enredadera de Tana, el viejo y cascarrabias tío abuelo de los Retana ; muy lejos, muy alto y muy endeble para que alguien pretendiera alcanzar una flor.

No había nadie más aparte de nosotros en el patio ; en la casa estaba mamá ocupada en los múltiples quehaceres y vigilando a los dos pequeños (María Consuelo y Miguel Ángel), sus hijos menores en ese entonces, que aún permanecían dentro de la casa y sólo salían a asolearse después del baño, bajo la vigilancia de ella, para estar con ella el resto del día.

¿Quién encendió el fogón ?. ¿Quién puso la flor ?. ¿Porqué no se quemó ?. Éramos demasiado niños para complicarnos la vida con estas preguntas, solamente nos maravillamos y disfrutamos de lo sucedido.

En los días siguientes, muchas veces preparamos el fogón y nos retirábamos a otro sector del patio a jugar o nos íbamos a la casa un rato, y al volver, el fogón siempre estaba encendido y la flor roja sobre él, nunca se quemaba…

YAMILETH QUESADA MAYORGA

EL PATIO DE LA CASA

1950-1960

En la casa vieja, como le decimos muchos de nosotros a nuestra casa en el Barrio la Dolorosa, se jugó los más bellos juegos y con ellos, realizamos muchos de nuestros sueños, deseos y aspiraciones.

En aquél pedazo de terreno viajamos a países lejanos, soñamos, fuimos personajes famosos y llegamos a ser ricos. Lo mismo estábamos en Egipto entre pirámides, huyendo verdaderamente aterrorizados de “la momia” (Yamileth) que con un velo calado, cubriéndose la cabeza y cara nos seguía, que en la selva con Tarzán, Jane, Chita, los elefantes y pantanos. Sobraban los tarzanes y para todos había árboles dónde subirse y lanzar con do de pecho su terrible alarido. El más bello, pues era un magnífico cantante, era el grito de Carlos (Cabeto) Retana Biolley, quien con preciosa voz llamaba a su inteligentísimo elefante Tantor al pantano número tres,… y el animal llegaba.

Cuando se trataba de vaqueros, aquello era un verdadero pueblo del oeste, con cantinas, salones, joyerías, bancos, cárcel, oficina del Sheriff, etc. Por supuesto que había bandoleros y ladrones de bancos, sólo que la ambición del dinero nos volvió a todos ladrones, pues nos robábamos unos a otros los fajos de billetes, fabricados con desechos de cuadernos.

A veces éramos soldados en plena guerra y las bombas explotaban por todos lados y aquel era un real campo de batalla en el que casi no podíamos ver por la polvoreda que levantábamos ya que las bombas eran tarros de avena llenos de tierra.

Mi hermano Luis y Eduardo Retana eran más grandes que nosotros, nos perseguían con pistolas de agua y nadie escapaba de ellos. Todos corríamos por todo lado desesperados pero siempre el chorro de agua nos alcanzaba hasta quedar empapados de pies a cabeza.

Una vez se les ocurrió amarrar una llanta a una rama alta del palo de cas y todo el barrio hacía fila para montarse en el BigSay, que así le llamó Luis. Subíamos al árbol, nos sentaban en la llanta y nos dejaban caer para describir una parábola inversa y vuelva a hacer fila. El negocio se puso bueno y empezaron a cobrar el servicio, cosa que limitó un poco la clientela.

También jugábamos “punto al tarro” con el punto movible porque todos los juegos fueron siempre de intensa actividad y energía, y ese tarro iba a dar por todos los rincones del patio.

Todos los niños del barrio iban al patio desde diferentes épocas, también los miembros de la banda del Liceo de Costa Rica, que ensayaban tambor y lira, como algunas del equipo de basket del Colegio Superior de Señoritas, compañeras de Linda.

Se armaban unas mejengas terribles, Verdaderos partidos de futbol en donde se daba la vida por un gol. También jugábamos beis, criquet y papi y los muchachos realizaron campeonatos de bolas de vidrio y chócolas.

En tiempo de vacaciones había ranchos por todas partes, Los hombres fabricaban sus viviendas en un santiamén, mientras que las mujeres, no duchas en esos menesteres, se mantenían ocupadas horas en sus viviendas y las llenaban de trapos como cortinas y puertas, barriendo y arreglando hasta que llegaba alguno de ellos y con solo poner el codo en alguna pared, el rancho se venía abajo, acompañado de gritos, quejas y lloriqueos de las niñas que tenían que volver a empezar su labor. Una vez, las niñas se fueron temprano, en servicio de espionaje, a investigar el rancho de los muchachos para ver su construcción y casi se mueren de espanto cuando entraron a aquél lugar, todo sucio, desordenado, lleno de llantas y piedras para sentarse y cáscaras de frutas por todo lado, ¡pero no se caían con nada !.

No puedo pasar por alto los campamentos. Como los chicos querían pasear en sus vacaciones, se les ocurrió que podía ser en el patio de los Quesada y planearon irse de campamento. Como a las seis o siete de la noche armaban las tiendas de campaña, dispersas por el patio, y luego se ponían a jugar de policías y ladrones, identificándose con pañuelos de colores, hasta la medianoche o más y luego se dormían ; pero hacían mucho ruido y algunos vecinos amargados se quejaron pues no podían creer lo que veían : niños jugando sanamente a media noche. Hubo que acabar con los campamentos.

El acceso al patio era por todo lado. Por las tapias, por las cercas, por los árboles colindantes o por los techos. Siempre llegaba alguien por algún lado de la casa. A veces a las seis de la mañana ya había alguien en pijamas y sin desayunar, jugando en el patio.

Luis era un verdadero atleta y se le ocurrían siempre cosas inverosímiles como cuando se subió a la tapia de las bodegas del Banco de Costa Rica, hasta un riel altísimo que sobresalía de la estructura del techo y ahí hacía maromas y ejercicios dejándonos a todos boquiabiertos y a mami enojadísima y preocupada de ver a su muchacho ahí encaramado.

El patio sufría transformaciones a lo largo del tiempo pero siempre estaba sembrado de frutales, higueras, café y algunas enredaderas.

No puedo terminar de medio narrar estas vivencias sin mencionar el factor más importante por el cual fuimos felices los de la casa y los vecinos : mis padres.

El, aunque cansado de sus labores como maestro de escuela, siempre presente en aquel lugar ; podaba árboles, recogía basuras de hojas secas, reparaba cosas, siempre presente, sin estorbar, sin molestar, y su sola presencia vigilaba, inspiraba confianza ; su sola presencia impidió juegos peligrosos, su sola presencia inspiró respeto y el juego sano y divertido de los niños. !Ahora entiendo porqué siempre estaba en el patio!. Enseñaba sin hablar. -“Cuando hay niños, la vigilancia es eterna”,- decía.

Ella, trabajadora incansable de la casa sin quejarse por lo sucios y mojados que entrábamos al atardecer ; sin quejarse de los bolazos o las pedradas que quebraban los vidrios o por el alambre lleno de ropa limpia que alguien botó sin intención, y tenía que volver a lavar a mano toda la ropa. Algunas veces salía algún niño corriendo para su casa porque aguantaba hasta el final sus necesidades y cuando salía iba dejando pelotas de ya saben qué, por toda la casa.

Ellos dos permitieron que sus hijos fueran felices y si ellos estaban felices, ¿qué importaba lo demás ?.

MARÍA CONSUELO QUESADA MAYORGA.

EL PATIO

1965-1975

Y es muy importante tener presente cómo era el patio. Todos lo vimos igual : una prolongación de la casa, de nosotros mismos, de nuestros cuerpos y almas.

Al salir de la casa por la puerta de la cocina, de cara al oeste, caíamos en “el cementillo”, un planchè amarillo más o menos cuadrado que no mucho atrás fue cuarto de servicio. Lo delimitaban las paredes de bahareque (caña, barro y restos de tejas) del almacén El Mar (Las Olas, antes)

Inmediatamente después, se abría a todo el ancho de la casa ese mágico lugar, ese inolvidable pedazo de tierra que me dio salud, alimento y diversión a más no poder. Lo primero que encontramos, es un lotecito sin vegetación, de tierrita suelta (fina, café claro), donde se practicaba los juegos especiales : bolas de vidrio, trompos, mejengas, carritos y más adelante (´68), basket ; y mucho después (´70´s), se instaló la casita que Paco le hizo a Martita.

En su extremo oeste, se encontraba la matita de café que servía a “Gorato” para lanzar como en catapulta a MachuPichu, su perico sin alas.

Al este, y en dirección a la ventana sur de la barraca de los vagos, pasaba el cañito, por donde corría el agua llovida que venía desde la casa de Rafa, por debajo del hall y llegaba hasta cerca del árbol de cas. Inmediatamente después, el barro de olla, una extraña montaña de ese raro material gris que tantas guerras propició y que tanta ropa sucia entregaba a mami. Estaba exactamente debajo del frondoso palo de cas. Muchos años después, en 1989, supe por boca de Gerar que ese barro de olla era el producto de una excavación que hizo papi en busca de una botija que alguien aseguraba se encontraba en ese lugar.

El primer árbol de esa tierrita hacia el cerco era uno bastante extendido, de limón dulce. Siempre que lo pienso veo todo amarillo. Nos impresionó enormemente la increíble similitud que tenía con el del fondo, que eran, para nosotros, gemelos.

Casi en su misma dirección, pero pegados a las paredes este y oeste del patio, se encontraban los palos de mango (junto a la tapia de Cachimba y que más tarde sería la Imprenta) y el de cas (junto a la tapia con los Verzola y “el Banco”. El Banco pasó luego a ser ocupado por el Registro Público y ahora lo ocupa el Ministerio de Justicia, que fue en definitiva el que adquirió nuestra propiedad el 1º de junio de 1989 mediante el pago de una bagatela.

En el centro, coposito y de buenas cosechas, el níspero principal. Marcaba, casi que perfectamente, la mitad del terreno.

Por el costado oeste, y hasta el fondo, el orden era el siguiente : el inmenso y siempre en cosecha palo de mango, otro mango (¡nunca le conocí fruto!), el de manga (pequeñito, pero ¡qué mangas !), un anona, la mata de higos, otro níspero a la par del cual, papi, “con nuestra ayuda” (¡já !), hizo el mejor pozo que se tenga memoria, luego el palito de cas japonés, único en su especie que he visto jamás, y el árbol de naranja dulce, en el cual, cada niño era dueño de una de sus ramas, incluyendo sus frutos.

El ala este, más poblado de árboles y zacate (algunas veces podía taparlo a uno hincado), se iniciaba en “la vueltilla”, allá, pegando con el Taller de motos de Harys. Había un níspero de raquíticas cosechas, los siempre floridos lirios blancos, bordeando la lomita de barro de olla para llegar al increíble palo de cas. A la par de este , un naranjo agrio y un limón ácido, “flacos” pero de buenas cosechas, otro anono, y el extendido árbol de limón dulce (el Enterprise, cuando jugábamos de Aventureros del Mississippi), el sauco, los altos guarias del rincón, para terminar con un seco níspero más y un inmenso sauco cubierto siempre de moco de caballo.

Mención aparte merece la inmensa chayotera que había invadido y secado al final, al palo de limón dulce : ranchos, “hamaca”, fumadera, muchas cosas significó esa bonita enredadera. La mejor anécdota que se tiene de ella fue cuando instalaron Luis y Miguel una tienda de campaña para pasar la noche. Invitaron, por supuesto, a todos los adolescentes del barrio. Pidieron permiso cada cual a sus padres, y entre otros, ya anocheciendo, se encontraban allí los Rodríguez y no los Retana, pues antes de las ocho de la noche los habían llamado “para adentro”.

En la fila del fondo, la cerca con los Retana, además de unas cuantas matas de café, había un increíble poró, una fila de amapola, un palo de naranja Washington y otro de malagüeña.

Y entre el níspero central y esta línea de fondo, había un chicasquil, un ciprés y el alto y delgado, poco productivo, árbol de aguacate, cuyo solo recuerdo trae a la mente aquella accidentada caída de Ale : casi desde el cucurucho, se vino pegando de rama en rama, para rematar raspándose todo en los clavos del tronco que servía de escalera para encaramarse. ¡Caída espectacular !.

Me olvidaba del inmenso sauce que se encontraba entre el naranjo y el níspero central. Dos recuerdos inmediatos me asaltan : las chicharras (concierto día y noche en su temporada) y la nefasta y terrible afirmación escuchada de alguien : -ese sauce secó el palo de mango-. Eso sirvió para cogerle odio y malquererlo.

Tengo, además, un vago recuerdo de un árbol cuyas ramas asomaban por las ventanas del cuarto de las chiquitas, pero tan difuso que no preciso nada de él.

Así, más o menos y a grandes rasgos, era el patio de nuestra selva, nuestro ambiente, nuestra niñez, nuestra feliz niñez.

JOSÉ ALBERTO QUESADA MAYORGA.

RECUERDOS DE INFANCIA

1950-1960

Son muchos y muy confusos, lejanos e imprecisos, los recuerdos que vienen a mi mente cuando quiero desempolvar las primeras vivencias en mi casa, la casa de mis padres.

Como ráfagas se presentan ante mí visiones, olores de aquel tiempo bello, el tiempo de mi infancia, en donde todo era seguridad y tranquilidad, en donde no conocimos necesidades ni preocupaciones, porque ellos, mis padres, se encargaban de darnos todo lo material y espiritual que queríamos.

Mi primer recuerdo se remonta al año cuarenta y ocho, año de la revolución costarricense en que los únicos bandos políticos fuertes que ha habido en el país, se encontraron en una confrontación en los albores de su gesta política.

El patio en nuestra casa en el Barrio La Dolorosa, demasiado grande para el tamaño de la personita que ahí jugaba, observando a su madre, sentada en una silla, el pelo negro rizado recogido con peinetas, sus labios carnosos pintados, vestida con ropajes de señora sencilla pero prendida y vanidosa. Su delantal, con pequeños vuelos en los hombros y zapatos con tira alrededor de los tobillos. Ella estaba sentada de cara al sol, pierna cruzada y tenía un niño en su regazo. Era el momento del baño de sol del bebé y él comidito y bañado, con el calor de la madre y con el calor de la vida, movía felizmente sus piecesitos mientras el sol calentaba su espalda. De pronto, un ruido ensordecedor que no sabíamos de dónde provenía, nos llenó de miedo. Mi madre corrió con el bebé y conmigo hacia la casa. No sé qué hicimos ahí dentro, si nos metimos debajo de alguna cama, ni quiénes más había en la casa, solo el ruido aquél que tanto nos había asustado. Años más tarde supe que eran aviones con ametralladoras debido a la revolución.

No sé si sucedió por esa misma fecha o fue en años posteriores, que mis padres decidieron pasar las vacaciones en casa de la hermana de mi padre, en Sabanilla de Montes de Oca, Podría ser por los peligros que encierra una revolución cuando se vive en el centro de San José o, tal vez, por el vaticinio, atrevido y morboso, de algún terremoto, cosa que sucedía mucho en aquellos tiempos de supersticiones.

El viaje fue algo maravilloso pues lo hicimos en la carreta de Juan, el peón de la finca que la familia tenía también en Sabanilla, en la cuesta de la Bamba. Juan, con su chuzo, azuzaba a los bueyes y les silbaba entre dientes y ellos se movían lentamente, a un mismo paso, atados por aquél yugo de colores naranja desgastados. Las ruedas chirriaban y el carruaje (el cajón) se movía lentamente levantándose y moviéndose de un lado para otro, según las irregularidades del terreno. Ni pensar cuántas horas habrá durado aquel viaje, ni si fue o no cómodo para los grandes ; para mí fue maravilloso y divertido, y más bello aún, fue llegar a aquel pueblo, lleno de árboles y cafetales, con olor a beneficios y flores por todas partes.

!Claro¡, como todo pueblo, no podían faltar las cantinas y, lógicamente, los borrachos ; sus pantalones arrollados por los ruedos, la mayoría descalzos, su sombrero bien puesto, aunque muchos destartalados y viejos, y su machete amarrado a la cintura. La mayoría de ellos llegaba montado a caballo, el cual quedaba atado a la ventana de la cantina. Fue algo impresionante para mí ver aquellos señores cuando, encendidos sus ojos y sus sentidos a causa del licor, salían a la calle, en peligroso duelo, a darse de golpes, machete en cincho… No quería mirar, me aterrorizaba, pero no dejaba de verlos y aún tengo clavado en mi memoria sus rostros, sus gestos, sus ropas, el sonido de sus golpes, mientras la música ranchera de la cantina, a gran volumen, amenizaba “la fiesta”.

Esto era de todas las semanas, cuando el peón era recompensado con su sueldo de la semana y él, religiosamente iba a dejarlo a la cantina. También recuerdo cuando salían de la cantina, abrazados, tambaleándose, apoyados uno en otro y desaparecer por el camino de tierra, rodeado de cercas y cafetales que se perdía al frente de la casa.

!La casa¡, grande, espaciosa, limpia, llena de luz tenía un lindo corredor al frente, que remataba con la acerita delgada que la recorría de lado a lado. El jardín cuidado de césped verdecito y dos enormes pinos a cada lado, frondosos, verdes, maravillosos.

Las habitaciones, todas de madera, eran grandes y espaciosas, sobrias, de pisos brillantes y zaguán en medio para rematar en un salón amplísimo. El resto de la casa estaba en reparación ya que la remodelaban dejando atrás paredes ennegrecidas y viejas construcciones de la casa de la abuela. Dormimos en un cuarto que se construía para comedor de la casa, todos en el suelo, con nuestros padres. Al lado, parte de la vieja casona, las gradas y la cocina con piso de tierra, el moledero inolvidable con la olla del maíz remojándose en agua para hacer las tortillas y, atornillada, la máquina de moler. La cocina de leña, muy antigua y la olla de hierro despidiendo riquísimos olores a frijoles con orégano o a sopa de carne con verduras.

Detrás de la casa estaba el jardín más hermoso y misterioso que he visto en mi vida. Tenía dos acequias que lo recorrían, una vertical que no sé de dónde provenía y la otra, dividiendo la propiedad en dos mitades, lo recorría a lo ancho. Al lado de la casa y hasta el portón por donde otrora entraban las carretas, había geranios, calas y lirios que crecían al lado de la corriente de agua que posiblemente venía de la pila de la casita vecina, bellísima, de adobes, parte de la propiedad, en donde vivía una señora cuyo nombre creo era Claudia.

Cerca de la pila de la casa unas gardenias esparcían generosamente su suave aroma a todo el que se acercaba a ellas. En el centro de la propiedad había un inmenso gallinero todo rodeado de malla. Años más tarde se suprimió este gallinero y en el galerón todo encalado, trabajaba Adán, indio que vino de Boruca a trabajar como peón de la finca ; entonces, se construyó una bellísima glorieta, rodeada de enredaderas y flores, muy cerca de la acequia a la cual se llegaba entre sauces, bambúes y papiros, allá, donde a Rafael “se le ahogaron los pies”.

Un coqueto puente curvo, de troncos de árbol, atravesaba aquel pequeño río y le seguía el fantástico jardín lleno de eras redondeadas, regadas todas debido al magnífico trabajo que había hecho el indio aprovechando el declive de la propiedad.

Rosales de todos los tamaños y colores, frutales entremezclados hasta el fondo del patio por el que pasaba otra acequia. Recorrer aquél mágico lugar me llenaba de una sensación extraña y misteriosa como de cuento de hadas. Silencioso, mágico, colorido, perfumado, solo se escuchaba las corrientes de las cantarinas aguas y el susurro del viento en los sauces.

En uno de aquellos viajes, pues se siguieron efectuando durante las vacaciones subsiguientes, estaba el indio en un árbol lleno de estococas y Federico le decía : – !Adán, báqueche¡. !Adán, báqueche que che va a caerq¡-. Posiblemente, aquél indio sólo entendía su propio dialecto y no el de Federico, por lo que se cayó del árbol, a lo que Federico rezongó : -Y yicho cacho y che cayó.

Entender a Federico era toda una proeza pues él tuvo su forma muy particular de hablar, bastante diferente de los demás. Cuando en casa mi papá, que gustaba mucho de los animales, sobre todo de gallinas, tenía gallinero, contaba los pollitos al atardecer, cuidando que ninguno quedara perdido en el patio, Federico decía : -Conten lon polliton a ver chi están completon. Una vez, cuando cumplió siete años, María Consuelo lo abrazó y lo felicitó, y él le dijo : – !Yo quelo a Quequelo Quelo¡. Desde ese día le dicen Quelo a Quelo, todos menos él, que le dice María Consuelo.

María Consuelo Quesada Mayorga

Capítulo 4.

LOS JUEGOS Y ANÉCDOTAS

LA LEALTAD DE LOS QUESADA MAYORGA

El Barrio La Dolorosa nos vio nacer y allí transcurría nuestra infancia, en un hogar lleno de alegría, comprensión y amor, rodeados de cantidad de niños como nosotros, todos del vecindario, que venían a jugar a diario a nuestro patio.

Todos, sin ninguna distinción, disfrutábamos de lo que aquel patio nos ofrecía por igual.

Desde muy tempranas horas, algunas ocasiones como en tiempo de vacaciones, desde las seis de la mañana llegaban algunos de ellos y regresaban a sus casas cuando ya el sol había dado paso a las sombras, o cuando, como sucedía algunas veces, venían sus padres a llevárselos preguntándoles más en broma que en serio, porque de haber sido a la inversa sus hijos podrían tomarles la palabra, si pensaban quedarse a dormir en la casa de don Rafael y doña Consuelo, los esposos Quesada Mayorga, nuestros padres.

Ambos cuidaban de todos, también sin distinción alguna y vigilaban con celo nuestros juegos, llevando doña Consuelo la mayor parte de la responsabilidad, por cuanto su esposo, que era educador, pasaba muchas horas fuera, en su trabajo.

Sin embargo, toda vez por haber regresado de la institución donde impartía sus lecciones, virtualmente se trasladaba al patio donde solía realizar diferentes labores, tales como la recolección de frutas, la de barrer y quemar montones de hojas secas, la poda de arbolitos y cualquier otra cosa que se le ocurriera.

Lo importante de su actitud, era la misión que desempañaba en tanto llevaba a cabo estas actividades : la de atención y vigilancia.

De tal forma transcurría nuestra vida y nuestro tiempo de niños, hasta que de vez en cuando, muy de vez en cuando, se nos presentaba una situación que no nos hacía nadita de gracia. Y era cuando nuestra madre tenía que ausentarse para ir a la tienda, a la zapatería o a visitar a su madre, nuestra abuela.

Como lo anoté arriba, era algo que sucedía muy esporádicamente.

Resulta ser, que cuando se daba esta situación, tenía la costumbre de despedir a toda la “huelga” de chiquillos, enviándolos para sus casas.

Realmente era una medida de seguridad más que una costumbre, pero lo cierto del caso, es que nos echaba a perder la jugadera de aquella tarde, ya que no era lo mismo jugar entre nosotros, que éramos por aquel entonces, solamente tres los varones. Y por otro lado, sucedía de idéntica forma con el grupo de carajillos, que se veían obligados a irse, dejando truncados sus juegos.

En una ocasión en que doña Consuelo fue a visitar a su madre en el Barrio México, previo despido de la “huelga”, seguimos jugando mis dos hermanos y yo, aunque ya un poco desmotivados, con una bola de futbol. El juego había perdido interés o para decirlo de manera correcta, habíamos perdido interés en el juego, dada la poca cantidad de jugadores que habíamos quedado.

Sin embargo, nuestro estado anímico mejoró muchísimo cuando vimos salir a nuestro padre al patio y decididamente, con los ruedos de sus pantalones arrollados, sumarse alegremente al juego de pases que realizábamos con la bola.

Nos había devuelto el entusiasmo y jugamos con alegría durante un buen rato ; hasta que comenzó a caer una lluviecita. Rápidamente fue aumentando y nos vimos obligados a entrar en la casa. Nota curiosa ésta porque ¡cuántas veces seguimos jugando bajo un aguacero torrencial !, máxime si no se encontraba nuestra madre.

No obstante, esta vez, inexplicablemente, nos guarecimos dentro de la casa y lo peor de todo fue que continuamos nuestro juego dentro.

Haciéndonos pases con la bola fuimos avanzando por el interior de la casa hasta ir a parar al hall. Bajo el marco de la puerta que lo comunica al interior de la casa, me coloqué a manera de arquero y mis hermanos y nuestro padre, don Rafael, pasándose la bola entre ellos, me hacían tiritos suaves, que yo atajaba con facilidad en el aire y sin necesidad de tirarme al piso frío y sobre todo muy duro, conformado por un policromado mosaico.

Afuera, el aguacero arreciaba pudiéndose observar, a través de los setenta y dos vidrios que forman los altos ventanales que la estancia tiene, miles de chorritos de agua precipitarse.

Hacía mucho tiempo que la alegría había avenido a visitar nuestros corazones de niño y posesionándose de ellos, se había quedado a vivir ahí. Bastaba muy poca cosa para sentir gran regocijo ; una palabra, un gesto, una actitud como la de nuestro padre que todo el tiempo nos acompañaba en nuestros juegos.

Viéndolo jugar aquella tarde lluviosa en el medio del hall, provocaba en mis hermanos y en mí un entusiasmo desbordante y en su corazón, de seguro de niño también, se desbordaba de igual manera su entusiasmo y de tal forma, que al recibir un pase de uno de mis hermanos, pateó la bola de futbol con incalculada fuerza.

La altura de cuatro o cinco metros que tiene el hall, fue alcanzada fácilmente por la bola al estrellarse ruidosamente con una enorme sombra de forma de calabaza que colgaba como a medio metro del cielo raso, y que se precipitó sobre el mosaico hecha añicos.

El juego fue detenido para barrer y recoger todo aquel montón de vidrios de color marfil, que mostraba como detalle un decorado de ramitas de un verde muy tenue y cadenas de florecitas pequeñas, muy delicadas y de un tono muy suave en rosado, que formaban el hermoso “bombón” que durante mucho tiempo había permanecido colgado del cielo raso, adornando el hall de nuestra casa al proyectar suavemente la luz que guardaba en la concavidad de sus entrañas.

Todos guardamos silencio y juramos, desde lo más hondo de nuestros corazones, jamás acusar a nuestro padre de aquella travesura.

LUIS FELIPE QUESADA MAYORGA.

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ALGUNOS JUEGOS DE LA FAMILIA QUESADA MAYORGA

1958 – 1968

Toda casa tiene sus rincones de juegos y sus modalidades que se han abierto paso con el tiempo y se heredan a los demás hermanitos menores, por eso es difícil definir cuándo se ha inventado un juego o quién ha sido el iniciador de un cambio. Sin embargo, uno puede relatar las vivencias infantiles de la manera que lo desee, ya sea dando un enfoque exterior o sacándolo de lo más hondo de su ser, sin que esto último signifique que quiera apropiarse de la invención o menospreciar otras vivencias.

Don Rafael escogía un sábado, cada unos cuantos años, para llevar a sus hijos a un aserradero allá por las tucas, al final del Barrio El Laberinto, y volver cargando un saco lleno de tuquitos o recortes de madera. Los chiquillos, Federico, Gerardo y Jose, principalmente, volvían llenos de colochos y aserrín en el pelo, ropa y zapatos, pues mientras se hacía la compra, ellos se revolcaban en las montañas de aserrín del aserradero.

Los tuquitos se usaban para formar verdaderas ciudadelas del futuro, con casitas y edificios, ya fueran compuestos por tuquitos individuales o por grupos superpuestos, a lo largo del corredor interno de la casa. La tía Rosa picaba a los chiquillos para que trabajaran en la construcción, pues al final hacía un acto de bendición con la intervención del nuncio, representado por Gerardo, y al final de la ceremonia repartía helados y bocadillos cocinados por ella y doña Consuelo.

En el cuarto de las chiquitas era muy difícil jugar porque el orden y la vigilancia lo impedían, sin embargo, hay recuerdos bellos de este aposento, como lo son acostarse en las camas de ellas para ver “las patas de Abel” (pisadas del señor que emplantilló el techo, que se dejó sin barnizar ni pintar), escuchar Las Aventuras de Tom Sawyer y Hucklberry Finn en boca de Yami o las de Matonkiki por parte de Quelo, y, ante todo, la leyenda Mi fafá que Federico escribió en la pared para que Gerardo pudiera decirle a don Rafael que ya había aprendido a escribir Mi fafá y hacerse acreedor a un bolígrafo metálico, negro.

Otro lugar mítico era el jol, para nombrarlo sin usar la palabra anglosajona hall, pues el nombre en inglés del lugar no obedecía a pedantería, sino que era una tradición que no tiene explicación. En este lugar estuvo ubicado el aparato telefónico 1408, el piano Pleyel cuya casa de fabricación desapareció a finales del siglo XIX (y fue sucedida por la Pleyel-Wolff et Cie., en París) y hubo que quitar puertas para poderle meter a la casa; el mosaico más bello jamás conocido, idéntico al que tiene la centenaria iglesia de San Ramón de Alajuela; el equipo de sonido de Rafa, la negra con la pantera de ojos verdes, el portal y el arbolito, la puerta de dos hojas y cuerpo de vidrios pequeños con una perilla de porcelana y una palanquita de forma especial y agradable al tacto por sus bordes suavizados, las ventanas superiores, al final de tres de las paredes, con 72 vidrios a más de cinco metros del piso, etc.

En el hermoso mosaico de este jol vimos por primera vez el baile del tuis por parte de Noé Alfaro Chaves, quien venía a visitar a Gerardo por ser compañeros en la Juan Rudín y causaba la admiración de María Consuelo y Yamileth con esa moda.

En la barraca de los vagos se tiraban todos en las camas y comenzaban a contar anécdotas y lanzarse almohadas, mientras el tiempo pasaba. Otro pasatiempo era buscar, desde nuestras camas, formas de cosas en los espacios más oscuros que dejaba el papel tapiz color verde agua al descarapelarse de las paredes del cuarto.

Pero donde sí se podía jugar, en un campo ilimitado para acción física y mental, era en el patio, pues las dimensiones y variadas opciones lo hacían una veta inagotable.

Había juegos de participación individual y colectiva y para ambos sexos, donde se gestaron los caracteres de liderazgo, legalidad y espíritu de lucha entre los participantes.

Había unas mujeres mayores que causaban suspiros en esos niños inocentes: doña Quina Biolley, quien nunca negó una sonrisa a esos niños, y ellos no olvidaban su entrada al firmamento de sus mentes una vez que Miguel le dedicó unas bombas guanacastecas con un pañuelo en la mano izquierda : Del cielo cayó un pañuelo lleno de lindos colores y en una punta decía, doña Quina de mis amores. Ella cantaba y asomaba su bello rostro por una ventana cuando aporreaba la ropa de la familia.

La otra mujer era pura fama, se trataba de Tía Chemis, a quien los adolescentes miraban, junto a sus hijas, desde los techos de la vecindad, pero los niños no la conocían.

Además, hubo otras señoras como las hermanas Retana, Luisa, la seria y pazca, con su atuendo de trenzas y hábito y Rosarito, una belleza de viejita con cachetitos regordetes y melena rizada; ambas devotas y llenas de santidad. La niña Anita Verzola, era cariñosa, pero causaba angustia por su bamboleo al caminar. La mamá de los Flores, doña Lola, que era cariñosa con los niños desde dentro de los bellos ojos, aunque resultaba un poco turbadora para algunos. Doña Bebé Vincenti, parecida a un cervatillo por la delicadeza de sus facciones.

Todos los veranos se maltrataba la cepa de amapolas que corría a lo largo de la cerca de alambre que los separaba de los Retana, porque se subían para pasar de mata en mata, arrancaban las flores para libar el néctar y cortaban las ramas para confeccionar arcos, flechas y tomahawks. Todos tenían su arco y flechas porque les gustaba jugar de indios o de indios y vaqueros. Gerardo era Lobo Silencioso y una vez que Yami observaba a los menores jugar, asomada a la ventana de la cocina, gozó montones cuando Lobo Silencioso rodó desde la piedra a la que se había subido para colocarse la mano sobre las cejas, a manera de visera para observar hacia las montañas.

Otra vez, ese indio tuvo a su alcance el rifle de copas de Róger Marazzi, probó puntería en el primer disparo de su vida, al divisar una viuda que se mecía en la copa del palo de aguacate, y en vez de sentir orgullo de su puntería, el niño derramó lágrimas cuando recogió el cuerpecito todavía caliente del ave celeste que murió asesinada.

Y es que los niños se divierten con cualquier cosa y hay etapas de la vida en que perciben el mundo exterior de una manera extraña. A Gerardo le pasaba que al encontrar una chapa de Squirt, sus colores verde y amarillo le producían una sensación inexplicable, lo mismo que cuando se subía al palo de naranja del injerto que intentó don José Retana para ver, al atardecer, las luces verde y rojo que despedía el edificio del Mirador Franklin, allá en las montañas de Aserrí o las bolitas de vidrio que había únicamente en la caja de las tizas de la bodega de los Verzola, como si fueran ojos nublados de seres extraños o gotas de leche revuelta con jugo de hojitas.

Además, pueden jugar con cualquier objeto porque la fantasía agrega caracteres mágicos si así se lo desea, como lo tenían ciertas piedras del patio o “El tuco de Laura”. Había una estructura de ladrillo y cubierta de musgo, que siempre estaba cerca del árbol de cas, con forma como de medio estañón angosto. Era imposible alzarla, solo se rodaba y como era pesada, tenía escaso interés para los chiquillos, pero su valor alcanzó límites insospechados cuando don Rafael la utilizó para colocarla en un hueco sobre el cadáver de un gato muerto, bien hediondo, que el Macho Villalobos sacó de debajo del cuarto de Paco. Siempre desearon desenterrar ese ladrillo, pero era algo prohibido. Le seguía una piedra de laja gris, en forma de tapa, de más de medio metro de diámetro y con un grosor que iba desde el filo de cuchillo hasta un jeme. Siempre servía de algo, asiento, parapeto, calza, etc. Luego había otra que era como el tanque de gasolina de una motocicleta, desde la cual rodó Lobo Silencioso una vez. Además, había dos tucos, uno cuadrado, como un cuaderno escolar, de unas tres pulgadas de grueso y con un orificio en la parte superior, que Laurita Flores cogía apenas llegaba a jugar ; el otro era un horcón de una madera que presentaba surcos a lo largo, naturales, que todos los veranos tratábamos de quemar y no era consumido por el fuego ; era de una dureza increíble, grosero a pesar de no tener un solo clavo, por lo pesado, áspero y por presentar solo tres caras en su longitud. Únicamente el pejiballe que utilizan los bribrís se parece a la textura de ese tronco.

Las lecheras metálicas eran un juguete increíble, pues todos se dedicaban a hacer malabares haciéndolas avanzar rodándolas acostadas de panza. Para atrás, para adelante, brincando para quedar viendo hacia el lado trasero, en ángulo, hasta caerse y llevarse un golpe en las nalgas. Había una dorada y otra celeste.

Jugar Países era muy apreciado por los chiquillos porque disimuladamente decían el país de alguna de las amiguitas y eso los hacía sentir cercanía hacia ellas sin que alguien pudiera decir nada porque se trataba de la natural interacción del juego.

Las llantas que abandonaban los conductores en la avenida doce entre calles central y primera, pasaban directo al patio, porque servían de asiento y cama, para rodarlas y hacer torres y probar a encaramarse hasta caer con ellas, pero algunas veces las quemaban y a doña Consuelo no le gustaba por el olor a quemado y las quejas de los vecinos. Una vez Gerardo se encontró un llantón que superaba las dimensiones de las llantas de automóvil, por lo que tuvo que pasarlo desde el jol por la ventana hasta “el rincón”. En ese llantón, se metía uno encorvado y lo hacían rodar hasta que parara o se estrellara contra algún árbol o pared, juego por el que Jorge Flores mostró siempre mucho entusiasmo. Orlandillo Villalobos era el campeón de rodar llantas y María Rosa impresionó a todo el mundo cuando cogió el llantón como una llantilla cualquiera y lo arrojó a lo lejos para despejar el campo y jugar vidrias.

Las fogatas que hacía don Rafael para quemar los desechos de hojas y papeles que recogía con su carretillo y palota de jornalero, eran todo un espectáculo, pues los chiquillos corrían por todo el patio trayendo algo “para alimentarla”, corrían con papelotes y tizones ardientes en una gritería escandalosa. En esas actividades destacaban Quique Carvajal y los Cocoros, que metían un entusiasmo inusual al momento ; pero quien más historia hizo fue Carlitos Arguedas, pues corría por todo lado diciendo -No se preocupen, no se preocupen. -y llegaba con alimento para que no muriera el fuego. A propósito de Carlos Arguedas, todos recuerdan que siempre fue un niño mimado que se mantuvo al margen de la casa de los Quesada, pese a vivir al puro frente de ellos, hasta que llegó el momento de que sus padres lo dejaran ir, lo cual fue aprovechado para utilizarlo como pretexto por los chiquillos quienes no lo dejaron salir de un hueco por bastante rato. Lo dejaban que empezara a salir y al llegar al borde, lo volvían a empujar, caían con y sobre él ; en fin, hicieron fiesta con el niño tan bien vestido. Al llegar a su casa fue castigado por la facha en que llegó, hasta que intervino su hermano Olman para decir a sus padres : -Déjenlo que vaya para que se haga hombre-. Otra cosa que tenía una forma mágica con relación a las fogatas y era muy perseguido para arrojarlas en ellas para escuchar el sonido que producían cuando estallaban, eran unas botellitas que proveían del patio de los Retana, restos de las inyecciones que alguien desechaba.

La famosa ceniza que arrojó el volcán Irazú a principio de los años sesenta, era barrida y recogida por don Rafael para transportarla al fondo del patio, al rincón o bajo las alineadas matas de café que había junto a la cerca con los Retana. Al rato, eran tarros llenos de ceniza los que se colocaban al final de una tabla calzada, y desde un árbol o del techo del cuarto del piano vertical, caía un mocoso en la parte posterior y volvía a llover ceniza para don Rafael. Todos se bañaban en ceniza.

Los huecos que hacía don Rafael para luego enterrar basura, producían una algarabía durante días, pues se aprovechaban para hacer casas con solo taparlos con latas, se hacía túneles pequeños para acomodar carritos, se hacía un barreal con el agua que brotaba no más llegar a medio metro de profundidad y, ante todo, la tierra suelta era la piscina más sabrosa para revolcarse durante horas de horas. Si el hueco era junto a las ramas de algún árbol como el que se hizo junto al sauce, el vacilón era subir al árbol, tirarse desde la rama a la montaña de tierra y resbalar por el costado para volver a hacer fila junto al árbol para repetir.

Algunos árboles iban adquiriendo significados especiales, como el poró en el que Gerardo vio un quetzal enorme, el poró al que subió una vez Tony Retana y lanzó juguetes para todos, el cas, tan alto que se podía ver las torres de la iglesia La Soledad, maravillosa escalera para alcanzar el techo del Banco y experimentar el miedo a que un guarda disparara, el mango magnífico cuyas ramas crecían tan alto que no se podía llegar al cucurucho (y esto era un gran reto para los pequeñines, pues los mayores decían que se podía ver la rueda de Chicago de Plaza Víquez) , el sauco nudoso y retorcido que abría una sombrilla con su follaje, los demás frutales, en los que cada chiquillo consumía cualquier cantidad de naranjas, nísperos, mangos, cases, casitos y hasta café maduro pese a que como consecuencia los hacía cagar rojo al día siguiente.

Muchos años después, cuando Gerardo salía a caminar con Sonia por las calles de la zona norte de Tibás; es decir, en Santo Domingo, Barrio el Socorro, San Miguel y hasta San Luis, se definió que esos poró que había en el patio de los Quesada eran de los de cuchillito rojo. Eso es relevante, porque hay otras variedades. Además, recordaron que con los cuchillitos de jugaba de árabe, como si fueran dagas y espadas curveadas, y se podía hacer un platillo cocinándolos con huevo, como los barbudos de vainicas. Las semillitas de ese árbol son unos frijoles rojinegros, duros y que “dan suerte”, hediondos al quemarse.

Cuando caía la lluvia, se buscaba algún sitio protegido por la inclinación de las gotas para no abandonar el patio y persistir en el deseo de reanudar el juego. Era una espera amena pero tensa, y siempre había que salir corriendo cuando cambiaba la dirección del viento. Cuando se formaba un lago al fondo del patio, los chiquillos del barrio se metían a bañarse, incluidos los sobrinos Jenaro, Rafa, Carlos, Eduardo, Marco, que se iban integrando al equipo.

Después de esas lluvias, los tejados y ramas de los árboles se llenaban de zonchos, yigüirros y vuidas que metían tremendo bullicio.

En los años sesenta, don Rafael le regaló a Miguel un perro medio pastor y medio saguate, llamado Top, que duró poco pues un día se escapó para la calle y nunca regresó. Los niños menores creían ver al amigo en algunos perros callejeros que se encontraban y no se quedaban sin llamarlos con la esperanza de ver una respuesta. ¿Quiénes no recuerdan al Top de Aventuras de tres rusos y tres ingleses en el África Austral o de La Isla Misteriosa, de Verne?. También la Tía Rosa trajo en los setenta, un collie llamado Arauco, noble animal que llevaba el mismo nombre de otro legendario que tuvieron en Sabanilla en los años cincuenta obsequio de Arturo Mayorga Matus a su hermana Consuelo. Otros perros que tuvieron, fueron: Danubio y Denger en Sabanilla y en La Dolorosa, Dixie, gatero color pardo, este último, con el rabo enroscado del cual recuerdan los juegos que hacían con él. Tapaban todos los huecos que comunicaban el patio con otros patios o madrigueras bajo el piso y conseguían conejos, gatos y los arrojaban al patio para ver al perrillo en pos de ellos. Los niños corrían tras la presa y el perseguidor tirándole piedras, naranjas, cases, palos hasta que quedaban agotados. Con el tiempo, Dixie cambió de carácter y se puso rabioso, tanto que una vez lo llevaron a perder porque había mordido a la directora de la Escuela García Flamenco. Muchos años después, don Rafael y Luis andaban de paseo por el puente de Los Incurables y encontraron al perrito, con nuevos dueños; fueron reconocidos por el animalito que se acercó a saludarlos con su viejo carácter infantil.

La familia de don Oscar Saborío tenía una perra furiosa, que los muchachos pedían a coro allá por los años sesenta para que la sacaran a la calle y correr como locos para evitar una mordida. Cuando la perra salía, todos corrían a subirse en carros y verjas de las casas, toreando al animal por toda la calle.

Objetos que la tierra abortaba eran tesoros, como el cañón de rifle de chispa que apareció cerca del palo de cas, la punta de flecha como de hueso que se encontró junto al árbol de naranja injertado y la vasijita de barro, pequeño florero como del tamaño de un vaso que apareció en un hueco al centro del patio. También había por ahí una barra de transmisión que usaban para horadar una y otra vez el suelo, con saña, como queriendo castigar la tierra al punzarla. Otros tesoros eran los pedacitos de trastos de loza o porcelana, pues esa china era dinero puro y entonces recorrían todo el patio para juntar los pedacitos y llenar las bolsas de los pantalones hasta romperlas. Gerardo se moría de envidia cuando alguien encontraba algún pedacito de china con flores o diseños de colores, pues se consideraba como algo de más valor. Más de un plato o taza en buen estado fue víctima de esa ambición por el dinero fácil.

Del cielo también se guardan algunos recuerdos, pues además de la lluvia que todos disfrutaron en forma indolente, veían pasar bandadas de pericos y otras aves de las cuales se desconocía el rumbo; eso era suficiente para ver algo mágico en esos desplazamientos. Además, algunas veces pasaban avionetas tirando miles de papelitos, similares a media página, los cuales apreciaban como confeti que salía de un costado del aparato, y luego eran esperados con ansiedad, para luego correr por todo el patio para juntarlos. Perseguían hasta los que caían en los ramajes de los árboles y los de los techos aledaños, esperanzados en que en alguno hubiera un mensaje premiado.

La pared del Banco era misteriosa: tenía un riel donde Luis hacía piruetas a gran altura. Había grietas en las que Gerardo decía que había un reloj, se podía hacer emplastes de moco de caballo en las partes lisas, rebotar bolas de todo tamaño, se podía escalar por sus agujeros, ver unos maravillosos mosaicos que había dentro del edificio que fue construido por Chico Piedra, hermano de don Ricardo Jiménez, para almacenar piedra extraída de sus tajos. Y una vez ahí salió el diablo, cuando los menores comenzaron a llamarlo desde “el cementillo” y aruñó las latas en forma estridente, por eso Gerardo dibujó en la pared una calavera. Muchos años después, en 1975, al derrumbar la casa y convertir la propiedad en un parqueo, se jugó frontón contra la altísima pared.

Al final, la pared del Banco hacía una esquina que llamaban “el rincón, donde uno podía camuflarse entre la vegetación compuesta por arbustos de sauco, café, níspero y chayoteras. En ese rincón se escondían fácilmente durante los juegos de escondido, de guerra, emboscadas de vaqueros e indios, hablar cosas secretas, fumar bejuquillos de chayotera y Alejandro Verzola y Roxana Villalobos, José Quesada y Merceditas Retana se dieron los primeros besos incitados por los demás.

La torre de La Dolorosa era un objeto corriente en el paisaje y por sus ventanas se escuchaban los gritos de los Verzola cuando se salían para correr por el techo del templo cuando les tocaba tocar las campanas.

Con el barro de olla nunca pudieron hacer una obra de arte, pero las pelotas para hacer guerra eran perfectas y dolía mucho cuando a uno se lo pegaban, máxime que no se podía evitar que se incorporara a la masa alguna lágrima de San Pedro. Últimamente habían convenido no lanzárselas, sino que preparaban un puño de ellas y a eso de las seis de la tarde, las tiraban para arriba “para llamar murciélagos”… y venían.

Un juego misterioso y que cuesta explicar pues sólo en su interior encuentra el aspecto razonable, era “jugar de Luis”; entonces había que ver la pelea para definir quién asumía el rol, los demás tenían que contentarse con ser Muñeco Vincenzi, Tortuga Valerio, Miguel, algún Retana, Machota Villalobos,… pero nadie quería ser el Gordo Durán. El que era Luis hacía de Jefe y tenía que inventar todo tipo de malabares en los árboles, especie de seguido, pruebas de habilidad, persecuciones, etc, pues ese papel exigía al actor demostrar que no sería superado por ninguno.

A Luis le encantaba que Gerardo se pusiera las bototas que él usaba, y a veces lo acomodaba en su escritorio verde con las botas ensartadas en las rodillas, encaramadas, lo que causaba mucha risa por el aspecto de enano de circo que adquiría. Otros aspectos de Luis que admiraban eran el orden meticuloso en sus pertenencias, sus pijamas, sus cuadernos, las colonias que él, Rafa y Paco usaban : 4711, HabitRouge, IceBleu, SkinBraser, BaronDandy y su bicicleta verde de carreras que a veces dejaba usarla en el patio, para lo que había que meter el pie por debajo de la barra y así llegar a los pedales. Pero el detalle más tierno y admirable, era que en la noche, cuando ya se iba a acostar, estando todo oscuro y después de revisar toda la casa, se acercaba a las camas de los menores y les persignaba y daba un beso sus frentes.

Cuando los adolescentes hacían campamentos o llegaban al patio a jugar, pues les había dado por subirse a los techos, posiblemente a fumar a escondidas o a mirar hacia las casas de la manzana, o andaban por las calles de la vecindad jugando futbolín, los chiquillos se sentaban a cierta distancia para mirar su comportamiento y luego imitar las poses de algunos. En los campamentos era muy esperada la llegada de los Retana, porque traían rifles de copas y balines, y mientras llegaba la noche planeaban los turnos de vigilancia y encendían una fogata. Toñillo Espinoza era tremendo y metía mucho desorden en los acomodos que hacían dentro de las tiendas, las cuales eran armadas colgando cobijas gruesas de las ramas de algunos árboles de limón y níspero.

Entre los niños había un código de honor para no pelear, decir palabrotas o irrespetar a las mujercitas que jugaban los mismos juegos, así es como Elsa, Elenita, Virginia, Roxana, Merceditas, Rosita, Yolanda, Giselle, Laurita, Gina y Polla, formaron parte de los grupos de juego en esa época. Pero el traslape que se daba entre ellos y los adolescentes cuando el juego o el espacio los hacían coincidir, hacía que se aprendieran muchos de los chistes pasados de tono que corrían como reguero de pólvora entre las inocentes cabecitas. Gerardo no olvida una conversación que tuvo con Orlandillo Villalobos y Fernandillo Rodríguez, ambos mayores que él, pero de los menores de la barra adolescente. Estaban encaramados en el palo de limón y Orlandillo se mandó un chile pasado de tono que Gerardo no rió porque no entendió, Orlandillo preguntó porqué no le había hecho gracia y Fernandillo, algo mayor y siempre de buen trato para los niños, explicó que se debía a la inocencia, lo que causó un poco de turbación en el chiquillo que menos entendía de esos términos.

Y es que esa inocencia era algo que obedecía a la forma de educar que tuvieron los padres de los Quesada, pues para nadie es un secreto que don Rafael, pasaba casi medio año lijando, pintando y armando dos troles y un triciclo que todos los años les traía el Niño a los chiquillos,… y ninguno chistó por la repetición del regalo. ¡Siempre eran nuevos y recibidos con alegría !

Con Tony Retana ocurrió algo una vez al regreso de uno de sus viajes, se había regado la bola de que si se golpeaba duro la cabeza podía volverse loco y ya una vez se había cortado un pedazo de lengua al bajar del cas; eso fue suficiente para que lo persiguieran los chiquillos lanzándole piedras a ver quien se lo apeaba en la jupa para confirmar los rumores. Miguel tuvo que hacer una prohibición expresa para que abandonáramos la lluvia de ataques contra el loco Tony. Los Retana tenían una prima que los niños deseaban fuera conquistada por Miguel, pero Inesita no venía al patio a jugar con nadie. También tenían tíos, entre ellos, uno que era la admiración de los chiquillos, porque era altísimo, bromista, tenía pistola y una vez mató un chancho de un balazo. Apenas salía al patio de ellos hacía el canto de un gallo y la chiquillada del patio de los Quesada corría hacia la cerca para asomarse entre las amapolas a ver al viejote, para quien no pasaban inadvertidos. Su nombre era Mario Retana.

Había tres tipos de trompos para jugar en forma solitaria o colectiva : trompos metálicos, extraídos de los motorcitos de carritos, que bailaban muy sabrosamente sobre el pulido mosaico del hall ; los de lata, artefactos sonoros y multicolores con un pie de hule y como del tamaño de una toronja, a los que se daba cuerda extrayendo una agarradera colocada sobre una varilla tipo tornillo ; y los trompos de madera.

Si se jugaba trompos de madera no les gustaba someter el trompo a los mecos y golpes del trompo rival, entonces, había que ver los pasarrayas que zumbaban por todo el terreno de junto a la casa. Había pasarrayas y sapitas negras para tirar y tirar hasta hacerse ampollas con el roce del manila. Don Rafael traía los trompos y el manila lo compraban en La Flor, en la esquina de la Porfirio Brenes. También se lucía bailando el trompo desde el piso hasta el techo del cuarto del piano; todos quedaban extasiados escuchándolo ronronear y surcar los canales del zinc hasta que se asomaba y caía… en la mano de su dueño, bailando.

A veces el centro de juegos se trasladaba a algún lugar de la vecindad, como el patio de los Verzola, principalmente el patio privado de las casas de alquiler, donde había piletas de lavado de ropa comunitarias y se escuchaba el rumor de los habitantes de ese montón de casas: los Mestayer (los Cocoros), los Chichos, los Flores, los Espinoza, pero había poco qué hacer en ese lugar. También era muy estimulante entrar al taller de los Carvajal, para jugar con las colchonetas de espuma que se usaban para relleno del tapiz de los muebles, con aserrín y para ver las láminas y el polvo de oro que usaban para decorar los bordes del tallado de la madera. A la casa de los Carvajal y a la de los Villalobos se iba a ver televisión, bañado, callado y quieto. Un lugar que ofrecía escaso interés era el play de La Dolorosa porque se chocaba con niños muy malcriados y había que hacer filas de espera para usar el tobogán o las hamacas. Sin embargo, ahí nacieron algunas amistades con los Láscares, Vander-Hans y Gino Morelli y podíamos ver las carcachas amarillo con negro de RadioTaxi, que tenía el garage al fondo del play.

La calle era utilizada muy de vez en cuando para alguna mejenga, pleitos de barras, ir a tocar timbres, atemorizarse viendo los carros fúnebres con caballos percherones o correr detrás de los carretores de caballo para colgarse de un triángulo metálico que tenían en la parte trasera.

Otro juego era el que les había enseñado el tío Arturo Mayorga, que consistía en trastrocar algunas letras del alfabeto y con ello hablar en el idioma Malespín. Cambiar la a por la e y viceversa, la i por la o, la t por b, m por p, etc, de tal manera que Gerardo Quesada Mayorga se dice Farerdi Quasede Peyirfe. Con mucho ensayo, resulta grandioso escuchar a los niños hablando en malespín.

GERARDO ENRIQUE QUESADA MAYORGA.

CLUBES DE LOS QUESADA MAYORGA

SYGMAR :

Sygmar fue un club de tipo social pues se fundó para coordinar los paseos y bailes de los jóvenes a mediados de los cincuenta. Hermelinda, Rafael, Francisco y Luis eran miembros, junto con Alfredo Bolaños, quien llegó a ser abogado y juez, magistrado suplente, Rigoberto Salas, quien más adelante llegaría a ser presidente de Siprocimeca, Mercedes Solórzano quien llegaría a ser Procuradora General de la República, Héctor Romero, Marvin Romero quien luego sería actor de cine, Diony Romero, Yalile Romero, Maggi Thompson, Luis Rodríguez quien anduvo como funcionario del A.I.D., Flor Mora. También estaban los Rojas: Carlos Luis Rojas, su hermana Lais y Vérnor.

El padre Vérnor es el párroco de la Dolorosa desde los años noventa y por cierto, hace algunas publicaciones muy valiosas como “Nuestra Iglesia”, revista trimestral de los Frailes Dominicos y publicó un libro: “Costa Rica en 1751” de mucho valor histórico; un “Estudio sobre la Provincia Dominicana de San Vicente de Ferrer de chiapas y Guatemala, escribe para el Anuario Dominicano del Instituto Histórico Dominicano de San Esteban, para los Cuadernos para la Historia de la Evangelización en América Latina, etc.

Los integrantes del Sygmar rotaban las diferentes casas de los miembros para hacer las reuniones.

Todos recuerdan cómo en el hall de los Quesada se bailaba una y otra vez el disco de merengues de Damirón, Mambos y los Cha-cha-chá más sonados del momento. Gerardo y Jose recuerdan que a veces esos sones no los dejaban conciliar el sueño, pues dormían en “la barraca de los vagos”, cuarto doble contiguo al hall.

Igualmente, recuerdan haber tirado más de una vez algún objeto al suelo para agacharse a recogerlo y de paso mirar hacia las piernas de las jóvenes, que usaban vestidos fruncidos al talle y con vuelos en la falda.

CAPITOLIO :

Luis fundó otro club, con sede en los altos de una mueblería que había frente al cine Capitolio, en calle central, avenidas catorce y dieciséis. Asistían los primos Simón Enrique y Eduardo Reyes Mayorga, Maggi Thompson Lara, Caleri, Byron el del Anglo, Carlos Esquivol y otros.

Se reunían los sábados por la tarde a jugar ping-pong, tablero, dominó, monópoli, bailaban, se echaban pulsos y organizaban paseos a Ojo de Agua y otros lados.

RANGERS :

Yamileth, María Consuelo y Miguel Ángel, pertenecieron al Rangers, club deportivo que nació como ligas menores del club de futbol BAL-DO CLUB (Barrio la Dolorosa). También asistían Machi Villalobos, Toñillo Espinoza, el Gordo Ronald Durán Gaitán, quienes eran entrenados por el Lic. Efraín Villalobos, el tata del Macho.

Tenían un uniforme anaranjado con adornos blancos. Todos recuerdan una vez en que fueron a un paseo a Villa Colón y alguien se subió a un árbol muy alto. Había que ver la congoja del muchachillo tratando de bajar del enorme arbolote. Tuvo que llegar Luis a idear un camino arriesgado pero de fácil tránsito, mediante el acercamiento de una rama de otro árbol cercano para ayudarlo a descender por él.

Además de los clubes, los Quesada organizaron orquestas y conjuntos musicales como, por ejemplo :

Rafael Arturo y Carlos Francisco, a principios de los cincuenta, hicieron una orquesta con la que amenizaban bailes de graduación. Don Rafael era el que les hacía los arreglos musicales a los jóvenes músicos.

Más adelante, Francisco integró un trío con “Arrugas” y Carazo. También se integró Efraín Guindos y el cantante era Antonio Incera.

Los mayores, Rafael Arturo y Carlos Francisco fueron muy allegados a la La Dolorosa, mientras que Yamileth de los Ángeles y María Consuelo integraron el coro de la iglesia. Por cierto, ahí conoció María Consuelo a Wilfried Jafet Mora Mora, con quien tuvo un prolongado noviazgo.

DEVOTA TRAVESÍA

Al leer esta crónica se podría pensar que los Quesada Mayorga eran santos, pero la verdad es muy otra, fueron dotados de principios fundamentales que les costaba mucho quebrantar … pero se daban algunas fisuras en el sistema.

La víspera de un 2 de agosto de la segunda mitad de la década de los cincuenta, Luis Felipe reunió en la casa a Carlos Pacheco, Afranio Valerio, Eugenio Ortega Vincenzi y otros amigos de secundaria, con la finalidad de salir de romería hacia La Puebla de los Pardos, de Cartago.

Cualquiera se podría imaginar que doña Consuelo se encontraba de un humor excelente, que iba y venía con tacitas de chocolate para los romeros y que se deshacía en consejos para que el aspecto espiritual fuera el eje de toda la travesía, que pensaba que quien más necesitaba efluvios espirituales era su propio hijo Luis, y que por ello trataba de influir en el resultado que se podía obtener de este viaje. Ella sabía que las apariciones eran una técnica de los Jesuitas para difundir la veneración a la Virgencita y que por ello en todo el mundo existen apariciones de imágenes de vírgenes negras, pero ello no obstaba para que fuera una fiel devota y creyente de los beneficios de las romerías y promesas que hacen los fieles.

El plan de viaje iba de maravilla hasta que apareció el hermano de Fernando Roldán, quien era apodado TaticaDios, Papá y quién sabe qué otros más. Estaban todos esperando el momento de marcharse, cuando Papá le dijo a Luis delante de doña Consuelo y los muchachos : -Luisito, ¿dónde tienen el agua bendita ? -y volviéndose hacia doña Consuelo, insistió en su delación- Doña Consuelo, regístrelos al salir.

Doña Consuelo pudo pensar que la broma del agua bendita era una mofa para hacerlos quedar como santulones, pero una vez que se le dijo que los registrara, se puso alerta, y mostrando su recelo, retardó su hora de acostarse hasta ver partir a los muchachos.

Pasaba el tiempo y el grupo no partía. En un descuido de doña Consuelo, Luis, que era el encargado de las “provisiones”, entró al cuarto de Rafael Arturo, quien se despertó, y tomó el paquete que había debajo de la cama para meterlo en la casa contigua, propiedad de la tía Rosa. El primo Alfredo le entregó una llave para que sacara las “provisiones” en cuanto quisiera.

Esa maniobra permitió que el grupo iniciara la marcha y doña Consuelo los despidió, encomendándolos a Dios, desde la puerta de la casa. Ellos marcharon hasta la esquina oeste, doblaron a la derecha, y al pasar frente a la Dolorosa, se internaron en la callecilla norte del Play. Doblaron al sur y al amparo de la malla del play, observaron el momento en que doña Consuelo cerró la puerta para irse a acostar. En ese momento, Luis corrió hacia la casa de tía Rosa, abrió y sacó las “provisiones” y alcanzó al grupo y se inició la devota romería.

Esas “provisiones” no eran otra cosa que un garrafón de vidrio color ámbar, lleno hasta el tope de guaro de contrabando conseguido por Luis en una saca de Sabanilla, mezclado con relleno de copetines Gallito y otros productos etílicos destilados.

Como el garrafón era pesado, cada miembro del grupo tenia que cargarlo, de poste a poste, momento en el que cada uno se embrocaba la panzona para dosificar el contenido en forma proporcional.

Era tanta la sed, que en Tres Ríos hubo que recargar la panzona con nuevos elíxires.

Nadie sabe cómo terminó la devota travesía, pero ese es el inicio, no hay que hacer mucho esfuerzo para imaginar el desastroso final de la cruzada.

EL DESFILADERO MORTAL

1960-1965

Para ingresar al selecto grupo de amigos del patio de los Quesada había que hacer frente a un proceso de prueba de habilidades, amor al honor y demostración de sangre fría.

Una de las pruebas preferidas era “el desfiladero mortal” la cual consistía en arriesgar la vida escalando a lo largo de una pared que se erguía sobre un profundo y oscuro precipicio.

Se llegaba al desfiladero mortal apoyándose en el tronco de un árbol de sauco que crecía a la orilla del precipicio. El árbol era de gran altura, con el tronco retorcido y siempre estaba lleno de flores blancas muy perseguidas para hacer infusiones.

A partir de ahí, había que escalar poco a poco, apoyando los pies en pequeñas salientes del farallón e introduciendo los dedos en pequeños orificios practicados por la erosión al desprender piedrecillas.

Se llegaba al temido “paso del terror”, en un sitio en el que las salientes para agarrarse eran más pequeñas y distantes y en el que había que hacer un esfuerzo enorme para guindar el cuerpo de manera tal que se pudiera pasar el pie izquierdo a la posición en que se encontraba el derecho , y así avanzar hacia el siguiente descanso, de lo contrario, se caía en las fauces del averno.

Luego se llegaba a una grieta en la cual había huecos más grandes, como para nidos de pájaro, en la cual había barrotes metálicos de los cuales poder asirse con más seguridad, así como cavidades más profundas para las puntas del pie.

A partir de esta grieta el terreno era nivelado, y se podía avanzar rápidamente, por debajo de una enorme saliente llamada El Riel de Luis.

Después, se llegaba a una esquina en ángulo de cuarenta y cinco grados, y el terreno se hacía más liviano porque el farallón presentaba una saliente permanente apta para asirse de ella a lo largo de este trecho. Igualmente para los pies, había sitios de fácil y seguro apoyo. Se podía observar extrañas inscripciones en las formas rectangulares que había en la pared.

Finalmente se llegaba a un terreno más frágil pero de fácil tránsito, pues había alambres de púas, cepas de amapola, arbustos de jocote y árboles de poró que proveían apoyo al aventurero. Ese tramo cubría una gran extensión que bordeaba el límite sur del abismo, hasta llegar a donde se podía abandonar la prueba, momento en el que el grupo decidía si aceptaba al postulante.

GERARDO ENRIQUE QUESADA MAYORGA.

COMBATE

1965-66

Al lado oeste del gran patio, erguidos, con fieras miradas se encontraban Ito, Róger y su indiscutible jefe y líder : Gerardo, y al oeste, fieros también, sus enemigos : Quique, Narciso y José. Los seis conocían al dedillo las reglas del juego : 1) contar hasta tres para, al unísono, parapetarse, 2) no se puede matar ningún contrario a menos de cinco pasos, 3) el que muere, debe alejarse, siempre escondido, a una distancia considerable del lugar de su muerte para salir y así no revelar el escondite del agresor, 4) quien muera ha de sentarse, callado, luego de anunciar fuertemente “me mataron”, arrecostado a las latas de la pared exterior de la cocina.

¡1,2,3.. !. Y un cruento episodio épico, lleno de realismo y emoción se inicia. Saber que Gerardo se encuentra en bando contrario es motivo de alta preocupación : la astucia, decisión, arrojo e inteligencia de este general amedrentaba a cualquier ejército. Pero había que enfrentarlo… ¡y vencerlo !. Muy pocas veces se logró este fin : su increíble pericia rayaba lo inverosímil : ¿cómo lograba subir al sauco sin ser visto ?, ¿cómo atravesaba del cas a “la vueltilla” sin que el enemigo lo avistara ?. Son interrogantes aún sin respuesta, y que a la postre, le brindaban la gran mayoría de las ocasiones, la satisfacción de ganar la guerra.

Largos minutos arrastrándose apoyados en los codos en busca del enemigo, el terror a ser visto y espiado sin saberlo tras un tronco, árbol grueso o simple matorral ; la satisfacción de acabar con alguien del bando contrario, y más aún, la de ganar la batalla, eran emociones altamente tonificantes, y llenaban de orgullo por el respeto que acreditaban.

En otras ocasiones todos estábamos bajo la misma bandera, combatiendo enemigos invisibles, la verdadera batalla consistía en las reparticiones de los nombres de guerra : Sanders, Caje, Kerby, LitleJohn, Nelson, Doc, todos los de la serie de televisión “Combate”. Los nombres más apetecidos eran los tres primeros, recayendo siempre en Gerardo, Narciso y José, no siempre en este orden. Repetíamos lo visto en T.V. o invenciones espontáneas llenas de emoción invadían el patio de los Quesada : lugar de privilegio en el Barrio La Dolorosa.

JOSÉ ALBERTO QUESADA MAYORGA.

Capítulo 5.

CONSUELO Y RAFAEL

Rafael Quesada Quesada, maestro de música de la Escuela Juan Rudín, dedicó su vida a tolerar a las personas, a dar lo mejor de sí para la fundación y consolidación de su hogar y a cumplir su trabajo docente como nadie, por lo que acumuló 20 años con calificación de Excelente hasta escalar a la primera categoría.

Dominaba el piano admirablemente y su esposa María Consuelo Mayorga Matus obsequió a sus diez hijos, muchos años después de la muerte del padre, un casete con once piezas ejecutadas por don Rafael, sin un solo error de ritmo o de tecleo. Esa grabación la hizo Yamileth con Ángel Boniche Boniche a finales de los sesenta.

Sin embargo, el primer instrumento que dominó fue la guitarra. Cuentan que un tío suyo tenía una, pero no se la prestaba. Una vez que el tío hizo un viaje a Puntarenas, dejó la guitarra al cuidado de doña Hermelinda Quesada Quesada, y en esa semana, el niño pudo tener contacto con el instrumento. Cuando el tío regresó, se sorprendió y preguntó cómo aprendía tan fácilmente.

Ya de doce años, los señores Repeto y LeFranc, reputados maestros europeos que le dieron clases, recomendaron enviarlo a Francia, pues ya no le podían enseñar nada, el alumno había superado al maestro, pero doña Hermelinda expresó : -Antes de que llegue a Limón estaré muerta.

Consiguió trabajo en la Librería Lehmann para poder tener acceso a la compra de partituras musicales para piano y así auto instruirse, pero finalmente tuvo una decepción, porque un día, en la hora de almuerzo, al patear un balón rompió un vidrio del frente del edificio, por lo que su salario se vio muy afectado mientras pagaba la reposición del ventanal.

Voluntariamente se presentó ante don Antonio Lehmann para reportar el hecho y accedió a que se le rebajara del sueldo el valor del vidrio.

Además, su tenacidad lo llevó a aprender la mecánica del instrumento de una manera admirable, por lo que podía reparar y afinar pianos en forma competente, inclusive, fabricando martinetes y otras piezas que costaba conseguir en el mercado

Esa habilidad mecánica era manifiesta en otros menesteres, como la reparación de los troles y la fabricación de juguetes como trencitos de tuquitos. Los hijos mayores recuerdan cuando solucionaba el problema de que les crecieran los pies y les maltrataran los zapatos, pues cortaba el cuero de la punta y los dedillos dejaban de sufrir pues sus zapatos se convertían en cariocas. Y es que esa habilidad práctica para las cosas provenía de su actitud práctica ante la vida, un carácter especial para enfrentar contratiempos que muy bien se puede apreciar con la lectura de unos episodios que escribió Luis Felipe, sobre Mi Personaje Inolvidable.

Esa personalidad, reforzada por su amabilidad y honradez, crearon una reputación que no conocía fronteras y sus hijos son los principales testigos, pues ellos pueden contar el montón de ocasiones en que vieron un cambio de trato hacia ellos o la apertura de puertas en el instante en que las personas se enteraban de que eran hijos de don Rafael.

Paz, respeto y amistad entrañable eran sensaciones que cualquiera sentía junto a don Rafael, por eso era buscado por todo tipo de personas en demanda de pequeñeses que solo él podía atender con paciencia suprema. Se le veía buscar entre sus folders y folletos de partituras alguna hojita que le había pedido una monjita o haciendo largas copias musicales en pentagramas que él mismo trazaba, pues alguien quería una pieza para estudiarla. No se le veía cobrar por esos favores ni por otros de mayor envergadura ; lo único que le permitía ganarse un cinquito era amenizar las asambleas escolares, pues se tenía que hacer acompañar de otros colegas a manera de orquesta de cámara, entre ellos don Edgar Molina con su saxofón, Bernardo Ortega con su fagot, …..

Además de su bondad, tuvo otros aliados para desempeñar su labor educativa en las Artes Musicales, como lo fueron el piano, instrumento que conocía hasta en sus más pequeños intersticios y doña ReMiFá, pequeña reglita de bambú y luego batuta de cristóbal con la que no sólo llevaba el compás sino que también utilizaba para marcar el ritmo como medida disciplinaria en las cabecitas de los alumnos que distorsionaban el orden.

Del diario de Gerardo, en febrero de 1984 podemos extraer algunas expresiones sobre don Rafael, en de frases sencillas y cargadas de emotividad :

Miércoles 22: hoy, dado que Mónica pasó mal noche donde los abuelos, no vamos a ir al Parque del Este, en San Rafael de Montes de Oca, lugar que para mí significa mucho porque ahí íbamos a veranear todos con Papá.

¡Qué bonito sería poder ser una repetición de como fue Papá como padre !. Yo sé que la mayoría de las personas dicen “cómo fue mi papá”, todos alaban a su padre, todos reconocen en su padre a alguien muy bueno, muy especial, etc. ; pero en mi caso lo confirma la opinión general de las personas que lo conocieron, que fueron sus alumnos, compañeros, los padres de familia, etc., que no pueden ser más convincentes. Cuando hablan de él es como si acariciaran algo muy pequeño que guardo dentro de mí, me llegan muy hondo y acepto esas palabras como verdades que con mi propia experiencia no puedo negar porque viví junto a él y sé de qué fue capaz. Siempre suave, sobrellevando a escondidas todos sus problemas y siempre pendiente de los de los demás. Constantemente recurro a su recuerdo, él es mi guía, se encuentra dentro de mí y a mi alrededor y a la vez tan lejos, que por más que lo imite no lo alcanzo. Me identifico con él cuando tomo un libro viejo como “La educación del Ciudadano Completo”, “Historia Natural de Reimbach”, y muchos otros más que posiblemente contribuyeron a su formación.

“No, que no descanse en paz. Que no descanse en paz, su cuerpo ya mineral feraz, flor de la tierra. Que no descanse en paz su voz ahora inefable, aquella exhuberante voz de mariposa que libaba mieles y dolores y sonaba tan como suena la verdad, tan como saben la vida, las auroras, las corrientes de agua. Que no descanse en paz su eterno, suave grito, su cariñoso, humano, entero corazón… Que descanse en nosotros (Fabián Dobles).”

17 junio 1984.

La música que me acompaña mientras escribo estas letras es nada menos que la que tocó Papi en el piano de Yamileth y que ésta grabó hará unos 12 años, en la sala de estudio de la casa 36-E del Barrio la Dolorosa.

A propósito del Día del Padre “y para que sea como una oración por él”, nos lo puso Mami a todos (menos Federico, que no llegó) para motivar la reunión de socios de Inverque, S.A., y para obsequiarnos uno a cada uno.

¡Qué conmoción causó esa música entre nosotros !. A los primeros acordes lo reconocí y ya no fue posible que me dejaran de salir lágrimas hasta el final de las 12 piezas (más o menos). Lo mismo Paco, que corrió a abrazarse a Mami y Jose, que quedó llorando bastante rato después. Todos lloramos, recordando aquel hombre tan dulce y centrado, suave con todos y aferrado al trabajo, decente, bueno. El próximo 24 se cumplen 10 años de su muerte.

Una noche de 1972 Yami y Angel Boniche se encerraron a grabar a Papi en la grabadora de Linda y gracias a Dios ahora podemos imaginar hombrecillos vestidos de negro, con zapatos brillantes, chaleco y reloj de cadena, bastón, bigotes y patillas, y por sombrero una tártara, junto a mujeres de trajes bolados, hasta el piso, sombreros adornados por encajes y plumas, y acompañadas de pequeñas e inútiles (de tela) sombrillas, paseándose por las aceras de calles empedradas, o transitando sentados cómodamente en el asiento trasero de una volanta con farol y percherón, que son las imágenes que evoca nuestra mente inmediatamente… y también a él, posiblemente con pantalón oscuro y camisa blanca, de mangas arrolladas, con antebrazos cubiertos de recargadas venas, que finalizaron en manos proporcionadas, fuertes y delicadas, aptas para volar pala como para deslizarse por el teclado, con la misma destreza y precisión que un campesino y un ciudadano, con sus lentes de aros gruesos y oscuros, y sus vidrios gruesos y transparentes que no pudieran ocultar esa mirada franca, apasible, acogedora ; así como su pelo negro, largo, hacia atrás, cubriendo toda su cabeza, cobijando su inteligencia y su bondad ; rematando todo por los muebles y cosas del hogar, conseguidos a través de muchos años, años de trabajo honrado y noble en la Juan Rudín, años de esfuerzo, años de entrega. “Caer sin haber temblado vale tanto como vencer. Víctor Hugo.”.

Este día sentí que algo se derramó sobre nosotros, el amor, una paz consoladora, él ; ahora lo tendremos junto a cada uno, para gozarlo, para imitarlo, como juego y como meta, lo cual indudablemente mejorará nuestras vidas personales. “Nuestra vida no es solo nuestra, es también de los que nos aman. P.Muñoz Seca.”.

Sonia, Mónica y Raquel estuvieron, mientras la reunión del parqueo, en el play de la Dolorosa y luego fuimos a Pizza Hut (costado del Bancosta) a celebrar mi día. Luego a casa.

En la tarde, mientras ellas fueron a San José con don Miguel Guzmán a comprar lotería, escuché nuevamente el casete, lo mismo en la noche, cuando la Negra me lo pidió, sorprendiéndonos Mónica, quien lloró durante todo el tiempo que duró la música. ¡Y eso que nació 2 años después de que Papi muriera ! ; pero en su corazoncito ha acumulado cariño hacia ese gran recuerdo que tenemos y ya Papi ocupa un lugar en ella…

LA PACIENCIA Y COMPRENSIÓN DE DON RAFAEL

1962

Era don Rafael amante padre y esposo y su gran afición era pasar el mayor tiempo posible en su casa, con su familia. Asistido por estos sentimientos, soslayaba inobjetablemente todo compromiso e invitación de carácter social y ya hacía bastante tiempo, desde que se casara en 1936, que había, de forma amable, cualidad que lo caracterizaba, pero categórica, hablado a sus amigos para solicitarles que no tomaran más en cuenta para fiestas o serenatas o para cualquier otro evento que lo alejara de su casa.

De esta manera se había despedido de su vida de soltero para dedicarse, primero a su esposa y con el tiempo, a su hogar.

No hubo enojos ni resabios por parte de sus amigos, pero no está por demás anotar que se retiraron y nunca más volvieron a buscarlo y a tocarle la puerta, de no ser para algo realmente importante. Y toda vez que se dio de esta manera, invariablemente los recibió con toda gentileza en su sala, brindándoles toda la atención y amistad por el tiempo que fuera necesario. No perdía fácilmente la dulzura de su carácter y la ecuanimidad ni su aplomo. Conservaba siempre el dominio de su persona y era gentil y amable, teniendo siempre para todo el mundo una sonrisa, que le sobraba por ahí.

Prueba de ello es la ocasión en que, como dijera Gardel, cuando las nieves del tiempo habían blanqueado sus sienes, le solicitó a José, el menor y último de sus hijos, con su habitual respeto y cortesía, le hiciera el favor de ir a comprar pan para, como decía él, darse una cafeteada ; José, solícito, y siendo ya un adolescente, salió en carrera para la panadería que se encontraba cuando mucho a cien metros de la casa.

En tanto esperaba, don Rafael se había servido un humeante café en el sitio que le correspondía en la enorme mesa de su comedor.

Esperó pacientemente y de sorbo en sorbo, se fue tomando la bebida hasta acabarla, … y el pan, llegó al fin, sólo que cuando había adquirido la condición de añejo.

-¡Diay !, papi -se excusó José con su padre al encontrarlo a su regreso- me quedé conversando con unos amigos ahí a la vuelta.

Efectivamente había sucedido así. El muchacho, al encontrarse a sus amigos, se había olvidado de la encomienda.

Don Rafael entonces, con una sonrisa y sin el menor asomo de disgusto, le replicó, con un tono de voz lleno de cariño :

-José, usted se fue a traer el pan cuando estaba apenas en el kinder y regresó con él ya de bachiller.

Los tiempos que corrían cuando pronunció esta famosa e inolvidable hipérbole, compañera de muchas otras que pronunciara a lo largo de su vida, eran aquellos en los que ya no había cupo para otro hermano en el cuarto grande.

LUIS FELIPE QUESADA MAYORGA.

¡CÓMO TRANSFERIR LA SABIDURÍA?

Cuenta Luis que la forma metafórica de decir cosas era algo que hacía que don Rafael se ganara a las personas y al público, pues ese recurso le permitía profundizar en el corazón del interlocutor sin causar molestias de ninguna especie; la idea era contar un cuento aleccionador que tuviera sentido ante la observación de algún hecho, manía o error del mismo.

Luis había traído unos arbolitos de ciprés, de Coronado, que crecieron aceleradamente, por lo que su sombra comenzó a causar daño a los otros arbolitos del patio; entonces don Rafael le dijo que los cortara a la mitad y les pusiera un tarro en la cima para que no se pudrieran y crecieran hacia los lados.

Una vez cortados, se sentaron sobre un tronco a observar los trozos caídos y los trozos en pie, y don Rafael comentó: – Si no los hubieras traído de la montaña, el cucurucho de ese ciprés estaría internado entre la niebla, momento en el que don Rafael inició una fábula:

-“Una vez, la niebla y la vergüenza se encontraron el medio del bosque y se saludaron:

-Hola, niebla.

-Hola, vergüenza, tanto tiempo sin vernos.

Se sentaron entre la floresta y preguntó la niebla:

-¿Qué hora será, vergüenza?.

-Está pronto a amanecer, respondió la vergüenza.

-Me voy, viene mi enemigo, dijo la niebla, hasta luego.

La vergüenza dijo: -quédate.

-No, ya viene el sol.

-¿Cuándo nos volvemos a ver?, -dijo la vergüenza.

La niebla dijo: -si me buscás en el verano, hacélo al pie de las mesetas, pegada al césped; si lo hacés en invierno, en los altos picos de las cordilleras.

-¿Y yo, cómo hago para buscarte a vos, vergüenza?.

La vergüenza se volvió, pálida y muy seria y dijo: -Si hoy me pierdes, ya nunca más me encontrarás.”

El relato salió a raíz de que las puntas del ciprés una vez pudieron alcanzar la niebla si no hubieran sido trasladados desde la montaña al barrio La Dolorosa, pero sirvió para aconsejar a Luis sobre la pérdida de la vergüenza.

LA JUSTICIA DE DOÑA CONSUELO

Allá por 1960, el Niño les trajo a José Alberto y a Gerardo Enrique unas manillas y una bola de beis, posiblemente por parte de alguno de sus hermanos mayores, y a primera hora del 25 de diciembre corrieron a estrenar el equipo.

Ellos se imaginaban como grandes lanzadores haciendo curvas y como grandes receptores atrapando cuanta bola se les aventaba. Se colocaron en el frente de la casa, Jose en la cera del frente y Gerardo junto al poste.

La primera bola que lanzó Gerardo fue sobrada, por más que Jose brincó y estiró su manilla, siguió volando rauda hasta hacer añicos el vidrio de la casa de enfrente.

Ellos corrieron hacia dentro de la casa. Su mamá estaba doblada en la Singer, cosiendo alguna prenda, y escuchó el relato de los niños sin dejar su labor. No más habían terminado de hacerle el comentario, sonó el timbre de la casa y tuvo que ir a abrir la puerta nada menos que a la vecina de la casa de enfrente, quien venía a dar la queja. Los niños se agarraban a las faldas de la mamá, escuchando las quejas de la vecina, y escucharon también cuando su madre ofreció esperar al esposo para tomar las medidas y comprar e instalar el vidrio roto.

La vecina, extrañada de que los niños no estuvieran llorando ni fueran regañados, preguntó cómo los iba a castigar por la fechoría, a lo que doña Consuelo contestó que ellos le habían contado lo ocurrido y no veía culpa de ellos en ese acto, para ella era accidental y había sido satisfecha con el simple hecho de que corrieran a reportárselo en forma honesta.

GERARDO ENRIQUE QUESADA MAYORGA

RECUERDOS DE LOS ABUELOS

Querida abuelita Consuelo :

Sobre ti, abuelita Consuelo, hay muchos recuerdos presente en mi memoria, que espero no se desvanezcan con el tiempo. Empezaré con los recuerdos de la “casa vieja”, la casa de la Dolorosa.

Para aquellos días yo tenía tan solo tres años, recuerdo vagamente algunas partes de la casa pero hay un recuerdo permanente en mi memoria y es una famosa grada que había antes de llegar al comedor, la recuerdo por los innumerables golpes que me llevé tratando de bajar o simplemente bajándola, tal vez la grada no era grande pero para una niña de esa edad era casi un precipicio.

El cuarto de música es lugar del que tengo gratos recuerdos ; me veo sentada en un montón de música en medio de los pocos primos que éramos en ese momento, escuchando al abuelito enseñándonos la canción “El caballito”. Algo muy importante es que debemos tratar de pasar esa canción a las generaciones de ahora porque ellos tuvieron la suerte o más bien la dicha de conocer al abuelito Rafael, cariñosamente como nosotros le llamábamos (de quien hablaré luego).

Lindo Caballito

TENGO UN LINDO CABALLITO

QUE ME RAGALÓ PAPÁ.

YO LO QUIERO, YO LO ESTIMO

PARA MÍ NO HAY NADA IGUAL.

MI CABALLO ES DE CARRERA,

ES VELOZ Y SALTADOR

VOY CON ÉL POR

DONDE QUIERA

CAUSANDO ADMIRACIÓN.

Otro recuerdo que tengo de la casa vieja es el tobogán que estaba cerca de un gran árbol, al cual, tío Gerard colocó un colchón para que al tirarnos no dejáramos el tracerito en el hueco que había al terminar el tobogán. Sé que al final del gran patio había gallinas encerradas entre una malla o cedazo.

Lastimosamente al haber estado tan pequeña y tan poco tiempo en la casa de la Dolorosa, mis recuerdos son pocos. Alguien a quien no olvido es al abuelito ; todavía lo veo como una fotografía en mi mente, siempre vestido de pantalón negro, camisa blanca y sus anteojos de aro negro, sonriente y muy cariñoso. Todavía recuerdo cuando venía a nuestra casa a cuidarnos, ya que venía a nuestra casa a cuidarnos porque papi tenía que ir de giras con el banco y efectivamente eso hacía, se sentaba en un sillón de la sala con un machete en mano y pasaba toda la noche ahí, aunque se le arreglara una cama para que descansara… es más : era mi cama la que mami le arreglaba a él. A veces se levantaba una a media noche y ahí estaba sentado… sosteniendo el machete, viendo hacia la ventana, sin siquiera titubear un segundo. Siempre que venía de visita nos traía chocolate y caña de azúcar, algunas veces hasta me trajo muñecas para recortar o un librito de pintar para que trabajara en las tardes ; era difícil ver al abuelo venir sin un regalito. Muchos años después de su muerte nos dimos cuenta que en muchas ocasiones que vino, lo hacía a pie porque no tenía siquiera los pases para el bus. ¡Venir desde la Dolorosa hasta Moravia para ver a sus nietos !, solo un abuelo excepcional podía hacer eso. El era demasiado bueno para que estuviera con nosotros.

Abuelita Consuelo vivió un tiempo con nosotros ; es más, durmió conmigo todo ese tiempo. Cuando íbamos a dormir siempre se ponía Bairún por todo el cuerpo, ¿para qué ? , no lo recuerdo pero como yo estaba siempre con ella al acostarse también me lo puse más de una vez. Al quitarse las medias las iba enrollando hacia abajo para que no se le rompieran ; al ponérselas, se hacía un nudo en la parte superior ya que en el tiempo que vivió aquí nunca usó panty hasta la cintura. Otro recuerdo que tengo es verla lavando los trastos de la noche y es que a mí me tocaba hacerlo y ella, para que yo no lavara de noche, se ofrecía a hacerlo ; el único inconveniente que siempre tuvo fue que dejaba fregadero, escurridor de trastos y piso inundados de agua. Claro, que para mí eso era insignificante, con tal de no lavar y no me molestaba secar los reguerillos del piso.

Muchas veces me contó de las bailadas que se daba cuando joven. Iba con abuelita Carmen y tía Gloria a los salones de baile que en esas épocas eran muy finos. Me contaba sobre cómo había sido papi chiquito, cuando alistaba desayunos, almuerzos y café para la gran cantidad de visitantes que siempre tuvieron en la casa.

Recientemente me contaba sobre las grandes lavadas de topa que tenía que darse, la cantidad de leche que compraban por semana, las horas que duraba aplanchando la ropa para el día siguiente, algunas veces hasta las dos de la madrugada, para luego levantarse a las cinco y comenzar nuevamente con las labores del hogar y las super horneadas de pan. Incluso cómo ahora iba a algún lugar y la persona que la atendía era muchas veces gente a la que cuando era chica le dio de comer en la casa, preguntándole sobre alguno de los hijos o haciéndole reconocimiento por su gran labor de madre, esposa y abuela. Fue triste ver cómo una enfermedad cambió a una persona inagotable, entregada a su labor, activa, alegre y cariñosa. Siendo junto al abuelito la raíz de una gran familia que ha crecido enormemente y se ha multiplicado a través del tiempo y lo seguirá haciendo por un sin fin de tiempo.

Te quiero agradecer por todo lo que me enseñaste a través del tiempo, y sobre todo por haber dado a luz a un hijo maravilloso que resultó ser un gran hombre, esposo y sobre todo padre, Rafael Arturo.

Por todo eso y por las pequeñas cosas que haya olvidado mencionar, te doy las gracias. Espero que algún día podamos reunirnos, el abuelito, vos y yo. No te olvidaré.

MARÍA GABRIELA QUESADA REYES.

RETAZOS

Hermelinda recuerda que al empezar a trabajar en docencia leía el texto preparado para sus clases a doña Consuelo, como una forma de ayudarse y ella siempre tuvo la paciencia de escucharla cada vez mientras realizaba la labor diaria del hogar.

Yamileth cuenta que en el colegio Corazón de María, en las asambleas, las monjitas colocaban dos o tres bocadillos o galletas en cada servilleta para la recepción final del cuerpo docente. Una vez, alguna estaba poniendo muchos bocadillos en una servilleta y la superiora indagó el porqué. Al saber que era para don Rafael, dijo: -échele más.

Al iniciar su carrera docente, a los dieciocho años en la escuela García Flamenco, todas las semanas había una asamblea dedicada a cada nación del continente. Cuando llegó la ocasión a Perú, no se sabía el himno que debía interpretar. Como pudo, llamó a la escuela Juan Rudín y don Rafael le dijo, -no se preocupe, usted comience la asamblea. Al ratito lo vio aparecer en el salón, pues había pedido permiso, había conseguido el libro con la partitura correspondiente y había caminado tranquilamente los quinientos metros que separan los dos centros docentes para ayudar a su hija. Él mismo tocó al himno a Perú.

Sin haber definido su vocación, llegó la hora de entrar a la universidad. Doña Consuelo le dijo: -usted matricúlese por mientras tanto (provisionalmente) en Profesorado de Música y luego, al conocer el ambiente universitario definirá su vocación. La visión de ella fue apropiada, pues la carrera seleccionada fue esa misma.

Miguel Ángel recuerda que cuando uno estaba enfermo sentía la presencia de doña Consuelo junto a uno. También recuerda cuántas veces se cayó el tendedero de ropa y cuántas veces don Rafael lo reparó en forma “provisional”.

José Alberto dice que cuando perdió el tercer año en el Liceo de Costa Rica lo comentó con doña Consuelo porque la creía responsable de ello. Ella lo regañó un gran rato y lo mandó donde su papá.

LLegó llorando don él. Estaba acostado en la cama de abajo de un camarote.

-Papi, me quedé.

-¿Y eso le preocupa?, -dijo casi sin moverse- ¿Sabé qué, papito?. El año entrante dan tercero en todos los colegios del país. José se puso los anteojos y salió al patio.

Capítulo 6.

LOS HIJOS QUESADA MAYORGA

…………………………………………….Vea más fotos de los Quesada Mayorga.

1. HERMELINDA DE LOS ÁNGELES :

De la obra Los Pequeñines Quesada Mayorga, escrita por Yamileth, se extracta esta anécdota sobre Linda :

“Todos los niños expresan palabras que revelan sus capacidades de observación, intelecto y memoria, pero se desvirtúan u olvidan cuando los niños crecen, y se desvanecen. Yo he tenido la oportunidad de ser testigo de este tipo de episodios de mis hermanos menores y conozco otros de mis hermanos mayores que me fueron contados por Papá, Mamá o la tía Rosa, la cual nos visitaba a diario.

Una anécdota muy hermosa de mi hermana mayor, Linda, me la contó tía Rosa : Linda era una niñita de un año de edad ; Rosa fue a la pulpería de la esquina -Almacén “Las Olas”- y llevó a la niña ; en una fracción de segundo, ella se soltó de la mano de la tía y se acercó a ver algo en la orilla del “caño” ; Rosa la llamó : -Venga, paloma, no se aleje”, -y la chiquita respondió, regresando : -Yo no a´llama paloma”.

El tiempo siguió su marcha. Pasaron algunos meses. Una tarde de verano estaban las dos, Rosa y Linda, mirando el paisaje por la ventana de la cocina, y en eso, pasaron volando alegremente una bandada de aves con plumas de colores.

¿Qué son ?, -preguntó la niñita, y la tía respondió : -Son palomas de Castilla. Entonces dijo Linda : – ¡ Yo sí a´llama paloma !. “

YAMILETH QUESADA MAYORGA.

Hermelinda vive actualmente en Sabanilla de Montes de Oca.

2. RAFAEL ARTURO :

Todavía era un niño pequeño y aún no había hecho su ingreso en la escuela primaria. Desde hacía un año estudiaba el piano con el maestro Quesada, don Rafael, su papá.

Estudiaba con disciplina y dedicación y era, además, poseedor de un extraordinario don musical. Pese a su corta edad no era fácil distraerlo de sus estudios y cumplía con las lecciones que de tarea, le dejaba su padre a diario antes de ir a impartir sus enseñanzas.

Esto ocurría en el seno del hogar que formaba don Rafael Quesada con su esposa doña Consuelo Mayorga, en el josefino y muy tranquilo Barrio La Dolorosa.

Un día se encontraba el pequeño pianista sentado en la grada de la puerta de la casa, cuando un vecino que pasaba por la acera se detuvo ante él y, haciendo mímica con sus dedos como quien toca un piano, le preguntó : – ¿Cómo le va con el ….. piano ?.

El niño Rafael, pues se llamaba igual que su padre, le contestó que muy bien ; pero a la vez, levantando sus pequeñas manos y colocándolas frente a su boca, como quien toca un instrumento musical de viento, le preguntó : -Y a usted, ¿cómo le va con el ….. ?

El niño escuchaba desde su casa al señor cuando éste ensayaba con su instrumento. De forma intuitiva pudo adivinar que se trataba de un instrumento musical de viento, que se hacía sonar soplando y no recorriendo el teclado.

No se equivocó, sin saber cómo podía llamarse el instrumento que oía y había dejado tronchada su pregunta, pero la mímica fue lo más elocuente.

El vecino ostentaba el título de primer saxofón de la Orquesta Sinfónica Nacional.

LUIS FELIPE QUESADA MAYORGA.

Este mismo episodio aparece en Los “pequeñines” Quesada, escrito por Yamileth Quesada, y lo transcribimos a continuación junto con otra anécdota del mismo documento:

De mi hermano Rafael me contó Papá que una vez, al regresar de su trabajo en compañía de un vecino que tocaba el saxofón, encontraron al niño, que tenía escasos 2 años de edad, sentadito en la grada esperando a papá.

El señor, al verlo, le preguntó : -¿Cómo le va con el … ? -y agitó las manos en el aire como tocando un piano imaginario ; entonces el niño le respondió : -¿Y a usted cómo le va con el … ? -y se llevó las manos al frente, una arriba de otra, moviendo los deditos como si tocara saxofón. Lo asombroso de esto es que el niño nunca lo había visto tocar, ni siquiera conocía un saxofón ni otro instrumento de viento ; solamente lo escuchaba tocar desde nuestra casa.

De este mismo niño, me contó Mamá que tenía apenas 3 años de edad, cuando la familia contaba con los servicios de una señora para la limpieza, lavado y planchado. Una mañana Mami estaba vistiendo al niño, cuando él le dijo : -Usted me aplanchó la camisa. -Ella, con curiosidad, le dijo : -Si, ¿porqué lo sabés ?. -A lo que él contestó : -Porque está bien planchada.

YAMILETH DE LOS ÁNGELES QUESADA MAYORGA.

Rafael Arturo vive actualmente en Los Colegios Norte de Moravia.

Nos escribe:

a. ANOCHE SOÑÉ….

Que modificaba el sistema educativo. Que los nuevos programas para las enseñanzas Primaria y Secundaria eran diseñados para enseñar, para que los estudiantes aprendieran, y para inculcar y reforzar los principales valores que han regido a la sociedad costarricense: disciplina, respeto por las personas y las leyes, honradez, deseos de superación, cortesía, ética, etc., porque los costarricenses ya sabemos que la solución definitiva para todos los problemas que hoy nos agobian está en la educación de nuestros niños. Que establecía convenios con colegios y universidades para que a los estudiantes brillantes que fueran detectados en Primaria y Secundaria, se les concedieran becas de modo que pudieran continuar sus estudios sin ninguna limitación. Que revisaba con las universidades los programas para la formación de docentes, y para seleccionar a los candidatos con verdadera vocación. Que luchaba por ajustar el salario de todos los docentes, para reconocerles su categoría como profesionales, que es lo que hacen en todos los países desarrollados en donde se concede a la enseñanza y a quienes la imparten, la importancia que tienen. Que obtenía los recursos necesarios para dotar a los centros de estudio de todo lo que requieren para cumplir con su cometido: pizarras, materiales, etc, para que a los comedores escolares no les falte nada, y para solucionar el vergonzoso estado en que se encuentran muchos: sin cielo raso; sin pupitres; con goteras; sin agua; con servicios sanitarios que producen repulsión; con falta de aulas; etc. es decir, soñé que cumplía con mi deber.

Sí, han acertado. Soñé que era el Ministro de Educación.

b. DURO CON LOS CORRUPTOS.

La avalancha de corrupción que están exponiendo los medios de comunicación nos produce vergüenza e indignación. Aunque no se trata de algo nuevo, sí indica que se está llegando – o se ha llegado ya- al nivel más bajo de descomposición moral. Hemos llegado al fondo del abismo. El cinísmo que muestran los implicados, derivado de la impunidad de que hasta hoy han disfrutado, es una bofetada que asestan a la decencia que siempre ha distinguido la conducta de los costarricenses. Todos esperamos que el Ministero Público y los Tribunales actúen sin contemplaciones, que nos devuelvan la fe.

Los costarricenses no merecemos esto. El pueblo de Costa Rica es sano. El pueblo de Costa Rica es bueno.

Un tico de la nueva Costa Rica

c. ADELANTE COSTA RICA…….

La publicación de las actuaciones corruptas de tres ex-presidentes, de otros funcionarios públicos y de empresarios privados, nos ha extremecido y llenado de indignación y de vergüenza. No debemos, sin embargo, pensar que esto es nuevo. Lo nuevo, y lo importante, es que se han destapado y se han hecho del conocimiento público. Posiblemente, si se revisaran actuaciones en otras administraciones, y la negociación del TLC con los Estados Unidos, surgirían también sorpresas.

Lo saludable es que la corrupción será exhibida de ahora en adelante y que los corruptos serán enjuiciados. No nos quitarán ni nos destruirán Costa Rica. Esto que está ocurriendo ha puesto de manifiesto también, las enormes reservas morales y democráticas con que contamos los costarricenses. El repudio y la ira con que casi sin excepción, los ticos hemos reaccionado ante la desfachatez y el cinismo de todos estos corruptos, es la mejor muestra de que sí podremos sortear este triste episodio y enrumbarnos hacia la nueva Costa Rica. Sí podemos cambiar de actitud y comenzar cada uno a actuar de manera que la suma de nuestros actos corresponda con la Costa Rica que queremos. Sí podemos cada uno hacer las cosas bien. El legado de patricios como Juan Mora Fernández, Braulio Carrillo Colina, y todos los que con sus actitudes y actos nos hicieron lo que hoy somos, no ha muerto. Ha estado adormecido por la manipulación y las matráfulas de que hemos sido objeto por parte de los politiqueros, pero hoy ha resurgido fresco y fuerte para pararlos en seco y decirles NO MAS.

La nueva Costa Rica no es inaccesible. Tenemos las bases morales y un enraizado espíritu democrático que no permitirán desviaciones. Somos un pueblo sano. Somos un pueblo bueno. Caminemos todos, llenos de esperanza, hacia esa nueva PATRIA.

ADELANTE COSTA RICA!!!!

Un tico de la nueva Costa Rica

d. LA COSTA RICA QUE NO QUEREMOS.

Producto de las acciones de muchos, y de la indiferencia o de la imposibilidad de hacer algo, de la mayoría de los costarricenses, casi todas las actividades de nuestro país se han venido deteriorando a lo largo de los últimos 30 años. Sistemáticamente, nuestras estructuras han sido atacadas por corruptos y delincuentes, políticos irresponsables, y por muchas acciones de otros que se han traducido en un relajamiento de las costumbres y en un menosprecio por los valores. La situación ha llegado al punto en que en lo legal, en las costumbres, en la educación, en las actitudes, y en casi todo, estamos viviendo del cascarón de lo que llegó a ser el país hasta la mitad del siglo pasado. Hoy, tristemente, nuestra nación se caracteriza por:

– políticas del “pobrecito” y del “facilismo” implantadas por el M.E.P.

– negativa y oposición de muchos padres a que los estudiantes sean revisados en busca de armas

– estudiantes que no quieren estudiar

– una falta total de seguridad cuidadana y a la vez, de total impunidad con que actúa la delincuencia

– la facilidad con que el sistema judicial pone en libertad a todo tipo de delincuentes

– asesinatos que día a día aumentan sin que las autoridades logren nada

– una avalancha de inmigrantes ilegales y de delincuentes internacionales, a quienes más bien se les facilita el ingreso al país

– una ausencia de valores en el comportamiento de muchos compatriotas

– la práctica de muchos de lanzar basura a las calles

– el comportamiento de la mayoría de los conductores de vehículos

– oficiales de tránsito que aceptan sobornos

– falta de cortesía y consideración en el trato diario de muchos de nosotros

– la destrucción de los bosques y la contaminación de las fuentes de agua

– politiqueros que sólo piensan en los intereses de sus partidos, de sus socios, y en los suyos propios

– una Asamblea Legislativa que es ejemplo de politiquería, de ineficiencia, de cómo se debe perder el tiempo, y de como se despilfarran muchos millones de colones en dietas, asesores, viajes , en forma totalmente improductiva

– un saqueo sistemático y organizado de los fondos públicos en un ambiente de impunidad

– el estrangulamiento y saqueo a que están siendo sometidas instituciones como el ICE y el AYA por parte de los gobiernos, lo que ya no les permite cumplir con sus obligaciones con los ciudadanos

– la desfachatez y el cinísmo de muchos funcionarios públicos que, denunciados públicamente por actuaciones incompatibles con sus cargos, o por corrupción, se mantienen en sus puestos, y no pasa nada

– el descaro con que los gobiernos desvían los fondos que pagamos para la reparación y el mantenimiento de las vías, y deja que se deterioren cada día más

– la inmoralidad de los políticos que crean “organizaciones paralelas” en las campañas políticas para esconder contribuciones ilegales o de dudosa procedencia, y no pasa nada

– la indiferencia con que los gobiernos permiten que muchos millones de colones se esfumen anualmente por medio de incentivos, organizaciones cuyos logros nunca se conocen, fundaciones, ajustes de costos de obras, obras que nunca se concluyen, compra de terrenos y lotes, evasión de impuestos en aduanas, etc, etc

– una administración de la CCSS que para este año, según un reportaje del diario La Nación, tiene previsto invertir más de l6000 millones de colones en la compra de servicios privados: radioterapia, oftalmología, resonancia magnética, y que ha destinado 70000 millones en los últimos años, beneficiando así a unos pocos proveedores de esos servicios (algunos de los cuales trabajan en la misma Institución), en lugar de adquirir los equipos y brindar ella los servicios

– una clase política desvergonzada que sólo piensa en sus intereses y en acceder al poder para enriquecerse: comisiones, premios, fundaciones, asesorías, y cualquier forma o método (para lo que muestra una enorme creatividad) que sirva para lucrar en el ejercicio de la función pública

– un costarricense que viendo lo que ocurre va perdiendo la fe y los valores, va relajando sus costumbres, no tiene ejemplos decentes que seguir, se siente confundido y va siendo absorbido por la costumbre del “m´porta a mi” , a pesar de sus reservas morales

La lista puede ampliarse y es muy posible que si revisamos honestamente nuestra conducta, nos encontraremos con que en más de una ocasión hemos caido o estamos cayendo en alguna de esas categorías, pero lo que realmente importa es que esta Costa Rica que no queremos puede cambiarse. Son precisamente esas reservas morales que tenemos los ticos las que nos ayudarán a cambiarla. Si cada uno hace las cosas bien; si actuamos siempre en procura de la excelencia, con respeto por los demás, por las leyes y por el medio ambiente. Si hacemos que la dedicación y la honestidad guíen siempre nuestro desempeño en los cargos que cada uno ocupamos. Si le declaramos la guerra a muerte a la corrupción y al “porta a mi”, el costarricense que todos llevamos dentro como legado de los estadistas que hicieron este país, nos dirá siempre lo que está bien y lo que no. Este ajuste en nuestra conducta y actitud, junto con la revisión de algunas leyes, nos conducirán, como veremos próximamente, a la Costa Rica que Sí queremos.

Nov/04

Un tico de la nueva Costa Rica

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e.

3. CARLOS FRANCISCO :

Siendo todavía un niño, Rosa le encomendó que llevara a doña Consuelo dos paquetes de Jamón Del diablo, con el siguiente recado : -Francisco, llévele, a su mamá y dígale que esparza el jamón con parsimonia. Paco, al llegar donde su mamá, le dijo : -Mami, aquí le mandó Rosa, que le ponga el jamón con parsimonia. Aquí está el jamón -dijo poniendo el primer paquete de jamón- y aquí está la parsimonia -enfatizó poniendo el otro paquete de jamón.

Regaló a José Alberto y a Gerardo Enrique un trencito metálico Markling, con motor eléctrico, y les construyó un pueblito a escala, en el que había un salón cantina, una cárcel, casitas, una iglesia, todo tipo oeste americano. Todavía se conserva algunas fotos en perspectiva del trencito pasando por el pueblo, al cual le adicionaron vaquitas y caballos plásticos, montañas de yeso, puentes, túneles, ríos; en fin, algo que hacía recordar los escritos de Marcial Lafuente Estefanía. Ese complejo de juguete acompañó a los niños durante muchos años y nunca será olvidado por las fantasías que hacía despertar en sus mentes infantiles.

Carlos Francisco vive actualmente en Urbanización el Loto de Desamparados.

4. LUIS FELIPE :

Como digitador de esta historia, quiero decir ante todo que si alguien quiere saber qué o quién es un Quesada, tiene que conocer a Luis y tendrá el más puro ejemplo de todo lo que los genes pudieron preservar hasta el presente, el ejemplar puro de un Quesada.

Gerardo.

Dice Luis:

Soy el cuarto hijo de la familia Quesada Mayorga, si contamos de arriba hacia abajo ; si lo hacemos de abajo hacia arriba, entonces me convierto en el sétimo.

Pero no siempre fue así. No todo el tiempo fui el sétimo. Una vez fui el primero ; luego el segundo, más adelante el tercero, así pasé a ser el cuarto y luego también el quinto y por fin, antes de llegar al sétimo, fui también el sexto.

Nacido el día de san Felipe Neri, un cinco del mes de febrero de 1.942, me compusieron el nombre con Luis y Felipe.

Casado con Elizabeth Díaz CH., ubconscie dos hijas llamadas, la mayor, Victoria y Carolina la siguiente. Vivimos en la ciudad de Desamparados.

Además, soy padre de Katia Quesada Quesada y Catalina Quesada Quesada, hijas de Vera Quesada.

Emancipado para hacer valer mis derechos de ciudadano ante el licenciado en leyes y notario y además tío mío, Arturo Mayorga Matus, allá por el año 1957 o principios de 1958 correspondiéndome el número cedular 1-380-575, me presenté a las urnas electorales en las elecciones nacionales acaecidas el día dos de febrero de 1958 y ejercí por vez primera mi sagrado derecho al sufragio. Por cierto que el candidato de mis simpatías, presentado por el partido Liberación Nacional, esto es don Francisco J. Orlich B., perdió en la contienda saliendo ganador, el Lic. Mario EchandiJiménez.

Siento gran afición por las fiestas patronales, con especialidad en las que se realiza en el campo ; por los turnos y por todo lo folclórico, típico y pintoresco como son las carreras de cintas, los desfiles de carretas y las peleas de gallos ; me arrastran las serenatas, los bailes, las guitarras y la cantadera, sin dejar de lado las féminas y los aperitivos, que van siempre de la mano con estas actividades.

Soñador empedernido, andarín, persigo en mis andanzas las fantasías o las fantasías me persiguen. Sin embargo mi espíritu de aventura y mis viajes a exóticos lugares, ya en el Sahara sobre la joroba de un camello, ya en la altura del lomo de un elefante en las selvas de Bengala, ora por las praderas del oeste de los E.E.U.U. o por los tormentosos mares del sur en un bergantín en cuyo palo mayor ondea desafiante la bandera negra, se han visto minimizados y reducidos a unos cuantos viajes sin mucha importancia por las montañas de mi pequeño país. Pero esto no quita que haya realizado aquellos viajes ; por lo contrario, cada vez que se me presenta la oportunidad de recorrer una zona de mi tierra, lo llevo a cabo y mi mente fantasiosa por siempre, imagina y me lleva en cada clima y relieve en la altura y la bajura, por todos aquellos parajes antes citados.

¿Logros ¿ ¿Triunfos ¿¿Propiedades ¿

Así como costarricense vine al mundo terrateniente. Dueño de algunas propiedades que en el tiempo fuéronse desvaneciendo tanto en la ciudad como en el campo. Contaba con un terreno de regular tamaño, sembrado de café y caña así como otro similar destinado para potrero.

Sin embargo, soy poseedor de una gran riqueza. Un poco diferente de la material, pero una riqueza enorme, duradera, invaluable, de la que soy único dueño, no pudiéndomela nadie robar. La fortuna imponderable que he adquirido durante el recorrido de tantos y tantos lugares y sobre todo, amasada, atesorada y fundamentada en aquellas buenas gentes del campo que he conocido y tratado y que me han otorgado el honor de su sincero como desinteresado trato, así como la sencillez de su amistad.

Anécdota :

Hacía unos minutos que había llegado y me encontraba sentado sobre las tablas del pequeño y rústico atracadero, desde donde observaba el paso del torrente de aguas no muy claras, en tanto esperaba la lancha, que río abajo, habría de llevarme por espacio de algunas horas hasta su desembocadura en el Lago de Nicaragua.

Algunas garzas blancas de gran alzada como también grupos de garcetas más pequeñas, negras y grises, sobrevolaban las aguas río abajo, para regresar luego, formando pequeñas bandadas, río arriba. Más allá, a la sombra de unos palencones que formaban la arboleda que bordea el río, disfrutaban picoteando el limo con sus picos planos de paleta, un grupo de tornasoles patos de agua.

Uno que otro ruido se escucha de rato en rato proveniente de las profundas aguas, al que se suma el producido por cientos de aves de variadas especies y colores que se disputan el espacio acuático y el verdor por el que discurre el río.

El agua, fría a aquella hora tempranera de la mañana, se deslizaba con alguna prisa llevando en sus ondas, en forma silenciosa y bastante serena, ramas, hojas y flores.

En el lugar donde me encontraba, aparte de la pequeña ensenada donde se había construido el atracadero, el río es profundo y su caudal voluminoso y pesado.

Sobre mi cabeza, en las alturas de los grandes palencones, comunidades enteras de pericos catanos y loros salvajes parloteaban animadamente, subiendo a ratos el tono de su alharaca de una manera estrepitosa.

2. Hasta unos pocas horas antes me encontraba en la celebración de un certamen de belleza que realizaba un pequeño poblado cercano, acondicionando para ello, lo único que tenían a mano : un corral para ganado.

Alguien facilitó un motor generador de corriente. Se instaló una larga serie de bombillas a todo el derredor del corral y fabricaron una tarima para presentar a las candidatas, colocando a un lado de ella, una fila de bancas destinadas al jurado. Al otro extremo, justo opuesta a la tarima, se instaló la cantina.

Sentado sobre uno de los postes horizontales que forman la valla del encierro, presencié el concurso mientras degustaba una cerveza, otra y otra y muchas más.

Aunque era de noche, no había refrescado aún, el calor era sofocante y cuando tuve la oportunidad de bailar, al son de la música proveniente de un tocadiscos conectado a la planta generadora de electricidad, podía sentir chorritos de sudor que bajaban por mi espina dorsal, así como también palpaba el vestido o la blusa de mi ocasional pareja, pegado a su espalda completamente empapado.

El pan-stick, el carmín o el colorete, según la damita de quien se tratase, removido por el sudor, el movimiento y la fricción, había quedado impregnado en mi mejilla donde lo conservé por su agradable olor durante toda la noche, no quitándolo de mi cara sino hasta el siguiente día.

A eso de las dos de la mañana, bordeando el río y bajo la arboleda que de trecho en trecho, dejaba colarse algún chorro de luz de una nueva y brillante luna, regresaba a dormir a la única aula de una escuelita de un pequeño pueblito llamado Pizote, que se extiende a orillas del caudaloso río.

Una vez dentro de los pliegues protectores y aislantes de un tul de blanca gasa, deposité mi fatigado y sudoroso cuerpo sobre la pelambre del cuero sin curtir de una res que me servía de lecho. Dormí profundamente percibiendo junto con mis sentidos junto a mí, la esencia exquisita de la mujer.

Continuaba sentado observando el paso del agua en tanto seguía esperando, cuando se presentó un hombre para abrir un negocio de su propiedad que se encuentra junto al río, a escasos metros del atracadero. La sed había comenzado a mortificarme y aquello fue como encontrarse una pipa, abierta y con todo y hielo, en medio de un desierto. Entré al negocio pisándole los talones al hombre para “tomar algo”.

Era un gran salón rodeado por un enorme corredor, resguardado por una baranda volada y como de un metro de altura ; uno de los costados daba al río, por lo que podía ver desde la barandilla cuando la lancha llegara. Allá en el fondo del salón estaba el bar.

Al poco rato, encontrándome de espaldas al salón y acodado en la barandilla que da al río, entraron dos hombres y se dirigieron, atravesando el salón, directamente al bar.

Habiendo amanecido peor que yo, necesitaban unos cuantos tragos para irse componiendo y así ir calmando los estragos, que por la ingesta etílica de la noche anterior, estábanse desencadenando en ellos.

Los había visto gritando, tomando y brincando al son de un corrido en el certamen de belleza y me parecía ahora que “no habían pegado un ojo”.

Desde mi posición, ahora de espalda al río, no podía oírlos pero se mantenían uno al lado del otro y conversaban animadamente sobre algún tema ; tal vez sobre el baile o sobre las muchachas que compitieron en el reinado. Quizás discrepaban sobre el resultado del mismo y el alcohol les impedía llegar a ponerse de acuerdo.

Ya había pasado un rato y los hombres se “habían bajado” un poco de tragos y algunas cervezas, cuando de pronto, uno de ellos, sin razón aparente al menos para mí, sacó de la caña de sus botas un puñal y se lo clavó en el nacimiento de la nuca al otro, quien, al sentirse herido, huyó ubicándose como pudo el salón, llegó al corredor y saltó la baranda balaustrada para ir a caer en el matorral.

Cuando saltó la baranda llevaba la camisa empapada y la mancha roja de sangre le legaba ya hasta la cintura.

En tanto el otro, se desprendió también del bar y se dio, medio embriagado y enfurecido, a la persecución del “compañero”, saltando a su vez y cayendo en el matorral cuando éste se levantaba para ponerse a salvo al abrigo del bosque, que comenzaba a escasos pasos de ahí.

El heridor, no sintiéndose satisfecho con haberle propinado aquella artera puñalada, se levantó del matorral y sacó de su cintura una arma de fuego y le disparó dos tiros al herido, que desesperado escapaba y quien fue a caer allá dentro del cacaotal.

Guardando el arma, subió por las gradillas al salón y cruzándolo, se dirigió al bar.

Otras personas que como yo habían ido llegando para abordar la lancha, fueron conmigo a auxiliar al hombre, que en un charco de sangre, estaba muerto y tirado en el monte, entre los árboles, a la sombra del cacaotal.

4. Por medio de dos o tres escalones que la comunicaban con el atracadero, subí a la lancha que venía bastante cargada de otros pueblos fluviales.

Escogiendo cualquier lugar de la borda, arrimé una caja y sentado sobre ella, esperé cavilando sobre lo acontecido a aquel hombre que quedaba tirado allá en el monte, mientras subía el resto de la gente y cargaban algunos bultos más.

Todo el medio de la lancha estaba ocupado por gran cantidad de sacos repletos con frijoles, canastos y jaulas con algunos animales. Sólo quedaba libre un reducido espacio alrededor de los fardos, formándose un pasadizo entre ellos y la borda.

Tres mozallones espigados, con los pantalones arremangados por encima de las rodillas y sus pies descalzos, separaron hábilmente la lancha de la orilla por medio de largas varas, llevándola hacia el medio del río, donde comenzó a ser arrastrada por la corriente.

En la orilla opuesta, un cuajipalo que se asoleaba y parecía atento a nuestras peripecias, corrió apurado y se zambulló silenciosamente en las aguas.

El encendido del motor había roto la monotonía del boscoso medio y puesto en marcha galopó, como galopaba mi corazón por la emoción, en tanto la lancha empezó a deslizarse río abajo, internándose por en medio de una enmarañada selva

Devolviendo el tiempo como un dibujo que desaparece bajo el paso de un borrador, logrando así desvanecer de un plumazo canas, hermanos y camas, llegamos nuevamente al cuarto grande donde el pequeño Luis y sus dos hermanos, se entregaban al sueño, llevando en sus mentes, como último recuerdo de aquel día que había terminado para ellos, el diálogo picaresco y socarrón de don Tranquilino y Macedonia, personajes polifacéticos de un programa llamado El Matrinomio Ideal que se transmitía por Radio City y que don Rafael, había sintonizado aquella noche como muchas otras veces.

El programa había dado inicio toda vez que había pasado la rezada y que don Rafael, arropando a sus hijos, se dispusiera acompañarlos sentado en la cama de uno de ellos.

Unas horas más tarde, la tranquilidad, la placidez y el silencio de la noche fueron perturbados por la infantil vocecilla de Luis, el más pequeño de todos, quien llamaba desde su cama a su papá, diciéndole que tenía ganas de orinar.

Don Rafael roncaba en el cuarto contiguo y la voz del chico, llegaba a su subconsciente confundiéndose con sus sueños que esa noche no serían muy placenteros, porque cuando el niño volvió con su cancioncita, -Papi, tengo ganas de orinar –don Rafael le contestó :

-¡Orínese en la pared del mercado ¡.

LUIS FELIPE QUESADA MAYORGA

Otro episodio de Los “pequeñines” Quesada, escrito por Yamileth refiere que : nos contaba Mamá de mi hermano Luis, lo que aconteció una vez estando él pequeñito, de 2 ó 3 años de edad.

Por esos tiempos, Mami trabajaba para un bazar, haciendo y bordando batitas de bebé. Había entregado un encargo muy grande y le habían pagado ese día. Unió ese pago al salario de Papi (un total de Ç300.00 en 3 billetes de Ç100.00), y creyó ponerlos sobre la mesa. La plata desapareció. Trescientos colones de aquellos días equivaldrían en 1997 a Ç90.000.00. Inmediatamente y manos a la obra, comenzaron todos en la casa a buscar : los señores Quesada, la tía y algunas amistades, revisaron la casa de arriba abajo ; colaboraron los hijos en la búsqueda, hasta el pequeño Luisito, sumamente ágil para meterse bajo cualquier mueble y meter sus manitas en cuanta hendija encontraba.

Llegó la noche, los amigos se retiraron exhaustos y preocupados, los niños, igualmente ; pero el trabajo de una madre no termina ; antes de retirarse al merecido descanso, doña Consuelo fue recogiendo la ropa usada ese día para lavarla; prenda por prenda, iba revisando cada bolsa para sacar papeles, recados y dibujos, como también toda clase de miniaturas que metía en sus bolsillos el pequeño Luisito. Y precisamente ahí, en la bolsita “secreta” del pantalón de Luis, hechos mil diminutos dobleces, ¡estaban los Ç300.00 ¡

YAMILETH DE LOS ÁNGELES QUESADA MAYORGA.

Luis Felipe vivió en Calle Fallas de Desamparados y nos dejó el 5-7-2004, a los 62 años, quedando en nuestra compañía a sus queridas hijas Kattya, Victoria, Carolina y Catalina, así como miles de vivencias personales con cada persona que le conoció.

Además, tenemos su profusa obra literaria, de la cual me autorizó la publicación de Los Novios, que mostramos por aparte. Compilar esta obra historia no habría sido posible sin su participación, aporte, guía y entusiasmo. He ahí al más Quesada de los Quesada, nuestro hermano Luis. Gerardo.

5. YAMILETH DE LOS ÁNGELES :

Yamileth es actualmente profesora de canto y de piano en Purral de Goicoechea.

Hizo estudios de piano, docencia e italiano en la Academia Dante Alighieri.

Se trata de la hermana que siempre está para entregar su vida a cambio de la de uno.

Amante de la música como es, toda su vida gira en torno a acordes y voces, para que ello se convierta en un verdadero concierto para mostrar su vida angelical.

Yamileth vive actualmente en Purral de Guadalupe.

6. MARÍA CONSUELO :

También tiene estudios avanzados universitarios, tanto en matemática como en música.

Vive en Santa Rosa de Moravia y tuvo dos hijos: Antonio José y Natalia, ambos han mostrado sus dotes musicales con el saxofón y con la guitarra, respectivamente.

7. MIGUEL ÁNGEL :

Miguel es padre de muchos hijos, como buen Quesada.

Vamos a ver: Marco Antonio, Georgina, Carla, Tatiana, David y Daniel. Se les unió Adrián, posteriormente.

Labora en la Junta de Protección Social de San José.

Es el “bombero” de los Quesada, siempre aparece cuando se le necesita para que corra por uno en hospitales, morgues, ministerios, etc.

Miguel Ángel vive actualmente en San Juan de Tibás.

8. CARLOS FEDERICO :

En cuanto a Federico quiero decir que si alguien quiere aquilatar el talento nato de los Quesada, solo tiene que fijarse en Federico con sus conocimientos de matemática, filosofía, religión, medicina, y sobre todo, música, música en todas sus facetas: historia, teoría, ejecución de piano, guitarra, violín, dulzaina, etc.

Federico falleció el 15-12-2005 a los 56 años.

Gerardo.

Muchas veces había llegado el muchacho a buscar a Federico a nuestra casa. Algunas veces Federico no se encontraba y las otras, que eran las más, nos pedía a algunos de sus hermanos le fuéramos a decir que no estaba.

El muchacho argumentaba entonces que cómo era eso, que él había hablado con Federico en días pasados, quedando de acuerdo en que vendría a buscarlo ; Federico había quedado en esperarlo y lo que es más, hasta la hora en que lo recibiría le había indicado.

-¿Qué dijo el carajo? –preguntaba Federico.

-Que vos le dijiste que viniera hoy a esta hora.-

Algunos días después volvía el muchacho y la historia se repetía. El tipo se iba con las cajas destempladas.

-¿Porqué no lo atendés ¿ –le preguntaba Luis a Federico.

-Es que ese carajo es muy majadero –le contestaba Federico a su hermano.

-Pero entonces, ¿para qué le decís que venga ¿¿No es más fácil cuando lo ves en la calle, hablar con él lo que tengás que decirle y así no hacerlo venir hasta aquí para nada ¿

Pero Federico no le daba importancia a las palabras de Luis y continuaba negándosele al muchacho.

Hubo una ocasión en donde hasta don Rafael intervino para decirle que debería cambiar su actitud, actuar de diferente manera y recibir al amigo en Federico, que con las personas no se debe jugar.

Lo que quería tratar con Federico su amigo era de lo más sencillo y trivial, carente del menor vestigio de importancia y razón por la que Federico lo esquivaba; sin embargo, ante la perorata de su padre y la insistencia del tipo, que no desistía en su empeño, decidió atenderlo una tarde, que como se verá, se volvió memorable.

Sí, se volvió memorable porque cuando el muchacho se marchó y Federico regresó al interior de la casa, su padre le preguntó :

-Al fin, Federico, ¿quién era ese amigo tuyo ¿

-¡Ah!, un mae ahí. –contestó sin mirar a su padre.

-Y ¿qué quería ¿ –insistió don Rafael.

-Una vara

-¿Una vara ¿, -repitió don Rafael.

-Una vara de una carajada –sentenció Federico.

LUIS FELIPE QUESADA MAYORGA.

Federico vive actualmente en Lomas de San Miguel de Desamparados.

9. GERARDO ENRIQUE :

Nació el 18 de agosto de 1952 en su casa del Barrio La Dolorosa.

Cursó la escuela primaria en la Juan Rudín y salió en 1965.

Inició la secundaria en el Liceo de Costa Rica entre 1966 y 1971 y la finalizó en el Colegio Nocturno Omar Dengo en 1973.

Obtuvo el título de licenciado en administración de negocios en la Universidad Interamericana de Costa Rica en 1995.

Laboró en el Banco de Costa Rica desde 1974 hasta el 2004.

Contrajo matrimonio el 13-2-74 en Aserrí, con Sonia Guzmán Mejías, nativa de San Juan de Tibás, en familia fabricante de guitarras. De esa unión nacieron Mónica, 27-12-1976 y Raquel, 04-02-1980. Fijó su residencia en San Juan de Tibás, Urbanización Los Cipreses. Es la familia Quesada Guzmán.

10. JOSÉ ALBERTO :

Jose fue el primer Quesada Mayorga que nos dejó para unirse a nuestros padres en el Cielo, al llegar a sus 49 años. Un mal de familia, la diabetes, hizo de las suyas con su salud. Pero eso sí, nunca doblegó su buen humor y el cariño que expresó siempre a sus congéneres. Fue mi gran compañero de juegos y en honor a él debe decir que con su partida se apagó en mi el deseo de seguir escribiendo anécdotas familiares, pues tan solo de su boca brotaban con el sabor y la picardía que me inspiraban. Gerardo.

Cuando Jose tenía unos diez años fue víctima de una herida peligrosa por parte de Gerardo. Cierto día se metieron las gallinas de los Retana, por lo que algunos de los güilas corrieron a espantarlas, gritando y tirándoles cosas. Gerardo tomó un esquinero metálico herrumbrado, especie de alcayata de un catre desechado y lo arrojó como un bumerang, con tal tuerce que lo incrustó en la parte de atrás de la cabeza de Jose. Unos centímetros más arriba, la herida habría sido mortal. Jose aguantó con valentía los dolores mientras le ponían compresas para mitigar la salida de sangre.

GERARDO ENRIQUE QUESADA MAYORGA

José Alberto nos dejó el 20-2-2000.

Sobre Gerardo:

Ha realizado varias publicaciones muy modestas en Vértice, boletín del Liceo de Costa Rica y en Antorcha y El Salpicón, boletines del Banco de Costa Rica. En 1978 sobre Fred Thome, el tenista nacional, y otro sobre San Ramón de Alajuela (Quebrada Gata) en 1997, así como otro comentario sobre los heredianos que suele leerse en los negocios del centro de Heredia pues los propietarios lo han colocado ahí para estimular en comportamiento que desean de su personal, ambos publicados por el diario La Nación. Actualmente se encuentra escribiendo un libro sobre la corrupción y los manejos del narcotráfico.

El artículo sobre San Ramón es el siguiente :

La Nación, martes 29 de abril de 1997, Foro Especial :

San Ramón.

Gerardo Quesada Mayorga.

Los josefinos acostumbramos viajar por las otras comunidades del país con la sensación de que somos portadores de un aire cosmopolita y avanzado, pues la vida diaria nos brinda mayor contacto con los adelantos que va alcanzando Costa Rica, pero ello ocurre por el normal desconocimiento de lo que está ocurriendo a nuestro alrededor.

El Sábado Santo fuimos a San Ramón de Alajuela para reencontrarnos con nuestro pasado ; resulta que el mosaico de la iglesia es idéntico al que teníamos en el salón del Pleyel en nuestra vieja casa del costado sur de La Dolorosa. Queríamos filmarlo para conservar el recuerdo de la casa demolida.

La gran sorpresa estuvo en las refrescantes sensaciones que nos produjo la apreciación del decorado mosaico, sino la belleza del templo, así como los arreglos que para estos días hicieron los ramonenses, pues superan el esmero y la imaginación de nuestra comunidad capitalina.

Sin embargo, hay más, pues da gusto la limpieza de las calles y paredes de los edificios así como el espíritu amable de los habitantes. Lo anterior, porque no vimos ni un solo papel, basura o perros en todas las calles recorridas, las tiendas exhiben su mercadería con una pulcritud que supera el aire artístico josefino y lo más importante, la gentileza de la gente es algo de resaltar, ¡con decirles que detienen sus automóviles en forma voluntaria cuando lo ven a uno que va a cruzar la calle !.

De verdad que nos unimos a la admiración de muchas personas por esta comunidad.

(Ese mosaico que constantemente se viven recordando los Quesada fue adquirido para conmemorar el regreso de Rafael Arturo de Rochester, Estados Unidos, a principios de los cincuenta y únicamente la Iglesia de San Ramón se conoce con uno igual.

Lo mismo el piano Pleyel, cuyo recuerdo es la insignia y orgullo de los Quesada, era una pieza maravillosa de maderas especiales: ébano, palisandro, caoba, napoleón, arce, abeto, álamo, haya; de tres metros diez de largo por su gran cola de concierto, que dicen perteneció al maestro Segismund Thalberg (1812-1871) pese a que algunos estudiosos, como Ingram, asocian al maestro con los de la casa Erard. Ese piano se mantuvo un tiempo en Zapote y luego se lo dejó un tal Enoc, quien ofreció devolverlo si se le pagaban algunos gastos.)

Además, en 1996 Gerardo escribió un poema para sus hijas, cuyo fondo musical es un pasaje de El Cisne de Saint-Saëns y para su esposa, cuyo fondo musical es Caballería Rusticana de Mascagni. La idea es aprovechar la composición de un gran maestro para decir algo que se desea, y en este caso, dejó intactas las palabras que le fueron inspiradas en un amanecer, por lo que él considera que más que tener valor artístico, pues son de redacción trivial, lo tienen sentimental y mágico.

BAÑO INESPERADO

Allá por 1960, los hermanos mayores comenzaron a ayudar a la naturaleza en su desarrollo personal, haciendo tensión dinámica y alzando pesas durante largos ratos. Se trataba de unos tarros de pintura y similares, llenos de piedras o cemento, colgados de una barra metálica, que usaban contiguo a la pared sur de la barraca de los vagos.

Gerardo se sentaba en una gradita que había al pie de la ventana de la barraca, mientras sus hermanos hacían las rutinas que sugerían las revistillas de Charles Atlas.

Un día, a eso de las dos de la tarde, el sudoroso Francisco comenzó a decir en forma alarmada, mientras sostenía las pesas alzadas : ¡No, no, Noooo !… pero ello no evitó que Jose, a quien únicamente se le veía la pavilla amarilla, vaciara desde adentro la vacinilla llena de los líquidos acumulados por la muchachada durante la noche, dejándola caer sobre el pobre Gerardo. Y a Gerardo le dió tanto frío esa bañada, que no aceptó ser aseado por doña Consuelo hasta el día siguiente, así que durmió bien perfumado.

GERARDO ENRIQUE QUESADA MAYORGA.

OTRO CASO DE HEPATITIS

En 1961, cuando Gerardo cursaba el segundo grado en la Juan Rudín, comenzó a salirle una mancha a ambos lados de la quijada que se extendía hasta el cuello amenazando con cubrirle todo el rostro.

Doña Consuelo había comenzado a comentar con incertidumbre sobre este mal que amenazaba cambiar el color de la faz del muchachito, hasta que alguien la hizo preocuparse aún más al decirle que se trataba de síntomas muy claros, similares a los de la hepatitis. ! Ni para qué lo dijeron ! , pues ya habían sufrido bastante en el pasado con la hepatitis de Carlos Francisco cuando era pequeñín.

En ese tiempo, se había operado un cambio en el horario de uso del baño de la casa, pues, como eran tantos, había ciertas horas para poder hacer uso del mismo, y por esa época se había integrado la casa contigua, ahora por haberla desocupado los inquilinos, de tal manera que los pequeños, José, Gerardo, Federico y Miguel, pasaron a utilizar el nuevo baño. Igualmente, variaron la modalidad de tomar el baño, pues ahora se disponía de más tiempo y, para los pequeños, se disponía de menos supervisión porque las cosas ocurrían en otra casa, situación, ésta última, que era aprovechada por Gerardo para mojarse los ojos y el pelo y decir que ya que se había bañado.

Una noche en que estaban todos sentados a la mesa tomando chocolate con tajaditas de pan integral, doña Consuelo se paró detrás de Gerardo con las manos húmedas y comenzó a acariciarle los cachetes y !sorpresa!, la mancha se fue convirtiendo en serullitos negros que caían al piso y daban paso a una cara blanca como la que tenía antes de “contagiarse de hepatitis”.

Para todos fue motivo de alegría y algarabía la forma en que se curó Gerardo y el tratamiento siguiente consistió en volver a utilizar el baño de la casa para poder someterlo a supervisión.

GERARDO ENRIQUE QUESADA MAYORGA.

POR CULPA DE LOS TRES VILLALOBOS

1964

Cuando estaban en boga Los Tres Villalobos, salieron unas chapitas como del tamaño de una moneda de dos pesos, y todos andaban con Macho, Miguelón, Rodolfo o Pedro,… nadie quería andar la de Fulí (mucho menos Federico).

Una vez que los adolescentes jugaban puros, a Gerardo se le cayó su chapa de Rodolfo e impulsivamente se agachó para juntarla, y al levantar su carilla de mocoso, puso su nariz al batazo que mandaba Miguel en ese momento. Fue un asunto de hospital y para siempre, pues la nariz de Gerardo tiene la cicatriz, una protuberancia externa y un torcimiento interior que lo atestiguan… eso sí, nunca sintió algún resentimiento hacia su hermano.

GERARDO ENRIQUE QUESADA MAYORGA.

EL INDIO VALIENTE

Allá por 1964, le saltó a Gerardo la inquietud de ciertos ruidos nocturnos que escuchaba desde su cama. Todo empezó porque un día inolvidable había descubierto las pisadas de los zapatos de hule del empleado del vecino que más temor le producía.

El empleado y el patrón hacían una pareja temible. El primero, Carlos Porras era todo un misterio, pues algo callaba y lo delataban sus ojos achinados y taimados; además, odiaba a los niños, porque escupía cuando se le miraba y doblaba las esquinas muy pegado a las paredes. El segundo, Tana, el abuelo de los Retana, era malquerido por los niños quienes coreaban su nombre para salir despavoridos en cuanto se asomaba por la galera que había entre su casa y la de sus hijos. Al otro viejito, Tobis, sí lo querían.

Las pisadas Porras partían de la cerca que los separaba de los Retana y morían junto al Taller de Motos de Harys, cuya pared no ofrecía resistencia desde nuestro patio.

En la casa de los Quesada, el cuarto de los muchachos tenía ventanas al norte, al este y al sur. La ventana sur, dos puertas de abrir, se cerraba con un picaporte vertical y era fácil de abrir desde afuera, pues le faltaba un vidrio.. Esa ventana daba al “rincón del lirio”, muy cerca del cual se encontraba el árbol de cas, cuyo follaje era mecido por los vientos de la noche y su coposidad impedía la vista a través de él haciendo posible que cualquier persona se ocultara entre las ramas.

La noche de marras, Gerardo preparó su equipo de defensa, consistente en un arco y flechas de amapola, un tomahawk de filosa punta y una pica de caña de bambú. Este tipo de armas le parecían idénticas a las que utilizaba Lobo Silencioso en las revistillas de vaqueros. Las colocó junto a su almohada, en la parte de afuera del colchón, y se durmió. Cuando las penumbras invadieron la casa, el ruido lo despertó. Primero trató de analizar qué tipo de ruido era, pues era como el chirriar de unas uñas de gato sobre el tejado del edificio del Banco, contiguo al árbol de cas. Tenía bien planeado lo que haría: sin asomar la cabeza por la ventana, correría el picaporte, abriría la ventana, saltaría y se ocultaría tras la mata de lirio y esperaría hasta localizar al intruso, lo demás, era cosa de aplicar las tácticas de guerra que todos los días utilizaban en el patio con su hermano Jose, los Verzola y los otros compañeros de juego.

Los valores inculcados por sus hermanos mayores despertaron el deseo de enfrentar el reto por sí solo, pero esa noche algo pasó, que puso a Gerardo a estudiar con demasiado detalle el origen de los ruidos y las posibles explicaciones del mismo. El ambiente de tensión era tan grande que los ruidos se fueron escuchando cada vez más cerca, hasta escuchar crujir la madera del cuarto y pasos muy leves junto a las camas de sus hermanos. La cuestión, es que Gerardo no movió ni un músculo de la cara, no fuera a ser que el intruso lo detectara y lo liquidara. El suplicio fue muy grande y duró hasta que, por puro milagro, volvió a quedarse dormido.

Al día siguiente se sorprendió de que nada había pasado, ningún hermano muerto, y la vergüenza interior afloró, se hizo recriminaciones muy severas y la promesa de ocultar la situación y asumir una actitud más ejemplar la próxima vez.

Esa ocasión se presentó inesperadamente, cuando ya Gerardo había perdido la costumbre de acostarse armado.

Esta vez, el ruido provenía del techo de la casa de Rafael, su hermano ya casado, junto al techo de la bodega del Almacén Las Olas. Venciendo el temor se incorporó y corrió la cortina de plástico que cubría la ventana norte del cuarto, sin necesidad de salir de las cobijas. Esa ventana sí tenía vidrio, aunque daba al corredor interno de la casa, lugar en el que se jugaba cuando había lluvia.

Poco a poco, ajustó su vista a la oscuridad y fue divisando la sombra de un maleante que esgrimía una pata de chancho en su mano derecha. Había hecho un ruido fuerte y despertó a Gerardo, por lo que se había quedado quieto. Para cualquiera sería imposible salir y subir al techo a capturarlo, pues ello daría tiempo para que escapara, por lo que Gerardo optó por comenzar a gritarle para que abandonara el intento de robo: -¿Qué creés, que no te hemos visto? Mejor jalate, porque te vamos a matar. -y una serie de frases amenazantes. Poco a poco fueron despertando los hermanos, y doña Consuelo inquirió el origen de los gritos, pero ya habían revisado y nada ocurría en los tejados. Gerardo terminó la noche durmiendo con sus papás en el cuarto contiguo.

Al amanecer, explicando a sus hermanos la situación, aunque lo estaban tomando a guasa, descubrió que una mancha del vidrio de la ventana podría asemejar la silueta de un hampón armado si se la trasponía contra el fondo de los techos que se apreciaban desde la misma… eso explicó todo, pero no impidió que se hablara muchos días del evento.

GERARDO ENRIQUE QUESADA MAYORGA.

SENTENCIA LAPIDARIA

El matrimonio compuesto por el profesor en Castellano, Literatura, Filosofía y Otras Letras, Sr. Humberto Miranda Vega y doña Rosita Quesada Quesada, hermana de don Rafael, visitaba frecuentemente la casa de éste último en el Barrio La Dolorosa.

Don Humberto ostentaba el rango de Oficial Mayor de Educación, y en la familia se le guardaba consideración y admiración por su esfuerzo y el éxito alcanzado.

Un día que visitaba a la familia Quesada Mayorga, se hallaba sentado degustando una buena taza con café y su estómago descansaba un tanto sobre su regazo. Su frente, ancha de por sí y al paso de los años se había aumentado al practicársele dos grandes entradas, producidas por la pérdida del cabello, muy crespo y negro.

En determinado momento, no pudiendo nadie saber lo que ocurre en la mente de un niño, sucedió que en tanto seguía ahí sentado junto a la mesa, uno de sus sobrinos políticos, daba vueltas y más vueltas observándolo con detenimiento, de arriba a abajo.

Parecía estarlo estudiando e iba y venía sin dejar de mirarlo. De pronto el chiquitín, el pequeño Gerar, irrumpió en la conversación que sostenían los mayores para, a manera de lapidaria y filosófica sentencia, producto de una larga reflexión, y asintiendo con la cabeza en actitud de quien ha llegado a una conclusión sobre algo importante, decir lo siguiente :

-¡De veras que don H. es igualito a un indio !

LUIS FELIPE QUESADA MAYORGA.

EL POETA NO MUY POETA

En 1967, Gerardo fue provocado por la influencia de las musas, que a veces desvelan a los adolescentes.

Hay que ubicarse en una institución educativa casi centenaria que dedica horas y horas a recordar los esfuerzos realizados para ofrendar a la Patria hombres de bien. A ello hay que sumar las constantes anécdotas que los hermanos mayores acostumbran relatar en las reuniones familiares, pues ello va insuflando el alma del Liceo a los pequeños aspirantes.

Una vez, don Rafael LLubere, reseñó la forma en que el Liceo ha tenido que ver con la historia de la nación desde que fue fundado en 1887 por el Lic. Mauro Fernández. Los exalumnos han llegado a ser pilares de la vida cotidiana el país, lo cual se canta con júbilo en los desfiles coreando a la banda cuando interpreta una canción. ¡Cepa, cepa ! (Cepa de la Patria).

Esas condiciones habían predispuesto a Gerardo para encaminarse hacia las ciencias, pero la falta de recursos materiales dio al traste con sus aspiraciones.

Poco a poco fue encauzando sus pasos hacia el quehacer intelectual, más frugal en recursos materiales, por lo que se vio inmerso en el Club de Oratoria del padre Cordero, en la colecta de fondos para la restauración de las obras artísticas del Teatro Nacional y en la dirección del periódico Vértice junto a Fernando Bolaños.

Precisamente cuando acababa de hacer una entrevista en su casa a Narciso Sotomayor Carrillo, requinto de Los Vikingos, tuvo conocimiento de un concurso de poesía y prosa y cuando se dio cuenta, ya estaba inscrito como participante.

Hizo intentos de escribir algo coherente pero fue imposible, pues carecía de la disciplina necesaria. El tiempo pasaba, se acercaba la fecha límite para la entrega de los trabajos y el muchacho se desesperaba porque no quería quedar como irresponsable. Motivos para la inspiración no faltaban, pues tenía su propia rutina para ir y venir al Liceo de manera tal que se topaba a Giselle Ballestero en cierta calle tan solo para mirarla al pasar, coincidía matemáticamente con el bus del Rosario, se topaba a las muchachas de Plaza Vìquez, San Cayetano y el Laberinto, incluída la pelirroja Rosario Walsh todos los santos días, cosas que daban muchas emociones que hacían estallar su corazón.

Finalmente entregó los siguientes trabajos :

UN BESO

No le deis a mi alma días sombríos,

no dejéis que la marchiten los dolores ;

dadle la expresión de tus amores

uniendo tus labios a los míos.

Me causa, amada mía, muchos enojos

que digas que con eso tu conducta ajas ,

porque cuando creéis que te rebajas,

te engrandeces ante mis ojos.

Porque el símbolo del amor sería

de la boca inocente el casto beso,

y qué feliz sería si llevara impreso

tu beso en mis labios, amada mía.

Nunca podré olvidarte, no creas eso,

no lo pienses siquiera, amada mía,

porque mi amor no es celaje de un día

que se deshace con la expresión de un beso,

Es átomo de infinito que en mi ser se anida

y se embellece tan solo con tu mirada ;

es algo que me grita que mi alma enamorada

quede, por un beso, con tu alma confundida.

Ven amada, ven sin tardanza y sin temor

para que imitemos a las aves en su nido.

Cantemos, ya que estamos del corazón unidos,

con nuestros besos un himno de amor.

RECUERDO

En una mañana

cuando la aurora

los pétalos dora

de los rosales en flor ;

cuando las aves trinan

co libre albedrío

y cae el rocío

cual lluvia de perlas ;

¡Ah !, en esa mañana

llena de efluvios de rosa

de perlas de indiana,

de luz y de trino,

te encontré, ¡oh, mi diosa !,

envuelta en gasa de lino.

El jurado le adjudicó el segundo lugar en poesía, lo cual consta en un libro de Julio Verne que le entregó Virginia Guardia, la profe de español, y que está extraviado.

A veces, cuando más apurados estamos y no encontramos la salida a los problemas, se presentan situaciones que favorecen la solución. En el caso de marras, no fue que hubo intervención divina par inundar de inspiración a Gerardo, sino que dios hizo que cayera en sus manos Horas de Ocio, el libro de poesías y prosa del abuelo Arturo Mayorga Huembes, que fue transcrito a máquina por Arturo, su hijo, en 1936. En menos que se pueda decir Jambri chimbri, jambri jom, seleccionó los dos poemas y los entregó en el Liceo.

Gerardo sintió vergüenza por el engaño que hizo al jurado, pero se sintió honrado y orgulloso porque corrió un riesgo para reivindicar a su abuelo, verdadero héroe anónimo de esta gesta.

Gerardo vive actualmente en Urbanización los Cipreses de San Juan de Tibás.

LOS HIJOS DE LOS QUESADA MAYORGA

HIJOS DE HERMELINDA QUESADA MAYORGA Y JENARO GARITA COLES :

Jenaro Adolfo Garita Quesada :

Una vez, siendo Jenaro Adolfo un niño de unos tres años, ya había sorprendido a más de uno con su sabiduría y su abuelito, don Rafael, al agacharse a buscarle una bola de vidrio que el niño dejó caer, juntó, de debajo de la grada que había al bajar de la casa de Rafael a la nuestra, un juguete y le dijo : -Tome, Jenarito, juege con este soldadito.

El niño tomó el juguete y le dijo : -No, abuelito !, esto no es un soldadito, es un as-tro-nau-ta !.

Otro día, removieron unas piedras en el fondo del patio, y el abuelito dijo : -Mire, Jenarito, una chincha.

Y el niño le dijo : -No abuelito, no es una chincha, es un insecto de humedad.

Una vez Yami se dirigió a Jenar utilizando algún párrafo de una ópera en italiano o alemán y él le contestó lleno de inocencia : -Tía, no entiendo, yo solo sé español, inglés y francés.

Otro día, en esa época, al explicarle la misma Yami el tema de un cuadro que colgaba de alguna pared, le contó la historia de Jesucristo porque Jenar quería saber porqué tenía una herida en el costado. Sin pensarlo mucho, en medio de la historia, le indicó que el soldado Longino recobró su vista al pringarse con la sangre de Cristo. Mucho tiempo después, el niño pidió que se le contara de nuevo la historia, la de Longino.

RUTH MARÍA :

FRANCISCO JAVIER :

JORGE MARIO :

MARIA ESTHER :

LOS HIJOS DE RAFAEL ARTURO QUESADA MAYORGA Y CARMEN REYES MAYORGA :

CARMEN MARÍA :

RAFAEL ARTURO :

MARÍA GABRIELA :

Hoy todo cambió?

Todavía puedo recordar, cómo hace sólo unos años todo a nuestro alrededor era diferente. Se salía a las calles; se podía caminar por la ciudad; se veía y se escuchaban los valores de los ticos por donde se mirara.

Hoy todo cambió! Nadie Saluda; dá los buenos días; las señales se han convertido en sólo dibujos que adornan las calles y aceras del país y parecen decir: HAGA LO QUE DESEA!! USE SU DERECHO A LA LIBERTAD! Yo pregunto LIBERTAD? O CINISMO? Porque si más no recuerdo, hasta hace unos pocos años atrás todo iba bien; se seguían las leyes como se debía; no se brincaban los altos, no rayaban en curva ni pasaban sobre las aceras para llegar de primeros no sé adónde, y sacar la mano por la ventana no significaba PASO Y PUNTO! como muchos creen que eso significa ahora. Pero da la impresión de que es más fácil ignorarlas y YA!. El PORTAMI!! parece ser el lema del tico en estos días.

Será ésta acaso una conducta aprendida?….Pues cómo no! Si tenemos a nuestros maestros en los más altos puestos del país; hombres y mujeres que en su momento (olvidado por ellos completamente) juraron ante toda una nación: amor, respeto y dedicación a su país Costa Rica no a su bolsillo.

Hoy sin embargo vemos en nuestras narices como de la noche a la mañana un país que pasaba casi inadvertido para la mayoría de las personas en el mundo, rápidamente ha dado la vuelta y se encuentra en las primeras planas de los periódicos más importantes del planeta.

No, no por dar algún beneficio importante al mundo sino por ser la casa de un sinfín de sinvergüenzas que han decidido enriquecerse y destruir al pedacito de tierra que un día les dio la vida.

Ah! Y para todos los que dicen por ahí que Costa Rica no es la Suiza Centroamericana, déjenme decirles que sí lo es, claro con unas pequeñas modificaciones. En la Suiza Europea los pillos mantienen su economía como una de las mejores del mundo, con sus inversiones multimillonarias, pero en nuestra pequeña Suiza los pillos se enriquecen de ella exprimiendo cada vez más las inversiones multimillonarias.

Yo me pregunto….qué pensarán las familias de estos hombres y mujeres que se han encargado de terminar con Costa Rica, país que les ha dado todo (se puede decir que literalmente TODO)? La vergüenza, las humillaciones, el desprecio que recibirán de ahora en adelante estas familias a causa del PODER, si se le puede llamar así, de hombres y mujeres sin escrúpulos que sólo pensaron en YO, y no en las personas que con fe ciega los pusimos donde están, esperando, a cambio recibir la ayuda y servicio incondicional de su parte?

Gracias señores ex-presidentes, abogados DEL PUEBLO (?), hombres y mujeres DE BIEN(?) que gozan de los puestos más importantes del país. Gracias a ustedes somos famosos ante el mundo entero, gracias a ustedes sabemos la diferencia entre robar una gallina para estar preso en una cárcel como delincuente y destrozar un país para estar en casa felices, seguros y hasta con guardas. Gracias señores y señoras por haberse encargado de su país o más bien, saqueado a su país.

Que Dios les perdone!!

Porque el pueblo costarricense dudo que lo haga.

2004-10-17, Gabby

RODRIGO:

LOS HIJOS DE CARLOS FRANCISCO QUESADA MAYORGA Y MARÍA ROSA RODRÍGUEZ MORERA :

MARTA EUGENIA :

CARLOS FRANCISCO :

EDUARDO :

RICARDO ALBERTO:

IRENE MARÍA:

LAS HIJAS DE LUIS FELIPE QUESADA MAYORGA CON ELIZABETH DÍAZ CHACÓN Y VERA QUESADA QUESADA:

KATTYA QUESADA QUESADA :

VICTORIA QUESADA DÍAZ :

CAROLINA QUESADA DÍAZ :

CATALINA QUESADA QUESADA :

LOS HIJOS DE MARÍA CONSUELO QUESADA MAYORGA CON JOSÉ ANTONIO OCONITRILLO Y MARIO VARELA:

ANTONIO JOSÉ OCONITRILLO QUESADA :

NATALIA VARELA QUESADA :

LOS HIJOS DE MIGUEL ÁNGEL QUESADA MAYORGA CON GEORGINA SALAZAR CARVAJAL E ILEANA MALAVASSI:

MARCO ANTONIO QUESADA SALAZAR :

MARÍA GEORGINA QUESADA SALAZAR :

KARLA MARÍA QUESADA SALAZAR :

TATIANA QUESADA SALAZAR :

DAVID QUESADA SALAZAR :

DANIEL QUESADA SALAZAR :

ADRIÁN QUESADA MALAVASSI :

LAS HIJAS DE GERARDO ENRIQUE QUESADA MAYORGA CON SONIA GUZMÁN MEJÍAS :

MÓNICA :

Obtuvo el grado de maestría en Administración de Negocios de UCR y trabaja en un banco privado. Se casó con el también master Andrei Castrejón González y viven en Tibás.

RAQUEL :

Se amarraba los zapatos a los cuatro años.

Cursó la carrera de arquitectura en la UCR en tan solo 5 años, elabora su tesis actualmente y partirá pronto para Italia a perfeccionar sus conocimientos.

LOS HIJOS DE JOSÉ ALBERTO QUESADA MAYORGA CON ANA CECILIA CALDERÓN NAVARRO :

ANA CECILIA :

KAREN CRISTINA :

JOSÉ ALBERTO :

Índice

Capítulo 7.

PRIMOS DE LOS QUESADA MAYORGA

SIMÓN ENRIQUE REYES MAYORGA :

Quico, contemporáneo con Francisco, estaba sometido al férreo control de don Simón Reyes Munguía, su padre y una vez que vino a pasar el año que Rafael estaría en Rochester con la American Field Service la casa de los Quesada, dio muestras de ese control, pues al día siguiente, a las cinco de la mañana, comenzó a despertar a sus primos para salir del cuarto, llamándolos vagos y perezosos.

Todos se quedaron en sus camas y el muchacho deambuló por toda la casa, solo y meditabundo. Ese mismo día fue sometido a un trajín de juego que lo cansó, de manera tal que al día siguiente fue el último en abandonar la cama para levantarse. Así siguió los días subsiguientes, disfrutando el calorcito de la mañana bien cobijado.

El colmo de estas vacaciones, es que no quiso irse para la casa, se quedó con los Quesada, y al final de año, ellos volvían del colegio y se lo encontraban durmiendo tranquilamente. Ese año, reprobó en el Colegio Los Ángeles, donde cursaba el segundo año.

Todavía recuerdan que al ir al colegio a ver cómo andaban las cosas, el padre director le dijo que todo estaba arreglado, lo que lo alegró sobremanera, pero luego se dio cuenta que lo arreglado era que debía repetir el año. Don Simón padre vino por él y luego lo matriculó en el Liceo San José, en el barrio donde residían.

JORGE ARTURO MAYORGA MOYA :

J´Arturito o Tutúa, hijo del Lic. Arturo Mayorga Matus y Odilíe Moya Selva y nació en la casa de los Quesada, el mismo mes que Federico Quesada.

Cuando estudiaba la secundaria, contaba que a veces venía desde su casa en San Rafael de Tres Ríos, cómodamente montado en su moto Gilera de 175 cc. Y cuando le tocaba doblar en San Pedro para ingresar al colegio, se decía, levantando los hombros y haciendo trompilla : -¡Ah !, voy a ir donde Tía Consuelo.- Ahí se juntaba con Luis, Miguel o Federico y se le iba el día en un dos por tres.

A veces pasaba largas temporadas en esa casa, durmiendo en la barraca de los vagos, y recuerdan que una vez que llevaba como dos meses viviendo donde los Quesada, Miguel y Tutúa se pasaron la noche celebrando el natalicio de Marco Antonio Quesada Salazar en la cantina La Florida, frente a la Botica la Dolorosa. En la madrugada, no pudieron aguantar las ganas de vomitar, y a lo único que atinaron fue a colocar hojas de periódico para cubrir la hazaña. Federico había estado enfermo y también había vomitado.

Luego llegó Tuto a saludarlo, eran como las once de la mañana y él dormía plácidamente. Tuto, que así le decíamos al único abogado que tuvo la familia en el siglo XX, no se atrevió a entrar al cuarto, se quedó mirándolo severamente pues el joven lucía unos cabellos largos y acolochados, bastante despeinados y le dijo: -Qué, ¿no pensás volver ?.- Dio vuelta para marcharse, pero pensándolo un poco, volvió de nuevo a asomarse por la puerta del cuarto y le arrojó Ç2.00 diciéndole : -Tomá, para que te pelés.

Cuando se iba de juerga con Miguel, tenía que venir a media noche a desarmar la torre de chunches que Gerardo y Jose le colocaban sobre la cama, para que, si dejaba caer algo, se armara un bullón a medianoche. Él nunca olvidó comentar esas chiquilladas al día siguiente, como alentando a los muchachos a crear la tradición.

El mismo Jorge Arturo contó en la celebración un día después del cumpleaños setenta y cinco de su madre, el cuatro de julio de 1990 en el Templo Cristiano Filadelfia, en Calle Chavarría de Tres Ríos, que su padre, preocupado por las largas temporadas que él pasaba en la casa de La Dolorosa, sobre todo pensando en que seguro había incomodidades al tener que cederle una cama, a lo que don Rafael contestó : -No te preocupés, Tuto, que cuando este muchacho llega a dormir ya todos nos hemos levantado.

¿Quién iba a decir que luego este sería el segundo médico de la familia en todo el siglo XX?.

Por cierto, encontrarán un álbum de fotos de los Mayorga Moya, muy completo, donde aparecen todos mis primos.

ALFREDO MIRANDA QUESADA :

En el mismo sector del patio donde se jugaba carritos, 1-2-3-queso, trompos, bolillas, basket y mirón-mirón-mirón, está fresco el recuerdo de Alfredo El Morenazo Miranda Quesada, porque una vez llegó de Estados Unidos con una cámara de filmación, allá por 1959, y grabó la imagen de algunos de los integrantes de la familia. Este primo de los Quesada era famoso porque cuando joven, en Sabanilla de Montes de Oca, volaba con su bicicleta por las empinadas cuestas del distrito. Se cuenta que las bajaba en forma suicida con su bici número 28, y una vez separó a dos novios que bajaban cogidos de la mano, pues pasó entre ellos en forma vertiginosa. Más adelante, ya doctor en farmacia y casado con Betty Beck y habiendo nacido Alex, su unigénito, usaba su Chevy II como si fuera la bicicleta; entonces recorría la avenida central con el carro hacia atrás, contra vía, como si transitara por una autopista. Cuando tomaba la autopista Wilson llegaba el marcador a 110 kilómetros por hora con su carro blanco. En ese mismo carro conocieron doña Consuelo, don Rafael, Gerardo y José los más bellos lugares turísticos del país, pues él tenía el costo de pasar a recogerlos el domingo para llevarlos a Cachí, Orosi, el Irazú, Aserrí, Escazú, Santa Ana y muchos otros lugares en viajes de varias horas. Alfredo y Fidelina son los padrinos de José Alberto

JORGE MIRANDA QUESADA :

Rosa y Humberto lo habían conocido en el Hogar para niños Fray Casiano de Madrid, en Puntarenas y lo trajeron con ellos a Sabanilla.

Este primo fue toda una leyenda, pues la primera vez que llegó al patio de los Quesada, estaban los niños en sus juegos cuando vieron entrar un muchachote como desaforado, gritando, saltando y agitando los brazos como queriendo descargar toda la tensión que le causaba el ambiente citadino.

Allá en Sabanilla, en un cañal que crecía al fondo del patio, había construido una intrincada serie de callejones que perdían a cualquiera, todo con el objetivo de ocultar la entrada a su madriguera, en la que se metía a fumar Salen, Kent y Lucky Stricke.

Cuando llegó a la adolescencia, hizo varios viajes al interior del país, pues “se iba de la casa” a cada rato, pero luego volvía. Gerardo nunca olvida la impresión que le causó la vez que su padre lo llevó con él a recogerlo a la parada de buses, proveniente de Línea Vieja, con mirada arrepentida y unas alforjas vacías, como aquella persona que vació sus ilusiones en los días que duró el viaje.

Las veces que se le vio en su intimidad, ya fuera en Sabanilla o cuando se quedaba a dormir en La Dolorosa, se mostraba totalmente arrollado en la cobija roja, con solo la punta de la nariz al aire. Ellos le decían Gorato.

Ya casado con una salvadoreña, en mil novecientos setenta y seis pasó una temporada en la casa de José Alberto, en Jardines de Tibás.

EDUARDO REYES MAYORGA :

MARÍA ODILIE MAYORGA MOYA :

Se recuerda que fue candidata a Mis Costa Rica.

ORLANDO REYES MAYORGA :

LEONOR REYES MAYORGA :

CARLOS ALBERTO MORA MAYORGA :

Índice

Capítulo 8.

LOS ANTEPASADOS DE LOS QUESADA MAYORGA

Primero que nada, al ser los abuelos paternos apellidos Quesada Quesada y Quesada Rodríguez, no cuesta nada imaginarse la gran cantidad de Quesadas costarricenses que pueden ser parte de la familia ancestral.

Sin embargo, aunque parezca paradójico, estos 10 hermanos desconocen el origen de las “cepas” de Quesadas, por lo que no se sabe de dónde vienen, si de Poás, Grecia, San Ramón, La Legua de Aserrí, Cartago o San Carlos.

Empecemos por decir algo de la rama materna, los Mayorga Matus.

LOS ABUELOS MATERNOS DE LOS QUESADA MAYORGA

Juanita Matus Jirón y Arturo Mayorga Huembes

Amantísima esposa y abnegada madre, emigró de su país natal allá por los años 1915-1916. Junto a su esposo y su hija mayor, María Consuelo, se estableció en Costa Rica para nunca volver a la tierra que la vio nacer.

Cuatro hijos más, Carmen, Gloria, Arturo y José Francisco, vinieron a llenar de alegría el hogar Mayorga Matus, formado por el señor Arturo Mayorga Huembes y la señora Juanita Matus Jirón.

Honesto, disciplinado, trabajador incansable, cumplido, responsable, hombre de gran sobriedad y muy recto de procederes y de oficio sastre, supo inculcar a su familia todos estos valores y virtudes, al criarla y educarla en un ambiente religioso, dentro de un marco de amor y respeto.

Es amante de las bellas artes y de las letras y se deleita con ellas. Gusta de componer y escribir versos, poemas y acrósticos. Entre muchos que ha compuesto, ha dedicado un delicado poema a cada una de sus hijas, como también, con mucho fervor, le ha compuesto unos hermosos versos a la madre del Niño Jesús, quien junto con San José, su Niño Bendito, una mula y un buey, forma un enorme y bello pasito admirado por cuentos visitan su casa en Barrio México, y que con mucha devoción guardan los esposos Mayorga Matus en un grande y hermoso camerino de cristal y maderas labradas.

De porte altivo pero de corazón humilde, piadosa y muy devota, ha dedicado su vida al estudio y la veneración de las Sagradas Escrituras, alternativamente con la crianza de su familia, a la que ama con verdadero y profundo amor y a la que ha sabido inculcar, junto con su virtuoso esposo y con gran sabiduría y responsabilidad, los más firmes valores morales y religiosos.

De gran delicadeza y gusto refinado, poseedora de un espíritu exquisito y de una gran sensibilidad, es también amante de las bellas artes y así como su esposo, gusta de escribir versos y bellos pensamientos.

Los esposos Mayorga Matus forman un matrimonio modelo, ejemplo de sacrificio, de lucha, abnegación y renunciación, en donde ha imperado el respeto y sobretodo, el amor, un amor libre de más leve mancha, resguardado por un profundo sentimiento religioso.

La carta de presentación de don Arturo y doña Juanita: la virtud y la humildad ; así como la honradez: su escudo de armas.

LUIS FELIQUE QUESADA MAYORGA.

LOS ABUELOS MATERNOS DE LOS QUESADA MAYORGA

Casi todo el Barrio México de las décadas intermedias del siglo veinte tiene su recuerdo de los viejitos Mayorga Matus, entre 1940 y 1960.

A doña Juanita porque llamaba la atención su don de gentes, la dulzura para con todos, porque había catequizado medio barrio dando las lecciones del Catecismo en el alto en que vivía y porque pasaba todo el año haciendo manualidades y vestiditos para las niñas pobres, los que entregaba, sin pompa ni ceremonia el día de Santa Ana.

A don Arturo lo asimilaban con solo ver su porte elegante, con esa erección que da el vigor moral de una persona humilde y completamente dedicada al trabajo. Como era sastre, usaba las mejores telas con los detalles más finos en el corte que seleccionaba para la confección, aprovechando su relación con los vendedores, pues desde que llegó a Costa Rica se ubicó en el Almacén Robert, que quedaba por muchos años en la esquina noroeste del cruce de calle central y avenida dos.

Los nietos eran capaces de aceptar que la abuela los sujetara con sus manitas delicadas y que les enseñara oraciones, pues era tan amorosa que uno se contagiaba de ternura. Siempre daba consejos y relataba hechos de antepasados, para que uno imaginara a la familia que quedó en su país natal.

Adela Jirón, su tía, le mandó una vez estos versos :

A JUANITA DE MAYORGA, de Adela Jirón

Hace doce años que te alejaste

Cuánto he sufrido, quiero llorar.

Mi vida es triste, sin una amiga

A quien mis penas confiar.

Cuando tenías casi quince años

Era otro tiempo, edad feliz,

Y era tu amiga, era tu hermana.

Con mis consejos, quizá algún día

Te pude guiar.

Recuerdo cuando paseábamos

Allá en el campo solitas las dos

Y hoy con mis penas, mi hogar es triste,

Las horas lentas, no hallo la calma

Sólo en la tumba la puedo hallar.

Y me imagino que me olvidaste,

Que eres dichosa, que eres feliz,

Cuánto daría por verte un día

Pobre tu Tía pide a María tranquilidad.

Dile a tus hijos que sean buenos

Que den ejemplo de la virtud,

Las niñas buenas las ve María,

Las quiere Dios.

Hace unos años que aquí he vivido

Viendo las olas, viendo el mar

Y contemplando que el que se ha ido

Lejos, muy lejos, no vuelve más.

Tía Juanita, estos versos son de Mamita Adela, así que guárdelos como un recuerdo de la que nunca la olvidó. Su sobrina Adela Argentina Páiz.

El abuelo era un poco alegre con los niños, y el día de cumpleaños, llegaba siempre con un paquete con uno o dos pantalones de casimir; pero primero ofrecía el paquete en una mano y en la otra una chapa de dos colones, ¡y siempre escogían la chapa !, lo cual le causaba unas carcajadas de hilaridad, tan sanas y llenas de crítica que al final uno se llevaba una lección.

Gustaba de escribir por las noches, junto a una tasa de café que cogía del disco de la cocina, sorbía y volvía a colocar en el disco. Su esposa y sus hijos eran la razón de tanta inspiración :

PARA MIS HIJAS CONSUELO, CARMEN Y GLORIA

Como cascada de grata armonía

Oyóse tu voz en el espacio vibrar ;

Nardos y lirios te quieren brindar

Sus gratos efluvios que el aura perdía.

Un rayo fulgente de luna llena

Entre cárdenas nubes el cielo decora ;

Lo puro que hoy, niña tu alma enflora,

Ornará tu frente, si siempre eres buena

Nació el 14 de enero de 1914.

Como mágico canto de bella sirena

Adormeces mi alma, matas mi pena,

Rocío divino que en mi espíritu ungió.

Me ensancha el alma vuestra inocente ternura ;

En ti cifrada está mi grata ventura…

No mates la dicha que mi alma soñó !.

Nació el 26 de marzo de 1915

Gobiernen, dichosas, con remos de plata

La nave, y cruce el mar de la vida

Ovante del mundo ; y cual luz difundida

Rompan la sombra que sobre el honor se dilata,

Í surjan gloriosas porque en sus almas se anida

Admirada del mundo la virtud que aquilata.

Nació el 9 de mayo de 1918.

El libro original transcrito por el licenciado Arturo Mayorga Matus en 1936 se encuentra en poder de Gerardo, a quien se lo regaló su madre María Consuelo en 1989.

GERARDO ENRIQUE QUESADA MAYORGA

LOS TÍOS Y PARIENTES PATERNOS DE LOS

QUESADA MAYORGA

HUMBERTO MIRANDA VEGA Y ROSA QUESADA QUESADA:

Era bastante gordo. Su voluminoso estómago hacía que la camisa se le mirara ajustada. De pelo crespo, muy moreno y oriundo de Filadelfia de Guanacaste, siendo muy joven se había trasladado a San José para prepararse intelectualmente. Después de estudiar el idioma inglés y de graduarse de bachiller en ciencias y letras, se fue a vivir un tiempo a los Estados Unidos de América.

De vuelta en Costa Rica, en tanto hacía prácticas como maestro de escuela primaria, cortejaba a la señorita Rosita Quesada Quesada, de pudiente y acomodada familia, quien vivía por aquel entonces en casa de un hermano suyo, en el barrio La Dolorosa.

En esta iglesia de la Virgen de los dolores, se casaron y los invitados recuerdan cuando fueron aquella mañana a despedir a los recién casados al Aeropuerto de La Sabana. El avión despegó hacia el oeste y unos minutos después enderezaba su ruta hacia el sur, para, dando vuelta, tomar luego su rumbo definitivo hacia el este.

Alrededor de dos años vivieron en Boruca, donde él había sido nombrado como maestro en la escuelita del lugar. En aquella época se debía viajar avión hasta el pueblo de Buenos Aires, pernoctar ahí y salir al siguiente día muy temprano, pues el viaje debía continuar hasta Boruca a caballo. De manera que para recorrer la distancia que existe entre los dos pueblos, era menester emprender el viaje al despuntar el día, ya que dicha distancia es enorme y el camino, una vez que se abandona el llano, asciende por las montañas tornándose resbaloso y embarrialado, salpicado de peñones y barrancas que entorpecen el paso y hacen avanzar a la bestia con dificultad. El jinete debe sostenerse muy bien en la silla y permanecer atento durante toda la travesía, para evitar una caída.

En tanto que él impartía sus lecciones en la nueva escuelita ubicada en un hermoso rancho de cañas y techo de paja construido para tal efecto pues faltaban aún muchos años para que llegara el zinc al lugar, ella había formado grupos de diferente índole en la comunidad. Algunas veces los reunía en algún lugar del rancho, pero la mayoría de ellas lo hacían al aire libre. Los temas tratados eran básicamente aquellos que ayudaran y facilitaran en alguna medida, en las funciones a las mujeres, de manera que hicieran más rica y tal vez placentera la vida cotidiana.

Rosita era preparada y sabía mucho del arte culinario. Era muy buena en preparar recetas, así como también en confeccionar adornos, decorar aposentos y hasta sembrar y dar mantenimiento a hortalizas. Muchas huertas se hicieron durante aquella época en que estuvieron ellos en Boruca, supervisadas por Rosita. También había formado grupos de costura, corte y confección y pus mucho énfasis en rescatar el dialecto y el sistema de tejido que se había usado durante décadas, generación tras generación, pero que peligraba con perderse.

Entre los niños y los adolescentes había formado una tropa de “boy-scouts” o niños exploradores que fueron la gran sensación por su novedad, con los que efectuaba largas caminatas por los alrededores y llevaba a cabo otras actividades de carácter comunal.

Un día regresaron y se establecieron en San José.

El maestro de escuela rural prosiguió sus estudios en la Universidad de Costa Rica, graduándose de profesor en Castellano, Literatura, filosofía y Otras Letras, que lo hicieron escalar importantes puestos en el Magisterio Nacional.

Trabajó en diferentes colegios de enseñanza y muy pronto fue nombrado director. Había sido profesor en los colegios Joaquín Vargas Calvo, ubicado en San Pedro, Omar Dengo, ubicado en el edificio metálico, así como cofundador y primer director del Liceo Nocturno Justo A. Facio, en La Sabana.

Su estómago lo había acompañado, abultándose tanto como también se abultaba su experiencia y su prestigio, habiéndose distinguido al final de su carrera como Oficial Mayor de Educación.

Visitaba con frecuencia al hermano de Rosita, quien tenía ya diez hijos y continuaba viviendo el en el Barrio La Dolorosa. Era también educador y su cuñado lo estimaba, como sentía también gran admiración por su esposa e hijos.

LUIS FELIPE QUESADA MAYORGA.

ROSA QUESADA QUESADA :

Rosa, la hermana de don Rafael, era una persona pulcra y extremadamente seria y con un lenguaje crudo que había que tamizar, por lo que costaba tenerle cariño ; sin embargo, tanto daba a los demás, que no hacía nada por su propia imagen. Cuando uno creía que era malquerido por ella, era porque veía solo sus pequeñas groserías y no apreciaba los gestos bellos que ella constantemente tenía para con uno.

Nos tenía un apodo a cada uno :

don Rafael : SEMBRADOR DE ROSAS / JOB

Linda :

Rafa :

Paco : EL TODOPODEROSO

Luis : LUIS FELIPE EL HERMOSO

Yami :

Quelo :

Miguel :

Fede :

Gerar : EL PRÍNCIPE AZUL

Mónica : PRINCESA CELESTE

Jose : EL PRECIOSO JARDINERO

Jenar : EL REY DE LOS GNOMOS

Antonio José : EL AMOR HERMOSO

María Esther : LA PRINCESA DEL SOL

María Gabriela : ESTRELLA FULGURANTE

Ana Cecilia : PEDACITO DE CIELO

Karen Cristina : RAYITO TENUE DE SOL PRIMAVERAL

Todos tienen o recibieron montones de cartas y tarjetas por su larga estadía en los estados Unidos de América, en cuenta Gerardo tiene en su poder un paquete de noventa y cinco cartas y postales que recibió de ella entre 1966 y 1985, desde Stafford y McCloud, en las que solo puede apreciarse el amor y cariño por un sobrino.

Además, tiene otras cartas que ella cursó a doña Consuelo en 1947, cuando vivía en Boruca de Buenos Aires donde estaba con don Humberto a cargo de la escuela:

ROSA QUESADA Q.

BORUCA, mayo 1947

Consuelo :

Aprovecho para mandar ésta con Raúl porque el correo no es persona de fiar, le gusta enterarse de lo que los blancos cuentan de ellos.

Quiero mostrarle el panorama de aquí, tal cual es ; creo importante que conozcan algunas cosas. No lo hago como crítica, ni quiero que trascienda, no estoy aquí para divulgar, sino para trabajar y ayudar ; hay ciertos detalles que me hacen pensar en que hay que ser más tolerante y generoso con el prójimo.

Estos nativos hacen una vida puramente primitiva, conviven con los animales, para ellos, no hay horas fijas, ni compromisos, ni responsabilidad, ni ilusiones, ni ambiciones, creo que ni amor, sólo instinto.

Las mujeres, con algunas excepciones, visten una manta tejida por ellas mismas, se arrollan en ella, se ponen alguna camisa o blusa y listas ; esas mantas les duran cinco años. Como trabajo manual es algo valioso, para hacerlas, comienzan desde cortar el algodón de la mata, quitarle la semilla, blanquearlo, hacerlo hilo, etc.

Van a distancias enormes a buscar las cosas que comen y lo cargan a la espalda en unos cestos que ellos llaman jabas, hechas por ellos mismos ; así cargan los niños a todas horas. A veces, bajo un sol que abraza, van ellos doblados por los caminos que son solo cuestas. El medio de transporte es el lomo de caballo o de buey.

Tienen deliciosas naranjas y apenas las comen, no toman leche, prefieren criar terneros que ocupar ellos la leche. Mueren muchos niños, los velan toda la noche, matan cerdos, gallinas. Y toda la noche y otro día hasta el momento de llevarlo al cementerio tocan acordeón y revientan bombetas, no los lloran y a veces la abuela o una persona allegada lo lleva en brazos y otro lleva la caja, los adornan con flores y papel de colores.

No conocen la higiene, a excepción de dos o tres familias que tienen un poco y mejores costumbres, No hay ni el asomo de cañería, hay que lavar en el río ; nosotros pagamos para que nos jalen el agua y pagamos a lavar ; y dicho sea de paso, que la joven que me lava no me cobra nada y no lo hace tan mal. Yo no abuso, le pago algo.

Los mayores se enferman, toman alguna pastilla oriental o alguna píldora, no les hace nada, se dejan así hasta que mueren.

Mientras están contentos y hasta regalándonos algo, se enojan y no mandan más los muchachos a la escuela. Si se visitan mucho se enojan, si no se visitan se enojan, si están amables y se les ofrece comprar frutas o cualquier otra cosa se enojan. Si sospechan que tenemos algo como café, azúcar, etc., mandan a comprar sin plata y si no se les manda hay peligro de romper las relaciones ; son enojos raros, pero no se puede tener seguridad con ellos.

Se comprometen a hacer un trabajo, pagándoles y pasan meses y el trabajo sin hacer, si acaso una parte y a veces mal hecha. Se van a hacer un mandado o a traer una carga y jamás vuelven, cuando vuelven, tal vez traen un encargo para nosotros y si no vamos a buscarlo, vienen a traerlo el día del juicio.

Si saben que alguien obsequia algo para beneficio de ellos o hay un movimiento para mejorar su condición, se enojan y dicen que ellos no le están pidiendo nada a nadie, no necesitan y se encaprichan y no cooperan.

Esto es interesante, se ve que tuvieron su grandeza, pero no la quieren reconquistar y no les importa el progreso ni la civilización. Vinieron a menos y están hundidos en ese dolor, inconscientemente.

Hay una señora progresista a su manera, pero solo para ella, absorbe a los hijos y a los nietos quienes viven en una tiranía, sumisos y sin rebeldía. Esta, para enojarse y contentarse es la hora llegada y se encubre y no se sabe a qué atenerse.

Son amantes de la música, tienen buen oído y hay buenas voces, serían capaces de pasarse la vida entera tocando sentados, los hombres, en las hamacas ; hay quien fabrica instrumentos. Entre los jóvenes que trabajan conmigo, hay uno bien dotado, tiene finos sentimientos, es servicial, canta bien ; como le gusta la música se fabricó una guitarra, no le ha podido poner cuerdas porque no tiene con qué comprarlas y los parientes van y vienen de Puerto Cortés y no se les ocurre comprárselas. Este muchacho tiene los pies vueltos y así se adelanta a todos para servir, sin duda por ese mismo defecto tiene más sensibilidad, tiene grandes habilidades para la carpintería. Si a este muchacho lo pudieran comprender y facilitarle medios para que se desenvolviera, sería muy útil a su pueblo.

Las casas son ranchos oscuros y desde luego sucios ; tienen toda clase de animales, alacranes, cucarachas, hasta serpientes llegan a veces ; yo les tengo miedo. Solo hay dos de madera, más claros y más limpios.

Aquí todo tiene forma de serpiente : los trillos, los caminos, las manchas de las paredes. Hay una quebrada que atraviesa el pueblo y cuentan que en tiempos pasados fue la cueva de una enorme serpiente ; es leyenda, pero el lugarcito es sospechoso.

A mí nada de esto me preocupa, al contrario, me sirve de disciplina, aquí no se hace absolutamente nada con carácter fuerte, ni con orgullo, ni exigencias, sólo una paciencia única en lo que se necesita y todo lo personal queda sobrando. Muchas veces se me oprime el corazón al ver cómo estos seres pasan la vida tan dura y tan triste, cómo las mujeres no tienen, ni buen trato, ni ropa ni el menor estímulo de nadie, los maridos les pegan y a ellas les gusta.

Los niños, por lo consiguiente, con vacas algunos y no toman leche. Eso es duro, por eso yo siento verdadero espanto al pensar que a las criaturas de ustedes o a ustedes les falte algo.

Ellos tienen la idea de que los maestros son pobres diablos que vienen a ver cómo mejoran su vida y tienen gran desconfianza y cuesta mucho que nos vendan las cosas. Tienen razón, han abusado mucho de ellos, les compraban fiado y no les pagaban, las cosas de la escuela se las llevan o las cogen para uso personal ; por eso Humberto no quiere aplicarles la ley. El los conoce bastante, conoce bien la situación y quiere que vayan adquiriendo el sentido del comercio para que ellos mismos provean el pueblo de lo necesario, para que no se vean atropellados por algún especulador de afuera. Les dice que nosotros mismos podemos hacer venir las cosas de afuera y ellos se verán obligados a comprarnos, pero que no quiere hacerlo, quiere que sean ellos mismos.

Yo comienzo a llamar la atención porque nunca ha llegado una mujer de San José a vivir ; algunos me dicen que he hecho un gran cambio y creen que no duraré mucho tiempo.

Este es, más o menos el panorama que se me ha presentado, tiene bastante parecido al que tuve toda mi vida con doña Ermelinda y don Ramón, con la diferencia que allá podía hablar y patalear, nada conseguía, pero lo hacía; aquí, nada de eso se puede hacer.

Saco esta conclusión: de que las razas tienen una íntima conexión. Antes me figuraba que los indios de mi país no tenían mucho que ver con los blancos, pero ahora no pienso así, la apatía que domina al blanco es herencia del indio.

No sé si a ustedes les interesa tanta historia, a mí sí y mucho y me produce un gran escrúpulo pensar en que a cada niño de ustedes no se le dé su destino, las inclinaciones naturales que hay que saber aprovecharlas. Yo le ofrezco a Dios mis servicios y mis sacrificios aquí, para que nos de vida y facilidades para el porvenir de esas criaturas y más que todo, comprensión y espíritu de sacrificio. Cada día, al ir a la clase, tengo que subir en pleno sol una cuesta que me deja sin aire, pero voy contenta porque voy a dar y a recibir y además por eso recibo un sueldo que me servirá para ayudarles a ustedes.

Humberto está muy contento de mi manera de pensar y de sentir y de la colaboración que le presto. Lo que le mortifica es que me ponga triste pensando en los chiquitos porque dice que pierdo la tranquilidad que necesito para trabajar, que hay que tener confianza en Dios, que nada les ha de pasar.

CLos discípulos míos, hoy de un modo, mañana de otro, prometen algo para el porvenir, casi todos son de una misma familia ; son dos familias un poco más civilizadas que viajan a Puerto Cortés, a Golfito y gustan de las cosas que ven allá, donde luego los y las hijas de éstos son más inteligentes, más libres y los que cooperan en todo. Pienso que el día en que ésta ranchería tenga un progreso y se convierta tal vez en una ciudad, estas dos familias serán la aristocracia. Dicen las mujeres mayores que, hace algunos años, los maridos tomaban a la esposa por el pelo y la llevaban lejos a darle palo hasta verlas bañadas en sangre. Ya no lo hacen así, pero siempre les pegan.

Ahora pasemos al panorama de la casa, vivimos en la casa cural, mientras nos terminan la nuestra ; cuando el cura viene, convive con nosotros y yo le tengo que dirigir a la cocinera, por pedimento de ella ; por dicha viene muy poco. El facilitó la casa a Humberto, desde luego nosotros somos los responsables, tiene mucha loza y muebles que nosotros usamos.

Los maestros ordinarios también viven aquí, tienen dos chiquitos bien pequeños, su situación económica es estrecha, como estamos al capricho de los nativos, a veces nos venden leche y a veces pasan muchos días y no hay quien venda ; entonces, éstos niños toman pura aguadulce y el más chiquito pide lechita. Les compran leche de tarro, pero cuando se termina es cosa seria, hay que ir a comprarla a Buenos Aires y es cosa de pasar el camino tan terrible ; en invierno no será posible pasar.

La señora es joven, corre todo el día para evitar toda molestia, como poquito, para darle más a los hijos. Los levanta temprano y se los lleva a la escuela y ahí están hasta la hora de salida, a veces yo los llevo a pasear, pero no es siempre ; a veces estoy muy ocupada y prefiero estar sola. Ella vive mortificada, más cuando está Humberto ; le tiene mucha pena y él se acongoja, porque él no tiene diferencias para nadie, ni en los gastos, ni en la mesa. Ella se parece a usted en la manera de conducirse, es muy prudente y muy responsable. Está pobre, casi no tiene ropa, lo mismo los chiquitos y anda unos zapatos que solo Dios le puede ayudar a subir y bajar el camino a la escuela ; los parientes les escriben y envían alguna golosina a los chiquitos.

Le cuento esto sin la intención de criticar o de parecer como un Cristo o una víctima, lejos de mí todo eso, es para que ustedes tengan paciencia y den gracias a Dios. Aquí no es feo ni terrible, pero no es para gente joven y menos con niños pequeñitos. Las incomodidades las soportamos mejor los que no vinimos especialmente por el sueldo y somos viejos y tenemos ciertos ideales y además contamos con algún recurso por allá, que una sabe que tiene a qué echar mano, en caso de necesidad.

Los niñitos éstos me han endulzado y distraído. Son de Alajuela, de feria él, tiene el giro comprometido y tiene por fuerza que viajar cada mes a Buenos Aires a recibir el dinero; no sé cómo se va a arreglar en pleno invierno.

Ahora estamos en gracia de Dios, nos venden tres botellas de leche diarias a Ç0,25 cada una, le pedimos a Dios que dure el asunto. A mí la leche, no me interesa, pero a Humberto le hace mucha falta. Los huevos se compran a Ç0,15 cada uno.

No hay nada más fundamental para una familia como vivir en casa propia, sobre todo cuando hay niños. Ustedes, aunque sufren y tienen mortificaciones, deben dar gracias a Dios que tienen un techo que puede llamarse propio. Aquí, cuando viene el cura, los chiquitos los trae la madre a monte, no es por culpa de él, ni se fija en nada, pero ella tiene temor de alguna molestia, el marido se enoja con ella y la mortifica, porque es menos respetuoso y además no quiere a los curas, ni cree en Dios ; y sin embargo se sirve de todo cuanto está a su alcance. Humberto nos dice : -Hay que respetar y agradecer la gentileza del señor, si no fuera por él, tendríamos que estar en algún rancho-. No crea que yo me mortifico por nada, yo soy la dueña de la casa, cuando necesito loza de por demás, la cojo, la uso y luego la guardo, lo mismo los muebles, pero los estimo y no me preocupa que la otra casa no está, a pesar de que hasta que no estemos en ella no tendremos todo lo que necesitamos.

Cuando estuvo el antropólogo y la señora Stone, fue otra mortificación para ésta mujer, porque los niños piden de cuanto ven, sin saber de quién es. Siempre la oigo decir : ¡Dios mío, cuanto sufre una madre !. Por eso es que yo no quiero que ustedes sufran calamidades.

Que las rosas florezcan sobre su cruz. Rosa.

ROSA QUESADA Q.

Boruca, 8 de julio de 1947.

Estimada Consuelo :

Recibí todos y cada uno de mis encargos, el velito es bello, aún no lo he estrenado, creo que va a llamar la atención. El vestido de baño me queda perfectamente y el color no me va tan mal, muchas gracias por todo ; la carta adjunta me ha encantado.

Usted es una gran mujer, no es de ahora que yo lo reconozco, pero lo que se tiene de cerca se nos hace tan familiar que hasta injusticias se cometen, pero cuando se está lejos la visión se aclara, los asuntos personales así como los intereses, pasan a segundo orden, los lazos de cariño se intensifican, se sufre mucho, pero se aprende a amar de verdad a todos los seres, sobre todo a los que hemos tenido muy de cerca. Hoy, hasta a mi madre la valoro a través de ciertas cosas. La vida no es más que una eterna experiencia, la madre debe tener mucho cuidado para no hacer que en sus hijos nazcan resentimientos, porque cuando, como en mi caso, quedan mudos por tantos años, nos causan un gran daño y ese daño se extiende a los demás. Gracias a Dios que algún día llega la luz. Si es verdad que tengo algún desarrollo, a usted debo gran parte, su actitud ante las cosas de la vida yo la apreciaba y ahora es cuando más comprendo esa actitud.

El consejo que me da es sabio, no son la austeridad y la disciplina las que hacen cambiar o mejorar, con eso lo que se consigue es oprimir. Para trabajar en esa otra forma que usted me aconseja, tengo que renunciar a todo lo personal y olvidarme de mí misma, a veces quiero rebelarme ante los inconvenientes del medio, hasta he pensado en irme, pero al ver el cambio que se va operando en la juventud y las alegrías que ellos me proporcionan, entonces comprendo que me debo a ellos y no a mí ; por eso soy más que la maestra, la compañera que está con ellos en las dificultades, en las alegrías y en los sufrimientos. Dichosamente Humberto eso es lo que pretende, de modo que yo lo que hago es secundar su labor. Lo de la música lo hemos sentido ya, es de suma importancia, la música los haría florecer inmediatamente, Es curioso que don Joaquín ya me lo había dicho cuando me escribió. Todos los seres idealistas piensan parecido. Tal vez el año entrante podamos hacer algo más en ese sentido.

Eso de que María Consuelo llore por sus galletas, me duele mucho y he pensado en que es mejor que reciban por semana Ç 55 ; iría incluido la mantequilla y algo para que pague a lavar la ropa grande, entonces recibiría por mes Ç 220 ; es un algo más y pueda que por semana le resulte mejor, si le parece, quiero que me avise inmediatamente para dar orden a Raúl, sin pena, con toda libertad y confianza, yo no le doy más porque no puedo, estoy pagando lo que debo a Chepe. Raúl se encarga de pagarme esa deuda, pero ustedes saben que yo no quiero nada para mí y que mi deseo es que tuvieran muchísimo, el año entrante será distinto.

Le quería proponer un asunto, hablar con Miguel C., el que nos cuida la finca, a ver si quiere criar cerdos a medias con usted, él es muy serio en sus cosas, yo le puedo escribir, diciéndole que me gustaría que hiciera ese trato con usted o con ustedes, él está bien dispuesto conmigo. O si no cualquier otra cosa que a usted se le ocurra.

Yo pensaba hablar con él en estas vacaciones, pero creo que no iré ; aunque fuera, no podría hacer nada por motivo de la convención. Será hasta el verano que viene si Dios quiere, hay que tener paciencia todavía ; estoy pasando grandes pruebas pero no me falta la fortaleza necesaria, son sus hijos quienes me impulsan y me inspiran. Soy feliz de poder darles algo que me gano con mi trabajo, subiendo por una cuesta que me quita la respiración cada vez que voy a la escuela, pero los llevo en mi pensamiento.

Linda me dice que usted y Francisco están enfermos, yo me aflijo pero nada puedo hacer, si por medio de la homeopatía no se componen, busquen al médico, en este correo le escribo a Zamora haciéndole responsable de los servicios profesionales que ustedes necesiten de él, no puedo hacerlo con otro. Yo hago cuanto esté a mi alcance para que tengan lo que más necesiten. Es necesario tener siempre un médico a la disposición. Si algún día lo necesitan llámenlo en la mañana al Hospital y mientras se acostumbra, como es tan distraído, llámenlo a casa de Rosa Q., para que atienda como a clientes, bueno, usted me entiende lo que quiero decir. Aquellas molestias que usted sentía hay que curarlas a tiempo, los indios conocen el valor curativo del matapalo de limón, yo tanto que le recomendé a usted tomarlo, hágalo, ya que lo tiene a mano.

Creo que en mi anterior le recomendaba comer de vez en cuando un maní o tomarlo en horchata, es muy bueno para el organismo.

Sería muy importante que ustedes tuvieran contacto con don Joaquín, el uno por ser maestro y usted por tener pasta para educadora. ¿Porqué no se suscriben a Repertorio Americano ?, dos colones al mes, todo maestro debería estar suscrito a él para dar un estímulo a ese gran educador García Monge.

Hasta en las goteras pienso, llueve tanto que me mortifico pensando en ellas.

Lo del Club de Linda me ha hecho mucha impresión. Hasta pronto.

Que las rosas florezcan sobre su cruz. Rosa.

P.D. : No deje de comprar naranjos. Le adjunto un papel para Raúl, porque si está de acuerdo en recibir así el dinero mejor es no perder tiempo, pero hágalo como sea mejor para ustedes. No olvide darme la noticia del precio del café.

No se asuste por lo que digo a Raúl de Chepe, eso no va con lo que le quiero dar a ustedes, al contrario, si no lo acepta, me intranquiliza.

Esto es aparte de lo de su papá, supongo que lo estará recibiendo, no tenga temor, yo todo lo pagaré a su tiempo, una parte es obsequio mío.

(fragmento de carta)

II. Vicho Quesada, los hijitos no tienen el físico del indio. Últimamente he sabido que es hijo de un blanco de apellido Quesada, él no sabe quién es su padre ni lleva su apellido, tiene apellido indígena, pero vaya usted a saber si es como se dice una gota de sangre ; no me interesa como persona, lo que me llama la atención es la expresión de sus ojos, sólo anda por las montañas, es lo que ellos llaman cimarrón.

Posiblemente le siga llegando una revista interesante, ya está pagada.

Medidas para el abrigo corto:

largo : 50 sin ruedo.

cintura : 71

hombro 11

largo manga 61 sin puño.

Boca manga 36

contorno de pecho 75. No sé si esas serán las medidas que hay que tomar. Las tomé con un centímetro amarillo que traje. Tal vez su mamá puede preguntar por favor los precios de la lana, que no sea muy mala, ni demasiado gruesa, ¿cuánto necesita ?. Me gustaría sin cuello ¿porqué no lo podría hacer ?.

Al fin lavé el forro, pero una mancha que tiene atrás no se le quitó, en caso de quedarle a usted, tal vez con un bordado queda bien, tuve que cortarlo por temor a desfigurar el abrigo y además hasta que no lo quité no se me ocurrió que le podía servir a usted, tal vez poniéndole cinta queda bien, en fin, usted sabe mejor para qué le puede servir.

Coma hígado y jugo de espinacas, eso produce sangre y así ayuda a las inyecciones, tome mucho fresco.

Ya las huertas caseras comienzan a producir, llevan hortalizas a vender en Puerto Cortés y trajeron su poquito de dinero, están de lo más felices, nunca habían tenido dinero propio en sus manos, a mí me emociona mucho todo esto. No puede figurarse lo que les cuesta conducir sus ventas a ese lugar o a cualquier otro ; primero a pie con la carga a la espalda, por caminos difíciles con riesgo de encontrar serpientes, luego en bote, eso no lo conozco yo, sin conocer el comercio, sin saber precios ; enfrentarse a las fieras humanas que los miran como a una raza despreciable y una serie más de inconvenientes. Luego regresar subiendo el río y vuelta al pueblo, siempre cargados, el que puede lleva bestia, el que no viene con la ropa empapada por el sudor o los aguaceros, cuando trabajan mucho, no se ponen rojos, sino lívidos, tienen muy poca sangre.

Humberto se ha impuesto la tarea de ir con ellos a vender sus cosas y va a pedir a la Junta de Protección de las Razas Aborígenes que construya un mercado en Palmar, que es el lugar más cercano, así será mejor. ¿Se da usted cuenta de que estoy en un mundo completamente nuevo ?. Sola habría tenido que renunciar a mi puesto. Fuera de la señora Stone no viene una sola alma, menos a hacerles un bien y su letargo es tal que apenas comienzan a darse cuenta y esto muy pocos. Quiera el cielo que algún día tenga una vía de comunicación más fácil.

Le propuse a Raúl venirse a vivir con nosotros y dijo que prefería ser intermediario entre la civilización y nosotros. Saludes.

Que las rosas florezcan sobre su cruz. Rosa.

P.D. : Escribí a Miguel proponiéndole el asunto, veremos que me dice. Toco en varias puertas a ver en cuál responden, alguna me servirá. Mientras tanto usted paciencia, esperanza y fe. No me duermo, tenga seguridad.

Otra cosa que guarda Gerardo con cariño es el recuerdo de la forma en que Rosa trataba a los niños. Él mismo vivió una experiencia que Rosa contó muy jocosamente para sécula seculorum, porque un día trataba de convencerlo de que dijera ¡Viva Pepe ! (Figueres) y el niño se mostraba renuente. En ese momento llegó alguien con panecillos pequeños y una barra de mantequilla, a quien Rosa dijo : -Deme la mantequilla de Pepe. En ese momento el niño dijo, mecánica y rápidamente : -¡Viva Pepe !. ¡Viva Pepe !.

Ya cuando estaba vieja, cada vez que venía a Costa Rica no se quería ir y tenía que venir don H… a llevársela. Una vez Miguel Ángel la llevó a operar al Hospital San Juan de Dios, pues le había salido una pelota en la espalda. Su salud siempre fue relativamente quebrantada por algunas enfermedades de las que no se hacía comentarios, como el daño congénito que se percibía en un ligero quiebre de su mano izquierda el cual disimulaba al colocar constantemente su otra mano encima. En los años cincuenta fue operada de una enfermedad en el estómago y Luis recuerda que para trasladarla al hospital llamaron al Garage Vives 3022 y al marcharse en un taxi verde tierno, el fiel Arauco corrió detrás del vehículo desde Sabanilla hasta llegar al cruce con la calle que va para San Pedro de Montes de Oca, donde está ubicada la Fuente de la Hispanidad.

Los aportes, en orden de importancia son de Luis Felipe, Gerardo Enrique, José Alberto, Miguel Ángel, Yamileth de los Ángeles y María Consuelo, todos Quesada Mayorga, que con base en una idea de María Gabriela Quesada Reyes.

Capítulo 9.

ÁRBOL GENEALÓGICO DE LA FAMILIA QUESADA MAYORGA:

 

Esta historia continuará….

Gerardo.

Nota del 31-5-2005: En razón de que mis hermanos Jose y Luis ya fallecieron, he decidido dejarlo tal como está.

=Q=

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